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Opinión |
Jueves, 06 de Febrero de 2014

Pues ya no te ajunto

Estoy seguro de que la mayoría de vds. o lo ha dicho alguna vez, siendo niño, o se lo ha escuchado a algún niño más o menos próximo (hijos, sobrinos etc). Ante semejante expresión me viene a la cabeza un niño, de más o menos unos 5 años, frunciendo el ceño, de brazos cruzados y enormemente cabreado ante lo que, egoístamente, considera una injusticia sin medida contra su existencia.

Lo que no me imaginaba, antes del inicio de la redacción de esta columna era que me iba a tener que ver obligado a pensar en el PSOE y en el posicionamiento adoptado ante la decisión, privada, de una multinacional de bebidas de poner en marcha un ERE. Un partido político, con vocación de gobierno, no puede permitirse el lujo de promover la abstinencia de consumir una bebida, sea catalana, murciana o americana.

Huelga decir, que cualquier hijo de buen vecino, debe mostrar su más absoluta solidaridad para con las personas que pueden llegar a quedarse sin trabajo. Mi más sincera y pública solidaridad. Constituye un auténtico drama social que tantas personas, de tantas familias, de tantos territorios, y en este caso concreto en Madrid, se queden sin trabajo. Drama este, como el que supone para cualquier otro parado y como el que debería suponer para cualquier trabajador que, a buen seguro, seguirá contemplando, incapaz, como los fondos públicos obtenidos de robarles parte de sus ingresos mensuales tienen que destinarse a sostener a individuos que ya no tienen trabajo por decisión patronal.

Y drama debe de constituir que pueda llegar a ser trending topic la feliz idea emanada de un partido político de no consumir Coca-cola. Y es que a todos nos han contado, durante estos años de crisis, de algún caso, caso aislado a mi juicio, de algún empresario, que, aprovechando la crisis generalizada, “ha limpiado” la empresa de trabajadores de esos que llevan muchos años en nómina y cuyo costo de despido sería o es muy elevado y han puesto en marcha un ERE renovando la plantilla con el consiguiente ahorro en costes laborales y ganancia en competitividad y productividad al poder contratar a futuro a nuevos trabajadores pagándoles menos y, sobre el papel, bastante más preparados. Ahora bien, ha tenido que ser con la Coca-cola, con lo que se colme el vaso por completo. Ya podían haber salido a la calle invitando a no afiliarse al sindicato que promoviera un ERE en su propio seno, como ha ocurrido durante estos años, o bien podían haber promovido la objeción de conciencia fiscal ante la evolución experimentada por la contratación pública en los últimos años, caracterizada por el continuo despido de personal no funcionario. Pero eso nada tiene que ver con la Coca-cola. Seguramente los trabajadores de una empresa mediana de Murcia son menos importantes que los de la Coca-cola.

Pues bien, donde quiero poner el punto de mira es precisamente en las condiciones de posibilidad que han originado que una empresa de semejante tamaño, o cualquiera otra, pueda llegar a plantear un ERE sin, presumiblemente, estar en condiciones de tomar extremas medidas para garantizar sus sostenibilidad a largo plazo. Ni más ni menos, por duro y frío que les pueda parecer la verdad es que la legislación se lo permite.

Y si la legislación se lo permite nada hay que oponer a la empresa, cada uno con su dinero hace lo que quiere. Aunque hay que reconocer que algo habrá que oponer, que tal práctica acometida por la multinacional puede, cuanto menos, considerarse al mismo nivel ético que aquellas decisiones políticas que, cumpliendo la legalidad otorgan la obra tal, a la empresa cual que resulta que por un casual, pertenece al familiar de aquel otro tal.

Contamos con excesiva regulación, excesiva, engorrosa, complicada e ineficiente. No hay quien se aclare con la cumplimentación de un modelo de impuesto, las leyes de medio ambiente nos impiden crecer, con la excusa de contar a futuro con espacios naturales habitables, es decir, que estaremos muertos de hambre, pero con buenas vistas; la ley de protección de datos tiene más protagonismo en nuestras vidas que la propia Constitución Española y ya no sabemos si favorece la trasparencia o todo lo contrario. Pero tanta legislación y normativa aún no ha puesto su punto de mira en la simplificación administrativa, en el sentido común, en facilitar la vida a los individuos y, como no, en forjar una mejor sociedad o por lo menos en establecer las condiciones de posibilidad para que entre todos la forjemos.

Resulta que estos que tienen la feliz idea de la coca-cola son los mismos que se encargan de elaborar nuestras leyes y no han tenido en cuenta que pueden llegar a fomentar, por imitación, el impulso de un estado ácrata que tal vez estén comenzando a merecerse si sólo estuvieran ellos sobre la faz de la tierra, además de cometer la torpeza de reconocer su fracaso como “legislador” cuanto menos, y fracaso como garante, no exclusivo, del mantenimiento del estado social democrático de derecho óptimo que queremos los españoles, cuanto más.

Fue Einstein el que dijo que dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.

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