El Valcárcel que conocí
Alguna vez le he leído al gran periodista inglés Paul Johnson su lamento de que ya los articulistas de prensa no se vean envueltos en riñas tabernarias, a puñetazos, por un quítame allá ese punto de vista. Ni en Inglaterra, donde la pelea de pub no ha dejado de tener nunca una pátina de respetabilidad boxística, propia -en el fondo- de caballeros, ni en ningún sitio. Pero alguna vez el articulismo recupera las buenas costumbres. Me contaba el prematuramente desaparecido Pepe Clemente que vio cómo su amigo el columnista Tomás Cuesta rompió una noche, en un bar de Barcelona, un taco de billar en los riñones de otro periodista al que sorprendió criticando a un compañero. Cuesta, que alguna vez se ha dedicado al boxeo igual que el maestro Ibarra, tiene unas manos como palas. Pero el inglés Johnson elogiaba que pacíficos hombres de letras llegasen a las manos no por amor a la violencia, sino porque la amistad sincera curiosamente se suele abrir paso tras un intercambio de golpes físicos, igual que tras un duelo a pistola por razones de honor uno sólo puede ser dos cosas respecto al que vence: o un muerto o un amigo para toda la vida.
Bien, pues yo mismo empecé a sentirme amigo del ya ex presidente murciano Valcárcel tras que éste telefoneara a Diario 16 desde Águilas retándome a un encuentro "de hombre a hombre", porque había publicado en ese periódico no sé qué cosa. Se notaba que Valcárcel se había criado en una casa donde se respiraba el periodismo de antes. No nos conocíamos personalmente, pero sospechándolo muy capaz de inaugurar la campaña electoral de 1995 -aún no había sido elegido por primera vez- a puño limpio igual que aquella vez en que Fraga se quitó la chaqueta para cargar en un mitin contra quinientos tíos (de hecho, Valcárcel alguna vez se engalló contra algunos manifestantes, como por ejemplo en Cieza), quise concertar un encuentro para matizar cualquier bienentendido que se hubiese podido producir. El analista político Juan Redondo hizo de eficaz embajador, presentándomelo en la vieja sede del PP. Comprobé que el resentimiento no es una de sus cualidades. Desde entonces este hombre me distinguió con lo que me atrevería a calificar como cariño y complicidad. No sé si alguna vez, sin embargo, me tomó totalmente en serio. Pero que la gente no te tome del todo en serio no es nunca culpa de la gente, sino del propio interesado. Es una incapacidad personal para verse (verme) a sí mismo desde fuera y tomar las medidas paliativas. De todas formas, el afecto personal entre nosotros, que durante estos veinte años ha sido de doble dirección, ha venido supliendo lo demás.
Del Valcárcel político, para bien o para mal (su obra, de todas formas, lo que ha iniciado y por alguna razón no ha podido verlo terminado, habrá que valorarla con perspectiva) he aprendido un tratado completo. De la persona Valcárcel, que es lo que interesa para este artículo... debo decir que es un caso singular. Desde el principio, pero aumentando la intensidad a través de los años, Valcárcel aunó, yo creo que con notable éxito, dos formas de actuar que se repelen entre sí: la del superviviente nato y la de la buena persona (yo diría aún más, la del caballero, un tanto atormentado en ocasiones, como corresponde). Ha sabido llevar más o menos bien, y juntas, dos tendencias contradictorias. El simple superviviente debe dejar caer su pasado, continuamente, incluyendo, si es necesario, los seres que un día estuvieron cerca. El caballero se siente eternamente concernido por el pasado y por esos seres, incluso contra sus propios intereses de superviviente. Valcárcel es en política lo primero, sí, un caso asombroso de genio sobreviviente, pero nunca ha dejado de ser lo segundo.
Sólo en casos extremos ha dejado caer a alguien. Lo ha hecho sufriendo personalmente y tras contemplar todas las alternativas, lo que ya dice bastante de su psicología. Con los años, todos han tenido que ir haciendo mucho menos caso de sus palabras que de sus acciones. Es verdad que las palabras, en Valcárcel, han adquirido progresivamente una cualidad aérea, volandera, muy relativa. Si querías saber la verdad debías interpretar sus palabras, no preguntarla directamente. Pero sus principios y valores "calderonianos" aplicados a las personas a las que ha profesado algún cariño (no digamos si las ha respetado, un club exclusivo al que pertenece muy poca gente) han permanecido bastante sólidos. En este sentido, ha sido un político raro. Eso sí, en veinte años no ha tenido contemplaciones con los que, a su modo de ver, defraudaban los viejos códigos: quienes disminuían de propósito su dignidad (no digamos en público), estaban muertos.
Otros artículos de José Antonio Martínez-Abarca. @jamabarca
Bien, pues yo mismo empecé a sentirme amigo del ya ex presidente murciano Valcárcel tras que éste telefoneara a Diario 16 desde Águilas retándome a un encuentro "de hombre a hombre", porque había publicado en ese periódico no sé qué cosa. Se notaba que Valcárcel se había criado en una casa donde se respiraba el periodismo de antes. No nos conocíamos personalmente, pero sospechándolo muy capaz de inaugurar la campaña electoral de 1995 -aún no había sido elegido por primera vez- a puño limpio igual que aquella vez en que Fraga se quitó la chaqueta para cargar en un mitin contra quinientos tíos (de hecho, Valcárcel alguna vez se engalló contra algunos manifestantes, como por ejemplo en Cieza), quise concertar un encuentro para matizar cualquier bienentendido que se hubiese podido producir. El analista político Juan Redondo hizo de eficaz embajador, presentándomelo en la vieja sede del PP. Comprobé que el resentimiento no es una de sus cualidades. Desde entonces este hombre me distinguió con lo que me atrevería a calificar como cariño y complicidad. No sé si alguna vez, sin embargo, me tomó totalmente en serio. Pero que la gente no te tome del todo en serio no es nunca culpa de la gente, sino del propio interesado. Es una incapacidad personal para verse (verme) a sí mismo desde fuera y tomar las medidas paliativas. De todas formas, el afecto personal entre nosotros, que durante estos veinte años ha sido de doble dirección, ha venido supliendo lo demás.
Del Valcárcel político, para bien o para mal (su obra, de todas formas, lo que ha iniciado y por alguna razón no ha podido verlo terminado, habrá que valorarla con perspectiva) he aprendido un tratado completo. De la persona Valcárcel, que es lo que interesa para este artículo... debo decir que es un caso singular. Desde el principio, pero aumentando la intensidad a través de los años, Valcárcel aunó, yo creo que con notable éxito, dos formas de actuar que se repelen entre sí: la del superviviente nato y la de la buena persona (yo diría aún más, la del caballero, un tanto atormentado en ocasiones, como corresponde). Ha sabido llevar más o menos bien, y juntas, dos tendencias contradictorias. El simple superviviente debe dejar caer su pasado, continuamente, incluyendo, si es necesario, los seres que un día estuvieron cerca. El caballero se siente eternamente concernido por el pasado y por esos seres, incluso contra sus propios intereses de superviviente. Valcárcel es en política lo primero, sí, un caso asombroso de genio sobreviviente, pero nunca ha dejado de ser lo segundo.
Sólo en casos extremos ha dejado caer a alguien. Lo ha hecho sufriendo personalmente y tras contemplar todas las alternativas, lo que ya dice bastante de su psicología. Con los años, todos han tenido que ir haciendo mucho menos caso de sus palabras que de sus acciones. Es verdad que las palabras, en Valcárcel, han adquirido progresivamente una cualidad aérea, volandera, muy relativa. Si querías saber la verdad debías interpretar sus palabras, no preguntarla directamente. Pero sus principios y valores "calderonianos" aplicados a las personas a las que ha profesado algún cariño (no digamos si las ha respetado, un club exclusivo al que pertenece muy poca gente) han permanecido bastante sólidos. En este sentido, ha sido un político raro. Eso sí, en veinte años no ha tenido contemplaciones con los que, a su modo de ver, defraudaban los viejos códigos: quienes disminuían de propósito su dignidad (no digamos en público), estaban muertos.
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