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Opinión |
Martes, 25 de Marzo de 2014

"Piensa más en tu país y menos en tus mezquindades", como hizo Suárez

No ha habido en los últimos 50 años de la historia de España un personaje político más importante.

Gracias a su habilidad negociadora llegó la democracia a nuestras vidas. Primero fue la Ley para la Reforma Política, con la que las Cortes franquistas se hicieron voluntariamente el 'harakiri'; después la Constitución y junto con ella la Libertad de Prensa, los derechos sindicales, las elecciones… Nada de lo que hemos tenido en España durante los últimos 40 años hubiera sido posible sin Adolfo Suárez.

Claro que es posible que otro lo hubiera hecho...  O no. La realidad es que fue él el principal artífice de un cambio gigantesco que dejó pasmado a medio mundo y a nosotros nos colocó en la normalidad. Ahora podemos renegar mucho del déficit democrático que tenemos, y es bueno hacerlo, pero sin olvidarnos de dónde venimos y a dónde no queremos volver.

Lo más destacable de Adolfo Suárez es esa cualidad que todo político debería tener: el afán de servicio, el considerar los intereses del Estado -o sea, los intereses de todos- por encima de los del propio partido y de las ambiciones personales.

Hoy que todo el mundo alaba la figura de Suárez, alguno debería rebobinar la memoria y encontraría un irresponsable odio cainita en las filas de su propio partido; la oposición que le hizo el PSOE fue cualquier cosa menos leal, los bancos le retiraron el dinero… le dejaron solo con su servicio a España.

Pero es de justicia que hoy reconozcamos que mucha gente fue traidora o irresponsable o simplemente que se equivocó. Adolfo Suárez, no.

Si yo fuera el profesor de los políticos españoles, no tanto de responsables municipales, si no de los diputados, los senadores y de aquellos que nos representan en los parlamentos autonómicos; si fuera su 'profe' -aunque gracias a Dios no lo soy-, digo que les pondría a escribir 500 veces: "Voy a preocuparme más por los intereses de los ciudadanos a los que represento, y menos por mi partido y por mí mismo", como si fuera Suárez.

Imaginemos ahora el diálogo entre un político español cualquiera y el propio pueblo español. El político preguntaría: "¿Qué homenaje podríamos hacer hoy a Adolfo Suárez?", y yo creo que el pueblo español respondería a ese político: "Mira, compara la actitud y la honradez de Suárez con la tuya, y cambia. Cambia, ¡por Dios!, de una santa vez. Piensa más en tu país y menos en tu partido y en tus mezquindades".

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