El error por bandera
Se empieza convocando ruedas de prensa sin preguntas y se termina intentando controlar de forma grosera los contenidos de la televisión pública. Que la relación ente los medios de comunicación y los políticos es similar a la que mantienen el agua y el aceite es un hecho, pero el salto mortal con doble tirabuzón que dio el Consejo de RTVE para establecer una especie de censura previa en la elaboración y difusión de las noticias que sirven los telediarios supera los límites del espectáculo circense al que asistimos perplejos desde las primeras sillas de pista.
La escandalera que se organizó después de que los consejeros del PP, con el apoyo de CiU, votaran a favor del atentado contra la libertad de expresión mientras los del PSOE, Comisiones Obreras y ERC se abstenían y sólo Izquierda Unida y UGT votaban en contra, fue de tal magnitud que quienes perpetraron la intentona no tuvieron más remedio que recular una vez debidamente sonrojados por sus mayores orgánicos, por las redes sociales, por los trabajadores del ente, por las asociaciones de la prensa y por el propio sentido común. El vicesecretario de Comunicación popular Esteban González Pons, que se desenvuelve como trucha asalmonada en los procelosos torrentes de las nuevas tecnologías aunque a veces quede varado en la playa del esperpento, fue de los primeros en darse cuenta, ya de madrugada, de la metedura de gamba. A continuación siguieron en cascada, haciéndose cruces, mesándose los cabellos y desgarrándose las vestiduras, todos los próceres, incluidos los aspirantes a gobernarnos a partir del 20-N Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy.
A falta de mejor argumento, el manido recurso al error –por acción del PP, que presentó la moción– y por omisión –de los socialistas que de manera sorprendente prefirieron no pronunciarse– corrió de boca en boca como si se tratara de un remedio universal contra la estupidez o de un placebo con la pretensión de minimizar su impacto. Pues mira, va a ser que no. El error es el lugar común en el que hemos vivido instalados prácticamente durante toda la legislatura ya finiquitada. La suma de errores nos ha llevado al horror en el que estamos sucumbiendo. Erró el extinto Zapatero cuando hace algo más de dos años no quiso ver la que se le venía encima y, en consecuencia, tomó decisiones totalmente opuestas a las que requería la situación. Se equivocó la presidenta madrileña Esperanza Aguirre cuando arremetió soezmente contra los profesores acusándoles poco menos que de vagos y maleantes. Introdujo la pata González Pons al aventurar que un hipotético gobierno del PP crearía 3,5 millones de empleos en cuatro años. Se salió de madre el jefe del Ejecutivo murciano, Ramón Luis Valcárcel, cuando mentó la bicha del copago sanitario en vísperas de los comicios locales y autonómicos. Etcétera.
El error es el caldo de cultivo sobre el que surfea la rectificación. Los eurodiputados patrios tuvieron que autoenmendarse hace unos meses después de negarse por amplia mayoría a viajar con la plebe en clase turista. La reacción de sus connacionales, muchos de ellos en el abismo del paro, les obligó a renunciar a la comodidad de la clase «business», pero quedó para los restos, grabada con cincel en la memoria, su intención inicial, que es la que sirve para hacer un retrato fidedigno de su forma de ser y de actuar. Igual ha ocurrido con el retrato robot que ha salido del fallido Consejo de Raditoelevisión Española, ninguno de cuyos integrantes dimitirá en asunción sincera del error cometido.
Un Rajoy hipersatisfecho consigo mismo echó mano del refranero desde la baqueteada Lorca, adonde acudió para comprometer su rehabilitación en cuanto ponga su cepillo de dientes en el vaso del lavabo de la Moncloa, para sentenciar que rectificar es de sabios. Vale. Lo malo es que hacerlo tan a menudo y sobre asuntos tan sensibles parece de incompetentes. O de algo peor.
La escandalera que se organizó después de que los consejeros del PP, con el apoyo de CiU, votaran a favor del atentado contra la libertad de expresión mientras los del PSOE, Comisiones Obreras y ERC se abstenían y sólo Izquierda Unida y UGT votaban en contra, fue de tal magnitud que quienes perpetraron la intentona no tuvieron más remedio que recular una vez debidamente sonrojados por sus mayores orgánicos, por las redes sociales, por los trabajadores del ente, por las asociaciones de la prensa y por el propio sentido común. El vicesecretario de Comunicación popular Esteban González Pons, que se desenvuelve como trucha asalmonada en los procelosos torrentes de las nuevas tecnologías aunque a veces quede varado en la playa del esperpento, fue de los primeros en darse cuenta, ya de madrugada, de la metedura de gamba. A continuación siguieron en cascada, haciéndose cruces, mesándose los cabellos y desgarrándose las vestiduras, todos los próceres, incluidos los aspirantes a gobernarnos a partir del 20-N Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy.
A falta de mejor argumento, el manido recurso al error –por acción del PP, que presentó la moción– y por omisión –de los socialistas que de manera sorprendente prefirieron no pronunciarse– corrió de boca en boca como si se tratara de un remedio universal contra la estupidez o de un placebo con la pretensión de minimizar su impacto. Pues mira, va a ser que no. El error es el lugar común en el que hemos vivido instalados prácticamente durante toda la legislatura ya finiquitada. La suma de errores nos ha llevado al horror en el que estamos sucumbiendo. Erró el extinto Zapatero cuando hace algo más de dos años no quiso ver la que se le venía encima y, en consecuencia, tomó decisiones totalmente opuestas a las que requería la situación. Se equivocó la presidenta madrileña Esperanza Aguirre cuando arremetió soezmente contra los profesores acusándoles poco menos que de vagos y maleantes. Introdujo la pata González Pons al aventurar que un hipotético gobierno del PP crearía 3,5 millones de empleos en cuatro años. Se salió de madre el jefe del Ejecutivo murciano, Ramón Luis Valcárcel, cuando mentó la bicha del copago sanitario en vísperas de los comicios locales y autonómicos. Etcétera.
El error es el caldo de cultivo sobre el que surfea la rectificación. Los eurodiputados patrios tuvieron que autoenmendarse hace unos meses después de negarse por amplia mayoría a viajar con la plebe en clase turista. La reacción de sus connacionales, muchos de ellos en el abismo del paro, les obligó a renunciar a la comodidad de la clase «business», pero quedó para los restos, grabada con cincel en la memoria, su intención inicial, que es la que sirve para hacer un retrato fidedigno de su forma de ser y de actuar. Igual ha ocurrido con el retrato robot que ha salido del fallido Consejo de Raditoelevisión Española, ninguno de cuyos integrantes dimitirá en asunción sincera del error cometido.
Un Rajoy hipersatisfecho consigo mismo echó mano del refranero desde la baqueteada Lorca, adonde acudió para comprometer su rehabilitación en cuanto ponga su cepillo de dientes en el vaso del lavabo de la Moncloa, para sentenciar que rectificar es de sabios. Vale. Lo malo es que hacerlo tan a menudo y sobre asuntos tan sensibles parece de incompetentes. O de algo peor.





















