Tito Bernal en el espejo
Alguien me ha preguntado por qué no he escrito nada sobre la muerte del fotógrafo Tito Bernal. La respuesta es que últimamente se me muere tanta gente que jamás se había muerto antes (ni tampoco después, si son cercanos, porque a partir del momento en que desaparecen los tengo en mi mente más vivos e incluso dicharacheros de lo que estuvieron nunca) que estoy convirtiendo mi existencia en una pura necrológica. Paso más tiempo escuadriñando en el Otro Barrio que en éste. Y si, como yo, eres un tipo que casi todas las noches estás en casa a solas con tus graves pensamientos, cada vez cuesta más volver. Por eso mi silencio. Me dan tantas malas noticias últimamente que no doy más de mí, que tengo, como si dijésemos, "camas en los pasillos" para las malas noticias.Pero han insistido en que, al menos, dejase escrito algo al respecto...Tito, Tito. Llega un momento en que me miro al espejo y veo a demasiada gente en él. Sé que la vida humana no es más que un proceso natural en que un cuerpo opaco se va transparentando poco a poco con la muerte de todo lo que ha conocido, seres, cosas, lugares, olores ("¿te acuerdas de aquel olor a siglo XIX?", escribía el francés Duhamel). La mayoría de ancianos de ochenta o noventa años, por ejemplo, tienen físicamente algo de ligero papel vegetal o a cuyo través se puede ver: casi todo es ha abandonado ya. Hay que aceptarlo, claro. Pero escribir de esa transparencia gradual que observo en mí, causada por pérdidas como la de Tito -que fue como yo testigo de un tiempo y un sitio, siendo casi de la misma edad-, algo que no hará sino acelerarse, me causa una melancolía lindante con la estupefacción. Y no puedo permitirme estar estupefacto todo el tiempo.
Tito me llamó hace pocos meses para acompañarle en algo nocturno en televisión: "Quiero que seas mi tertuliano, ¿qué vas a hacer si no aburrido por las noches en tu casa?". ¿Cómo que qué voy a hacer, Tito? Pues qué va a ser, hombre: tenerte muy presente, junto a todos los demás que me miran desde el azogue de un espejo al que ya le va saliendo esa especie de moho como veneciano...
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca






















