Saludando a la Nochebuena, al pasar
Es suficientemente conocido que los toreros, cuando son buenos, hacen la única filosofía que existe en España. Además, son filósofos que siempre han resultado actualísimos, porque los toreros buenos siempre hablan o escriben -cuando han cometido la indiscreción de estar alfabetizados- con pequeñas sentencias y apotegmas muy precisos que no hacen perder el tiempo; hablan en cómodas, aunque inquietantes, píldoras o recetas para leer en el metro. De las mejores frases que se han pronunciado jamás en España, me creo que el cincuenta por ciento fueron dichas por toreros, y el otro cincuenta por ciento, probablemente, por otras personas antes, durante o después de hablar con toreros. A mí los toros no me interesan ya nada pero me interesa todo lo que puedan decir los que se han dedicado a eso.
El otro día Curro Romero, que ya pasa el último tramo de su vida intentando compensar con su hondura la insoportable frivolidad de otro ilustre paisano suyo de la localidad sevillana de Camas (el jugador de fútbol Sergio Ramos), dijo en una entrevista de prensa la segunda mejor sentencia corta que he leído sobre la vida, a las bajuras de los ochenta años: "la vida ha sido un visto y no visto". La primera, en el mismo sentido que la del Faraón de Camas, fue la del viajadísimo y asendereadísimo y sonrientísimo escritor catalán Plà, a la pregunta de qué le ha había parecido la existencia, también con la perspectiva inmediata de ir a cumplir los ochenta (habría hablado antes con algún matador de toros): "¿la vida? Bastante poca cosa".
No se me van de la cabeza ninguna de las dos obsesivas frases mientras escribo, cuando otra vez faltan pocas horas para la Nochebuena. Ya en la vida siempre faltan pocas horas para otra Nochebuena, pero ya no reconozco estas fechas cuando las vivo porque todos los días parecen iguales. Aunque aún no he llegado a los ochenta, ni Dios lo permita nunca, deduzco de las máximas vitales de aquellos dos ilustrísimos octogenarios patrios que la existencia, conforme uno va entrando en sucesivos decenios, nunca para de acelerarse, en estremecedora progresión geométrica. La vida es una aceleración perpetua del tiempo, sin límite de velocidad. A más años, más velocidad. Causa un cierto estupor. La vida a los ochenta pasa mucho más rápido que a los cincuenta. Llega un momento en que por mucho que uno haya vivido todo parece nada, un "visto y no visto", un "bastante poca cosa". Ochenta años y han sido dos ratos. Cien años y ha sido sólo uno. Una Nochebuena memorable y las demás las miramos de lejos al pasar, saludando por la ventanilla.
Ya no está casi nadie de los que estaban, en esta nueva Nochebuena, ni la luz ni los cánticos ni los platos humeantes tienen nada que ver con los que fueron, pero la vida adquiere tal velocidad que incluso dejamos atrás la ocasión para la nostalgia o la melancolía, como los vehículos que viajan tan deprisa que secan las gotas de lluvia. La nostalgia, como todo, también es para jóvenes. Sencillamente, los años se llegan a acelerar tanto que no hay tiempo ni para la tristeza y todas las nochebuenas que hipotéticamente nos queden por vivir ya las hemos vivido. Todo parece tan rápido, tan inconsistente y tan lejano que en nuestra alocada marcha hacia ningún sitio dejamos allá atrás incluso nuestro futuro.
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca
El otro día Curro Romero, que ya pasa el último tramo de su vida intentando compensar con su hondura la insoportable frivolidad de otro ilustre paisano suyo de la localidad sevillana de Camas (el jugador de fútbol Sergio Ramos), dijo en una entrevista de prensa la segunda mejor sentencia corta que he leído sobre la vida, a las bajuras de los ochenta años: "la vida ha sido un visto y no visto". La primera, en el mismo sentido que la del Faraón de Camas, fue la del viajadísimo y asendereadísimo y sonrientísimo escritor catalán Plà, a la pregunta de qué le ha había parecido la existencia, también con la perspectiva inmediata de ir a cumplir los ochenta (habría hablado antes con algún matador de toros): "¿la vida? Bastante poca cosa".
No se me van de la cabeza ninguna de las dos obsesivas frases mientras escribo, cuando otra vez faltan pocas horas para la Nochebuena. Ya en la vida siempre faltan pocas horas para otra Nochebuena, pero ya no reconozco estas fechas cuando las vivo porque todos los días parecen iguales. Aunque aún no he llegado a los ochenta, ni Dios lo permita nunca, deduzco de las máximas vitales de aquellos dos ilustrísimos octogenarios patrios que la existencia, conforme uno va entrando en sucesivos decenios, nunca para de acelerarse, en estremecedora progresión geométrica. La vida es una aceleración perpetua del tiempo, sin límite de velocidad. A más años, más velocidad. Causa un cierto estupor. La vida a los ochenta pasa mucho más rápido que a los cincuenta. Llega un momento en que por mucho que uno haya vivido todo parece nada, un "visto y no visto", un "bastante poca cosa". Ochenta años y han sido dos ratos. Cien años y ha sido sólo uno. Una Nochebuena memorable y las demás las miramos de lejos al pasar, saludando por la ventanilla.
Ya no está casi nadie de los que estaban, en esta nueva Nochebuena, ni la luz ni los cánticos ni los platos humeantes tienen nada que ver con los que fueron, pero la vida adquiere tal velocidad que incluso dejamos atrás la ocasión para la nostalgia o la melancolía, como los vehículos que viajan tan deprisa que secan las gotas de lluvia. La nostalgia, como todo, también es para jóvenes. Sencillamente, los años se llegan a acelerar tanto que no hay tiempo ni para la tristeza y todas las nochebuenas que hipotéticamente nos queden por vivir ya las hemos vivido. Todo parece tan rápido, tan inconsistente y tan lejano que en nuestra alocada marcha hacia ningún sitio dejamos allá atrás incluso nuestro futuro.
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca























