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Opinión |
Martes, 04 de Octubre de 2011

Crisis y capacidad de adaptación

Mucho antes de que la quiebra de Lehman Brothers inaugurara esta crisis, Daniel Goleman escribió que “la capacidad de adaptación es la competencia emocional más necesaria en los nuevos tiempos”. Hoy nadie lo duda y quizá por ello en las entrevistas de selección de personal, sea cual sea el puesto de trabajo que se pretenda lograr, todos los candidatos han aprendido a afirmar con rotundidad que una de sus cualidades es precisamente esa, la adaptabilidad.

Quizá no mienten sino que cuando uno piensa en cómo se adapta se fija sobre todo en aquellas situaciones que ha logrado manejar con más éxito. Sin embargo, la capacidad de adaptación no ha de medirse en los momentos fáciles sino en los complicados; es entonces cuando queda patente que no todos tenemos tanta capacidad de adaptación como pregonamos.

Se entenderá mejor con un ejemplo sencillo: una madre no demuestra capacidad de adaptación si su niño sano come y duerme cuando corresponde sino cuando enferma, deja de dormir y de comer, se pasa las noches llorando y exige atención y paciencia absolutas. Dicho de otro modo: no se tiene capacidad de adaptación cuando se trata de bailar con la más guapa de la fiesta sino cuando hay que bailar con la más fea y encima se es capaz de sonreír.  Es decir, es en las circunstancias difíciles, en los momentos de crisis personal o colectiva, cuando se evidencia o no la capacidad de adaptación.

Las personas con adaptabilidad saben que el cambio forma parte de la vida humana y lo aceptan más fácilmente aunque resulte incómodo. Comprenden que ante los cambios han de perder algo que creían tener e incorporan con flexibilidad y sin lamentos inútiles nuevos comportamientos. No se resisten a mirar la vida con una perspectiva diferente y son capaces de asumir pronto nuevas percepciones. Logran adaptarse porque son personas creativas y ante los nuevos escenarios saben encontrar soluciones diferentes. Pero hay gente que no es así; mejor dicho, hay gente que aún no se quiere enterar de que hay que ser así.

Hay personas –grupos, empresas, asociaciones, gobiernos– que son como acorazados: lentos, con escasa maniobrabilidad incapaces de salir con rapidez del puerto en llamas. Otras, sin embargo, son “personas-chalupa”, quizá aparentemente más débiles, pero ligeras, dinámicas, capaces de encarar pronto la bocana, ponerse a salvo con notable soltura y orientar el nuevo rumbo con gran rapidez.

Éstas últimas, con una vigorosa capacidad de adaptación, han entendido que de aquí en adelante hemos de aprenden a convivir en entornos hostiles y han dejado de quejarse. Y es que si algo sabemos ya de esta crisis es que tenemos que cambiar porque la fiesta se ha acabado y toca inventarse otra vida. Quizá lo sepamos, sí, aunque lo más difícil sea remangarse y ponerse manos a la obra. Es más, nuestra reacción instintiva es decir que no, que queremos seguir como hasta ahora… Pero sencillamente, toca adaptarse y no hay otro camino.

Por ejemplo, nuestros hijos volverán a estar en clases de cuarenta alumnos, como estuvimos nosotros; habrá copago sanitario y pensiones muy escasitas. Dadlo por hecho: los políticos no pueden reconocerlo pero será así. Las carreteras tendrán más baches, los coches no se cambiarán cada cuatro años, las vacaciones serán más cortas, los viajes se harán con más bocadillos y menos restaurantes, volverá a heredarse la ropa e incluso puede que a remendarse. Habrá que hacer el pino para que te den un crédito, el despido será libre, muchos de nuestros jóvenes emigrarán y la mayoría de las subvenciones serán cosa del pasado.

La buena noticia es que en estos tiempos, mucho más sobrios y más difíciles, con entornos hostiles en los que hemos de aprenden a vivir de un modo nuevo, la felicidad es posible en la misma medida que en los tiempos de la abundancia. A primera vista puede parecer que no, pero si uno lo piensa con detenimiento llegará a la conclusión de es así sencillamente porque la felicidad es una actitud: no depende de las cosas que nos rodean ni siquiera de lo que nos pasa, sino de lo que pensamos acerca de lo que nos pasa.

Es decir, si el éxito es conseguir lo que se quiere (y en la búsqueda del espejito del éxito hemos estado insistiendo tontamente durante décadas), la felicidad es querer lo que se consigue: aprender a conformarse, agradecer lo que se tiene –que sigue siendo mucho– disfrutar de lo pequeño, paladear lo sencillo, no llenarse la imaginación de pretensiones peliculeras, saber mirar a los que están más abajo, no compararse con los que están más arriba, no convertir las molestias en catástrofes, valorar el esfuerzo, apostar por la creatividad, liberarse de los miedos… Cosas, en definitiva, que tienen que ver con la capacidad de adaptación que, bien lo dijo Goleman, es “la competencia emocional más necesaria en los nuevos tiempos”.

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