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Opinión |
Martes, 10 de Diciembre de 2013

Lo llaman democracia y tal vez sí lo es

El PP se ha quejado tradicionalmente de la capacidad para la demagogia y la turbia movilización ciudadana de Alfredo Pérez Rubalcaba como secretario general del PSOE. Pero no hay como darse una vuelta por el mundo, por teóricas democracias occidentalizadas y, supongo, medianamente homologables, para advertir que a Rubalcaba aún le quedan por recibir unas cuantas clases magistrales sobre contaminación democrática de masas. Si hablamos de capacidad para la manipulación con apariencia de legalidad, es un pardillo. O, si lo quieren ver de otra manera, casi un perfecto caballero. Por razones que no hacen al caso, coincidí, estando de mochilero por el sureste asiático, con los disturbios callejeros en Bangkok, que hasta ahora se han cobrado cinco muertos y que han motivado la disolución del Parlamento y una amenaza nada velada de declarar permanentemente el Estado de Sitio. Me llevé unas cuantas impresiones muy útiles, pero sobre todo una: espero que esa forma de practicar la democracia a la oriental no se instale aquí por la cuenta que nos trae, como ya se han instalado las nóminas laborales a la china.

[swf object]Sin ánimo de hacer de corresponsal improvisado, lo cual me da una pereza enorme y para lo que carezco de ímpetu periodistico, he echado de ver en los disturbios políticos de Bangkok varios asuntos bastante impresionantes. El principal, el minucioso entrenamiento de amplias capas de nivel cultural primario para ser programadas durante varios días con sus noches por los partidos con mítines non-stop imagino que pacifistas, y que después estas capas de población salgan dispuestas a destruir cualquier cosa. El verdadero hallazgo, que espero tarde mucho, mucho tiempo en llegar a la partitocracia española, de este tipo de democracia es el siguiente: la violencia no está implícita en el tipo de discurso que hacen las dos formaciones políticas principales de allí, que tiene todo el aspecto de ser absolutamente convencional (la corrupción, el descenso de la calidad de vida, etc), sino que la violencia está, de forma extremadamente inquietante, en cómo se imparten esos discursos a las masas. La violencia es la forma, no el contenido.

Las dos formaciones políticas principales y enfrentadas dicen ser apoyadas implícitamente por un Rey silente, tienen sus cuarteles generales instalados permanentemente en la calle (donde dan de desayunar, comer y cenar caliente y gratis a camiones y camiones de aparceros del campo, aunque teóricamente una de las formaciones representa a la élite económica), y desde esos cuarteles o pic-nics machacan ininterrumpidamente día y noche, sea sobremesa o madrugada, con potentes altavoces instalados en los tejados en varias manzanas a la redonda, las mismas ideas-fuerza, para lo cual se van alternando los oradores. Continuamente. Siempre. Sin faltar un sólo segundo. Un día y otro día y otro siglo y otro siglo. Un chino veinticuatro horas y veinticuatro eras geológicas que abre durante toda la eternidad menos un día. Un "seven eleven" de la machaconería.

Lo natural es que los vecinos cuyos jergones son mantenidos todas las noches a dos pulgadas del suelo por el volumen de los altavoces estén dispuestos a salir a tomar rehenes con tal de que los dejen cerrar los ojos un instante. De hecho, ya directamente se tumban en la calle sin pasar por casa esperando que algún meteorito colisiones con la Tierra para acabar con la cháchara. Yo mismo, de natural flemático, saldría a invadir Polonia tras tres o cuatro días bajo ese régimen. Poco me parece que se matan por allí, lo cual habla muy bien de la terapéutica del Budismo. Aquí haríamos una Guerra Civil un día sí y al otro también, pero después del fútbol. ¡Y nos quejábamos de que la inmadura democracia española unos jubilatas asistían a un mítin de hora y media a cambio de un bocata de mortadela! Eso es alta política comparado con lo otro. Aquí la cosa partitocrática se empezará a poner recia cuando nuestras dos formaciones principales mantengan, en la calle pero con el estómago caliente, a esa media España que pasa necesidades a cambio de ser machacada con consignas hasta que las mentes se nos vayan a todos del todo.

Mientras ese tipo de prácticas políticas no ocurran, a mí el maligno Rubalcaba me parecerá Nelson Mandela.

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