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Opinión |
Miércoles, 05 de Marzo de 2014

¿Contubernio contra el candidato Sánchez?

[Img #23083]La extendida sospecha de que los partidos políticos marcan los tiempos a los juzgados cuando se trata de imputar como corrupto a alguno del partido contrario acercándose tiempo de elecciones o tiempo de sucesiones es, por supuesto, muy excitante y verosímil. Sin embargo, se trata de una falsa verosimilitud. No hay ningún teléfono que se descuelgue en sede judicial para acatar la hoja de ruta y el programa estratégico de un partido político. Ni siquiera el secretario general del PSOE Rubalcaba, con su presunto dominio de las alcantarillas del Estado, ha tenido ni tiene ese omnímodo poder. Mucho menos los políticos de la Región de Murcia. Los jueces dictan sus propios tiempos, que pueden coincidir, o no, con los de los políticos. Cuando coinciden, se dice que hay algo orquestado. Pero la principal fuerza que mueve el mundo es la inercia (sin olvidarnos de la pereza), y, la inmensa mayoría de las veces, asuntos que parecen preparados al milímetro, una conspiración, son producto de aquello en lo que creía firmemente el dictador Franco: que todas las cosas se resuelven solas sin tocarlas, excepto aquellas que no se pueden resolver.
 
Sinceramente, no creo que la reactivación de un proceso que lleva más de un lustro en los juzgados justo quince días antes de que el imputado Pedro Antonio Sánchez fuera designado (según muchas opiniones de fuera del Partido Popular), como presidente de la Comunidad de Murcia sea producto de una presión política o un oportunísimo descuelgue de teléfono. Ni siquiera los jueces más ideológicos funcionan así. La maquinaria judicial es de naturaleza por completo diferente a la política. La maquinaria judicial es muy suya, y al final, y aunque con una en ocasiones desesperante lentitud achacable a la falta de efectivos y medios, decide ella en soledad. Las automáticas “correas de transmisión” políticos-jueces únicamente funcionan, y sólo a veces, en esos altos órganos políticos elegidos por políticos, pero que pasan por judiciales.
 
Pedro Antonio Sánchez, al que pienso inocente, ha visto cómo le daban el disgusto de su vida cuando todo parecía decidido para que fuese presidente, pero pienso fríamente que en esta situación endemoniada han confluido factores anárquicos (entre ellos, esa desinencia de la Ley de Murphy que debería rezar que “las cosas que duran demasiado en los juzgados siempre se reabren oportunamente justo el día inoportuno)”, cada uno con su motivación heteróclita y su “tempo” particular. Obsérvese el detalle, por ejemplo, que dos de los tres autores de la reapertura del caso contra Sánchez son, según las habladurías de esta región pequeña, más bien cercanos al conservadurismo ideológico. Desde luego, no parece una operación diseñada en el moribundo PSOE regional, ni siquiera que haya podido ser azuzada desde allí, salvando que las denuncias sí fueran, cómo no, cosa socialista tras haber perdido su feudo tradicional del Puerto. Tampoco es una operación de sus posibles contrincantes del partido. Cuando me hablan de “operaciones”, la experiencia de los años me hace poner el morro fino.
 
Sánchez tiene cuajo para aguantar esto y más. Su primera intervención ofreciéndose de forma casi entusiasta a la Justicia para colaborar con ella en todo lo que precise me pareció no sólo convincente, sino que destilaba eso que quienes sólo conocen al ex alcalde de Puerto Lumbreras por su imagen en las fotos fijas desconocen de él: un innegable carisma político, que incluso se transmite a las filmaciones de simples ruedas de prensa. Yo no sé si podrá desenredar todo lo afirmado, con buena prosa jurídica, por el TSJ. Salvo sorpresa monumental y palmaria convicción urgente de jueces y fiscales, no parece que haya tiempo material de casi nada antes de que Valcárcel deba coger el avión a principios de abril. Por lo que lo he podido conocer personalmente desde que él era poco más que un postadolescente, cuando apenas empezaba, creo en la honorabilidad y limpieza de Sánchez. Y creo también que ha tenido una hiriente mala suerte. Hay cosas que están llamadas a solucionarse solas que finalmente no se solucionan. Pero no existen misteriosos teléfonos antigubernamentales que suenan a media noche en la mesita de luz del TSJ para dar las instrucciones. 

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