Guau
He descubierto una página Web muy bonita que se llama “Historias de la Historia” (www.historiasdelahistoria.com) donde te garantizan que te cuentan la historia de otra forma, y efectivamente así es, lo hacen de una manera muy amena y recurriendo a hechos que pueden resultar curiosos.
El pasado lunes hablaban de “Los gatos, guardianes de la cultura en San Petersburgo”. Resulta que desde tiempos de Catalina la Grande, el Museo del Hermitage, se sirve de una flota de gatos que garantizan la conservación de las obras de arte manteniendo a raya a los roedores.
Los felinos, que no pueden exceder el número de 70 ejemplares -cuando hay más se dan en adopción-, tienen categoría de guardias oficiales del museo y están perfectamente clasificados en su cargo dependiendo de la importancia de la zona por la que velan, de este modo los hay aristócratas, de casta media y de casta baja –aunque a ellos estas cosas como que ni fu ni fa-, y, por supuesto, tienen su documentación oficial con su foto, acreditando su condición de guardianes oficiales.
Si son amantes de los animales les recomiendo que se lean la noticia porque dan muchos más detalles y hay hasta un vídeo donde se puede ver cómo cuidan a los gatos y cómo éstos se pasean a sus anchas por entre tanta belleza artística, lo que no cuentan es lo que opinan los gatos de la cosa esta del arte.
Por su condición de gatos, tan distinguidos, una imagina que piensan que para obra de arte ya están ellos mismos, pero claro esto es sólo una suposición.
A mí me encanta llevar a mi perra Piña a ver exposiciones, como normalmente no me dejan entrar con ella, llevo conmigo una bolsa para perros donde la meto antes de entrar al museo. De Piña únicamente asoma la cabeza, de tal suerte que habitualmente ésta le queda cómodamente a la altura de las piezas, y siempre me he preguntado, al igual que con los gatos ahora, qué piensa ella de las cosas que vemos.
Como el resto de su cuerpo queda dentro de la bolsa, y no es muy de ladrar, nunca he conseguido ver si menea el rabo mucho, poco o nada, que es como principalmente ella me explica su parecer ante los pormenores del mundo. Únicamente puedo decir que permanece muy seria y atenta ante todo lo que desfila por sus ojos, adoptando una veraz postura de crítico sesudo que se guarda su opinión para cuando tenga que expresarla ante la élite artística. Porque realmente creo que Piña debe de saber ya mucho de arte, pero como va embolsada no lo comparte. Sólo una vez le noté como un extraño titilar en las niñas de sus ojos y un leve vibrar en los bigotes, -estábamos delante de una vitrina llena de pequeños camaleones vivos-, lo que me hace pensar que sus gustos artísticos quizás vayan por estos derroteros, pero, como en el caso de los gatos, todo queda en suposición.
Insisto en que Piña tiene que ser ya una gran especialista en arte, posiblemente con inclinaciones hacia lo más alternativo y vanguardista y, si a los gatos los dejan entrar a pelo en el Hermitage, tal vez los museos podrían plantearse el hecho de que nos dejaran entrar a visitarlos con nuestras mascotas bien educadas pisando el suelo, pues se están perdiendo el juicio de unas mentes inquietantes y, sobre todo, porque Piña pesa 10 kilos y servidora o pierde el brazo o deja de ir a ver museos y no está la cosa como para dejar pasar el importe de una entrada.
![[Img #21620]](upload/img/periodico/img_21620.jpg)
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El pasado lunes hablaban de “Los gatos, guardianes de la cultura en San Petersburgo”. Resulta que desde tiempos de Catalina la Grande, el Museo del Hermitage, se sirve de una flota de gatos que garantizan la conservación de las obras de arte manteniendo a raya a los roedores.
Los felinos, que no pueden exceder el número de 70 ejemplares -cuando hay más se dan en adopción-, tienen categoría de guardias oficiales del museo y están perfectamente clasificados en su cargo dependiendo de la importancia de la zona por la que velan, de este modo los hay aristócratas, de casta media y de casta baja –aunque a ellos estas cosas como que ni fu ni fa-, y, por supuesto, tienen su documentación oficial con su foto, acreditando su condición de guardianes oficiales.
Si son amantes de los animales les recomiendo que se lean la noticia porque dan muchos más detalles y hay hasta un vídeo donde se puede ver cómo cuidan a los gatos y cómo éstos se pasean a sus anchas por entre tanta belleza artística, lo que no cuentan es lo que opinan los gatos de la cosa esta del arte.
Por su condición de gatos, tan distinguidos, una imagina que piensan que para obra de arte ya están ellos mismos, pero claro esto es sólo una suposición.
A mí me encanta llevar a mi perra Piña a ver exposiciones, como normalmente no me dejan entrar con ella, llevo conmigo una bolsa para perros donde la meto antes de entrar al museo. De Piña únicamente asoma la cabeza, de tal suerte que habitualmente ésta le queda cómodamente a la altura de las piezas, y siempre me he preguntado, al igual que con los gatos ahora, qué piensa ella de las cosas que vemos.
Como el resto de su cuerpo queda dentro de la bolsa, y no es muy de ladrar, nunca he conseguido ver si menea el rabo mucho, poco o nada, que es como principalmente ella me explica su parecer ante los pormenores del mundo. Únicamente puedo decir que permanece muy seria y atenta ante todo lo que desfila por sus ojos, adoptando una veraz postura de crítico sesudo que se guarda su opinión para cuando tenga que expresarla ante la élite artística. Porque realmente creo que Piña debe de saber ya mucho de arte, pero como va embolsada no lo comparte. Sólo una vez le noté como un extraño titilar en las niñas de sus ojos y un leve vibrar en los bigotes, -estábamos delante de una vitrina llena de pequeños camaleones vivos-, lo que me hace pensar que sus gustos artísticos quizás vayan por estos derroteros, pero, como en el caso de los gatos, todo queda en suposición.
Insisto en que Piña tiene que ser ya una gran especialista en arte, posiblemente con inclinaciones hacia lo más alternativo y vanguardista y, si a los gatos los dejan entrar a pelo en el Hermitage, tal vez los museos podrían plantearse el hecho de que nos dejaran entrar a visitarlos con nuestras mascotas bien educadas pisando el suelo, pues se están perdiendo el juicio de unas mentes inquietantes y, sobre todo, porque Piña pesa 10 kilos y servidora o pierde el brazo o deja de ir a ver museos y no está la cosa como para dejar pasar el importe de una entrada.
![[Img #21620]](upload/img/periodico/img_21620.jpg)
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