La insoportable levedad de la transparencia
Han pasado ya décadas de transición; el tiempo transcurre inmisericorde, y los líderes se suceden; algunos dejan más huella que otros, pero la opacidad sigue siendo el baldón que ensombrece el pasado/presente/futuro que nos rodea. Y hay a quien echáremos de menos, especialmente, por lo que no nos ha contado. Sin embargo, después de más de 35 años de joven democracia en nuestro país, de repente, a todos nos han entrado unas insostenibles ganas de degustar ese raro manjar llamado transparencia. En esta joven democracia, que no hay manera de que se haga adulta, ahora lo que se lleva es la transparencia. Y de súbito, de la mano de esta moda que marca tendencia, surgen infinidad de códigos de buen gobierno, cientos de tratados deontológicos -a cada cual más edificante-, y leyes, sabrosas leyes de transparencia. Mientras los expertos y consejos de sabios se frotan las manos.
Hasta ahora no parecía que a nadie le preocupara en exceso la insoportable levedad de nuestra transparencia; y cabalgábamos, sobre todo en la primera década del siglo, como a lomos del caballo de Atila, que por donde pasaba no crecía la yerba. Mas, estábamos inmersos en una época de lujuriosa bonanza, y si había que enladrillar el cielo se enladrillaba; y nunca faltaría el político de turno que recalificara beatíficamente su porción de firmamento, o su pedacito de terruño.
Pero, albricias, habemus Ley de Transparencia en este país que es mi nación, ostentosamente presentada como la panacea, que evitará todos los males y corruptelas que nos han caracterizado en los últimos tiempos. Y, en Murcia -para no ser menos- también tendremos la nuestra, que iluminará la tierra donde nacía el sol y que, en extraña paradoja, se solazaba en una confortable y permisiva penumbra. Recibamos, pues, alborozados a los modernos taquígrafos y sus luces transparentes.
Luz y taquígrafos que hoy son más necesarios que nunca ante tantas, desconcertantes y sucesivas noticias que se suceden unas a otras, tan nebulosamente como lo hacen algunos de nuestros políticos más admirados. De esta guisa, admitimos con sana deportividad cualquier giro del destino, cualquier cambio en el guión previsto. Así, por ejemplo, las cualidades que debe reunir todo buen sucesor permanecen tan inescrutables como los caminos divinos. En esta recuperación, preñada de decisiones estratégicas y grandes verdades como puños macroeconómicos, nos quedamos en los gestos... La política gestual se impone a la real; y no siempre da bien en pantalla.
Ha no mucho Jane S. Ley, experta estadounidense en Ética en las Administraciones Públicas visitó nuestra Región, y se entrevistó con la Comisión de la Asamblea Regional que está elaborando esta magnífica ley que a todos nos reconfortará por igual. Qué recomendaciones no habrán brotado de esta experta, que ha diseccionado con su bisturí escándalos como el celebérrimo Watergate. Afortunadamente para algunos oídos, cuando estuvo por estos lares, aún no había entrado en erupción el volcán de la sucesión.
A saber qué hubiera opinado la investigadora norteamericana de la imagen que se nos vende de cerrada unanimidad en torno a un sucesor por el que, horas antes de su designación, muy pocos hubieran apostado. Y eso que era un gran candidato en potencia, como espero que sea un gran presidente. La que fuera directora adjunta durante 20 años de la Oficina de Ética en el Gobierno de Estados Unidos, a buen seguro, que le hubiera encontrado su explicación racional y democrática. Ella siempre se ha caracterizado por ver más allá de la simple apariencia de los hechos.
Entre otras ideas revolucionarias sostiene Jane Ley una, estruendosamente epatante: afirma que no hay una ley de Transparencia ideal. Y quien mejor que todo una “Juana Ley”, verdadera Juana de Arco de las transparentes verdades, para aseverarlo. Y añade, como prueba irrefutable, que en Estados Unidos cohabitan una ley federal y cincuenta estatales. ¿Se imaginan una España con 17 leyes de transparencia? ¿o una Murcia con 45 ordenanzas cristalinas, una por cada municipio? ¿Cómo no hemos caído antes?; esa es la clave: la multiplicación de las leyes, sus progenitores y otros sucesores. Y de esta suerte, nos conformaríamos con nuestro destino, escrito en multitud de códices por quienes saben más que nosotros. ¿Y quiénes somos nosotros?
De puro transparente, este mundo, el nuestro, sería diferente. Aunque muchos continuarían creyendo-como creo- que la mejor Ley de Transparencia es la que no existe; porque en esta España de nuestros desvelos, leyes hay muchas; lo que hace falta es que se cumplan o se hagan cumplir. Y que la Justicia actúe con seguridad, prontitud y diligencia. La ley o leyes pueden ayudar; sin embargo, no nos quedemos en una mera limpieza facial, que haya transparencia más allá de la Ley de Transparencia. Porque si no, como musitaría Machado, hoy será siempre todavía... Y por los siglos de los siglos.
Más artículos de Hipólito Martínez
Hasta ahora no parecía que a nadie le preocupara en exceso la insoportable levedad de nuestra transparencia; y cabalgábamos, sobre todo en la primera década del siglo, como a lomos del caballo de Atila, que por donde pasaba no crecía la yerba. Mas, estábamos inmersos en una época de lujuriosa bonanza, y si había que enladrillar el cielo se enladrillaba; y nunca faltaría el político de turno que recalificara beatíficamente su porción de firmamento, o su pedacito de terruño.
Pero, albricias, habemus Ley de Transparencia en este país que es mi nación, ostentosamente presentada como la panacea, que evitará todos los males y corruptelas que nos han caracterizado en los últimos tiempos. Y, en Murcia -para no ser menos- también tendremos la nuestra, que iluminará la tierra donde nacía el sol y que, en extraña paradoja, se solazaba en una confortable y permisiva penumbra. Recibamos, pues, alborozados a los modernos taquígrafos y sus luces transparentes.
Luz y taquígrafos que hoy son más necesarios que nunca ante tantas, desconcertantes y sucesivas noticias que se suceden unas a otras, tan nebulosamente como lo hacen algunos de nuestros políticos más admirados. De esta guisa, admitimos con sana deportividad cualquier giro del destino, cualquier cambio en el guión previsto. Así, por ejemplo, las cualidades que debe reunir todo buen sucesor permanecen tan inescrutables como los caminos divinos. En esta recuperación, preñada de decisiones estratégicas y grandes verdades como puños macroeconómicos, nos quedamos en los gestos... La política gestual se impone a la real; y no siempre da bien en pantalla.
Ha no mucho Jane S. Ley, experta estadounidense en Ética en las Administraciones Públicas visitó nuestra Región, y se entrevistó con la Comisión de la Asamblea Regional que está elaborando esta magnífica ley que a todos nos reconfortará por igual. Qué recomendaciones no habrán brotado de esta experta, que ha diseccionado con su bisturí escándalos como el celebérrimo Watergate. Afortunadamente para algunos oídos, cuando estuvo por estos lares, aún no había entrado en erupción el volcán de la sucesión.
A saber qué hubiera opinado la investigadora norteamericana de la imagen que se nos vende de cerrada unanimidad en torno a un sucesor por el que, horas antes de su designación, muy pocos hubieran apostado. Y eso que era un gran candidato en potencia, como espero que sea un gran presidente. La que fuera directora adjunta durante 20 años de la Oficina de Ética en el Gobierno de Estados Unidos, a buen seguro, que le hubiera encontrado su explicación racional y democrática. Ella siempre se ha caracterizado por ver más allá de la simple apariencia de los hechos.
Entre otras ideas revolucionarias sostiene Jane Ley una, estruendosamente epatante: afirma que no hay una ley de Transparencia ideal. Y quien mejor que todo una “Juana Ley”, verdadera Juana de Arco de las transparentes verdades, para aseverarlo. Y añade, como prueba irrefutable, que en Estados Unidos cohabitan una ley federal y cincuenta estatales. ¿Se imaginan una España con 17 leyes de transparencia? ¿o una Murcia con 45 ordenanzas cristalinas, una por cada municipio? ¿Cómo no hemos caído antes?; esa es la clave: la multiplicación de las leyes, sus progenitores y otros sucesores. Y de esta suerte, nos conformaríamos con nuestro destino, escrito en multitud de códices por quienes saben más que nosotros. ¿Y quiénes somos nosotros?
De puro transparente, este mundo, el nuestro, sería diferente. Aunque muchos continuarían creyendo-como creo- que la mejor Ley de Transparencia es la que no existe; porque en esta España de nuestros desvelos, leyes hay muchas; lo que hace falta es que se cumplan o se hagan cumplir. Y que la Justicia actúe con seguridad, prontitud y diligencia. La ley o leyes pueden ayudar; sin embargo, no nos quedemos en una mera limpieza facial, que haya transparencia más allá de la Ley de Transparencia. Porque si no, como musitaría Machado, hoy será siempre todavía... Y por los siglos de los siglos.
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