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Opinión |
Miércoles, 26 de Febrero de 2014

Los marcianos, el Golpe de Estado, Orson Welles y El Follonero

Para mí lo escandaloso del programa de radio de Orson Welles donde narraba la llegada de los marcianos a la Tierra fue, no la falsedad del incidente (la apertura de las naves extraterrestres se hizo desenroscando simples tarros junto al micrófono, recursos caseros que siempre funcionan, como se demostró décadas más tarde en la película “El exorcista”, donde el sonido de la cabeza de la niña poseída al girar se hizo arrugando una simple cartera de cuero), sino, precisamente, que antes de la emisión del programa, y durante el programa mismo, se advirtiera a la audiencia que lo que iba a escuchar era una ficción. Lo que salvó el prestigio artístico del revolucionario Orson Welles y casi le mete en la cárcel fue una casualidad: que muchos espectadores pusiesen el programa ya empezado, sin la introducción vergonzante, y creyesen estar asistiendo a una auténtica toma del planeta, con sus infartos mortales consiguientes y sus hipotéticos suicidios.

Welles, como artista genial al que durante toda su vida machacaría la industria, debió haber sido más radical aún: no advertir en ningún momento que era una ficción, cayese quien cayese. La gente por entonces, 1938, antes de la II Guerra Mundial, creía de verdad que los marcianos acabarían llegando, aunque todavía no se sabía que serían todos comunistas (eso se sabría en los años 50). Enterándose desde el principio que toda aquella emisión de radio era mentira, les quitas las ganas de escuchar el programa hasta a los marcianos que pensaban invadirte. Es como empezar una película de miedo sobrenatural contando que al final todo se explica con los argumentos científicos más pedestres. El caso es que, dado que ha tomado aquello de los marcianos y Welles como ejemplo, lo que me fastidia de Jordi Évole/El Follonero con su polémico falso documental sobre el Golpe de Estado del 23-F es que no haya querido ser de verdad polémico, sin medias tintas. Que haya querido hacer algo que, en el fondo, es muy políticamente correcto. Eso de decir al final que todo era una coña y que lo han hecho un grupo de amiguetes para reírse de la Historia lo estropea todo. Sobre todo cuando, como es el caso, ese falso documental sobre el Golpe de Estado contenía bastantes personajes oscuros y cosas verdaderas que nadie se ha atrevido a mantener en público desde hace treinta y tantos años.

Jordi Évole, un señor muy inteligente y aguzado pero también muy hábil para nadar a favor de corriente, miente cuando dice que su falso documental es de mentira. En un juego de espejos, hace creer que testigos muy importantes aún vivos que realmente tuvieron un oscuro papel en aquellos días o incluso meses previos ahora interpretan un personaje de ficción implicado en un Golpe televisivo de broma. La broma de hoy sirve para disipar la verdad de entonces, es la coartada.     

“Hay que relativizar la Historia”, ha dicho Jordi Évole, embalado ante las críticas. Alto ahí. La historia es sencillamente lo que ocurrió, y eso no se puede relativizar ni sobreescribir, por muchos amiguetes que se reúnan para reírse de los telespectadores. Otra cosa es que, como cineasta libérrimo y provocador, uno tome de la Historia lo que le dé la gana, pudiendo mezclarla incluso con cosas que fueron verdad y que, sin embargo, no lo parecen. Curiosamente, el Golpe de Estado del 23-F real parece, por comparación, bastante más farsa que la farsa llevada a cabo por Évole. Ya digo que al final le ha quedado algo políticamente correcto, y hasta pudoroso, para uso de jóvenas del PSOE que no vivieron aquello y que se han tragado el paquete de Évole entero.

El Golpe de Estado real del 23-F, con tus tipos bigotudos y una España ya desaparecida, y como bien sabe mi amigo Francisco Martínez Ruiz, uno de los grandes aficionados nacionales a toda la información producida en torno al Golpe, fue una representación donde algunos actores no sabían que estaban representando nada (como el teniente coronel Tejero, que treinta y tantos años después aún no ha caído del guindo) y donde otros personajes nunca supieron que ellos mismos, como arquetipos anacrónicos e imposibles, eran una comedia chusca que iba completamente en serio. La auténtica comedia, tan exagerada que aún hoy es imposible de creer, se produjo en aquellas fechas de 1981, no en el convencional y entretenido metraje de Évole.    

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