Cuento de Navidad
Érase que se era un bonito país llamado España, en el que sus habitantes ya superaron las duras condiciones socioeconómicas surgidas tras varios -y difíciles- años de penuria e incertidumbre económica, junto con un gran desconcierto en los valores sociales. Durante mucho tiempo la sociedad española no fue capaz de encontrar el camino de salida y se encontraba atrapada en un bucle de pesimismo en general, ante el empeoramiento de la situación y la desidia de los gobernantes. Ahora, en cambio, es tiempo de alegría y felicidad, en el que las dificultades que surgen cada día se van resolviendo con esfuerzo y optimismo, siempre de la mano de los dirigentes políticos.
Pero no siempre fue así. Hubo épocas de desesperación, en las que los jóvenes, a pesar de contar con una excelente formación académica, no tenían futuro profesional, debiendo abrirse camino profesional lejos de sus familias y en complicadas situaciones laborales. A los mayores se nos acabó el presente y se nos negaba el futuro, con pocos recursos cualificados para competir en otros países. Eran tiempos en los que los abuelos apoyaban y sostenían a las familias, a padres, hijos y nietos, a pesar de sus limitados recursos. Las quiebras de las empresas avanzaban sin cesar y la situación laboral empeoraba continuamente sin solución. Las entidades financieras no prestaban fondos para resolver esta situación, dadas las pocas garantías de su recuperación, con lo que las ruinas y los desahucios estaban a la orden del día.
En esa época los gobernantes estaban muy ocupados en resolver su propio futuro y no podían mezclarse en asuntos tan simples como poner remedio al caos socioeconómico creado. Tenían asuntos más importantes que llevar a cabo, como prestar dinero a las entidades financieras articulando un incomprensible acuerdo en el que el receptor no podía dar cuentas del destino final de la generosa dádiva, mantenerse en el sillón sin involucrarse en los graves problemas, tapar escándalos financieros inconfesables de sus compañeros de partido o echar la culpa a la ciclogénesis explosiva del desconcierto reinante.
Ahora, en cambio, España cuenta con una actividad económica boyante, fruto de la valentía y el coraje de nuestros dirigentes políticos, que han optado por cerrar filas y adoptar todas las medidas necesarias para salir del túnel del horror -desempleo y déficit público-, reformando las administraciones públicas y poniéndose al lado de los administrados para solucionar sus problemas, renunciando a sus prebendas y trabajando por una España mejor. En este cambio de actitud algunos dirigentes políticos han perdido su status, pero lo dan por bien empleado, ya que España es ahora un país con presente y con futuro, donde la juventud encuentra trabajo y los mayores pueden mantener el suyo, con el déficit público bajo control y en el que los bancos tienen que auditar sus cuentas y justificar la negativa en la concesión de créditos o la sorprendente facilidad con que conceden otros.
¡Feliz Navidad!
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Pero no siempre fue así. Hubo épocas de desesperación, en las que los jóvenes, a pesar de contar con una excelente formación académica, no tenían futuro profesional, debiendo abrirse camino profesional lejos de sus familias y en complicadas situaciones laborales. A los mayores se nos acabó el presente y se nos negaba el futuro, con pocos recursos cualificados para competir en otros países. Eran tiempos en los que los abuelos apoyaban y sostenían a las familias, a padres, hijos y nietos, a pesar de sus limitados recursos. Las quiebras de las empresas avanzaban sin cesar y la situación laboral empeoraba continuamente sin solución. Las entidades financieras no prestaban fondos para resolver esta situación, dadas las pocas garantías de su recuperación, con lo que las ruinas y los desahucios estaban a la orden del día.
En esa época los gobernantes estaban muy ocupados en resolver su propio futuro y no podían mezclarse en asuntos tan simples como poner remedio al caos socioeconómico creado. Tenían asuntos más importantes que llevar a cabo, como prestar dinero a las entidades financieras articulando un incomprensible acuerdo en el que el receptor no podía dar cuentas del destino final de la generosa dádiva, mantenerse en el sillón sin involucrarse en los graves problemas, tapar escándalos financieros inconfesables de sus compañeros de partido o echar la culpa a la ciclogénesis explosiva del desconcierto reinante.
Ahora, en cambio, España cuenta con una actividad económica boyante, fruto de la valentía y el coraje de nuestros dirigentes políticos, que han optado por cerrar filas y adoptar todas las medidas necesarias para salir del túnel del horror -desempleo y déficit público-, reformando las administraciones públicas y poniéndose al lado de los administrados para solucionar sus problemas, renunciando a sus prebendas y trabajando por una España mejor. En este cambio de actitud algunos dirigentes políticos han perdido su status, pero lo dan por bien empleado, ya que España es ahora un país con presente y con futuro, donde la juventud encuentra trabajo y los mayores pueden mantener el suyo, con el déficit público bajo control y en el que los bancos tienen que auditar sus cuentas y justificar la negativa en la concesión de créditos o la sorprendente facilidad con que conceden otros.
¡Feliz Navidad!
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