Hilo directo con Dios
A Mariano Rajoy se le ha subido tanto el pavo a base de las encuestas que le dan la mayoría absoluta, rotunda y sin parangón en la historia reciente de la democracia, que, como el Papa, ha establecido hilo directo con el Altísimo para recibir instrucciones y aplicarlas a partir del día siguiente a la celebración de las elecciones. Así se entendería que el hombre que logró la fumata blanca de sus discípulos tras varios cónclaves en los que se cuestionaba su liderazgo después de perder por segunda vez ante el ahora evanescente Rodríguez Zapatero, haya apelado en al menos dos ocasiones a la condición divina de su gestión una vez ascienda a los cielos de la Presidencia del Gobierno.
Está claro que gobernar en época de crisis es igual de complicado que amar en tiempos de cólera, pero de ahí a echar mano del Sumo Hacedor para que le pase el prospecto de instrucciones que nos saque de la penuria hay un trecho. Rajoy ha dicho en sendas encíclicas promulgadas con el formato de mítines, entrevistas o similares, que iba a hacer las cosas «como Dios manda» tanto en lo que respecta a la política económica, creo, como en materia laboral, me parece. Lo cual es una forma como otra cualquiera de seguir manteniendo su programa rodeado del mismo halo de misterio que adorna a la Santísima Trinidad hasta que llegue el momento procesal oportuno o cuando le salga de las barbas. Pero también es una excusa para derivar responsabilidades en el supuesto de que le vengan mal dadas una vez aposentado en La Moncloa: «El Señor lo ha querido así y no hay más que hablar», que sentenciaría Fraga.
El caso es que el líder popular, que se hartó de proponerse a sí mismo como el ungüento amarillo que iba a rescatarnos del atolladero en un pispás como si fuéramos una caja de ahorros y poco después moduló su voz y moderó su discurso admitiendo que el reto que tenía por delante era de órdago a la grande hasta el punto de que a veces parecía implorar que pasara de él este cáliz, ha terminado pidiendo un milagro o, lo que es lo mismo, que el único capaz de hacerlo le pase la chuleta por correo ordinario cuando el cartero llame a su puerta por tercera vez en otras tantas legislaturas. Algo, por lo demás, que el común de los mortales venimos intuyendo desde que, a la fuerza, nos percatamos de que los políticos nacionales y los supranacionales en general están actuando como grotescas marionetas de cartón cuyos hilos mueve el mercado en el gran teatro del parqué y tentetieso.
Aunque el vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, no ha dicho nada al respecto, no se descarta que la dirección nacional de la formación conservadora esté barajando la posibilidad de convertir la jornada de reflexión previa al 20-N en una rogativa orientada a hacer fuerza y conseguir que el mensaje llegue con nitidez a su destinatario en las Alturas. Saben que multiplicar los panes y los peces cuando apenas queda de lo uno y de lo otro es mucho más difícil que meter la tijera a mansalva en servicios esenciales. Por el camino, aunque con direcciones opuestas y expectativas diferentes, la comitiva se encontrará probablemente con la de Pérez Rubalcaba.
Está claro que gobernar en época de crisis es igual de complicado que amar en tiempos de cólera, pero de ahí a echar mano del Sumo Hacedor para que le pase el prospecto de instrucciones que nos saque de la penuria hay un trecho. Rajoy ha dicho en sendas encíclicas promulgadas con el formato de mítines, entrevistas o similares, que iba a hacer las cosas «como Dios manda» tanto en lo que respecta a la política económica, creo, como en materia laboral, me parece. Lo cual es una forma como otra cualquiera de seguir manteniendo su programa rodeado del mismo halo de misterio que adorna a la Santísima Trinidad hasta que llegue el momento procesal oportuno o cuando le salga de las barbas. Pero también es una excusa para derivar responsabilidades en el supuesto de que le vengan mal dadas una vez aposentado en La Moncloa: «El Señor lo ha querido así y no hay más que hablar», que sentenciaría Fraga.
El caso es que el líder popular, que se hartó de proponerse a sí mismo como el ungüento amarillo que iba a rescatarnos del atolladero en un pispás como si fuéramos una caja de ahorros y poco después moduló su voz y moderó su discurso admitiendo que el reto que tenía por delante era de órdago a la grande hasta el punto de que a veces parecía implorar que pasara de él este cáliz, ha terminado pidiendo un milagro o, lo que es lo mismo, que el único capaz de hacerlo le pase la chuleta por correo ordinario cuando el cartero llame a su puerta por tercera vez en otras tantas legislaturas. Algo, por lo demás, que el común de los mortales venimos intuyendo desde que, a la fuerza, nos percatamos de que los políticos nacionales y los supranacionales en general están actuando como grotescas marionetas de cartón cuyos hilos mueve el mercado en el gran teatro del parqué y tentetieso.
Aunque el vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, no ha dicho nada al respecto, no se descarta que la dirección nacional de la formación conservadora esté barajando la posibilidad de convertir la jornada de reflexión previa al 20-N en una rogativa orientada a hacer fuerza y conseguir que el mensaje llegue con nitidez a su destinatario en las Alturas. Saben que multiplicar los panes y los peces cuando apenas queda de lo uno y de lo otro es mucho más difícil que meter la tijera a mansalva en servicios esenciales. Por el camino, aunque con direcciones opuestas y expectativas diferentes, la comitiva se encontrará probablemente con la de Pérez Rubalcaba.





















