Dos ministras y una PAC
Desde que España se integró en la Unión Europea -con más plazos y menos ventajas que las que han obtenido luego quienes se han adherido de golpe y porrazo, por cierto- la Política Agraria Común ha sido, por una parte, de los beneficios europeos que más hemos disfrutado en España; pero por los que más ha habido que luchar a cada paso.La conocida como PAC establece las “reglas de juego” de la agricultura de los países miembros: qué se planta, qué se subvenciona, cuánto, con qué condiciones. Algo sin duda trascendente en nuestro país, líder europeo (mundial, incluso) de productos como las frutas y hortalizas, cítricos, el aceite de oliva o el vino; una cuestión que fue nudo gordiano de las negociaciones de integración de España en la UE –con la vergonzosa aceptación, por ejemplo, de una cuota láctea muy por debajo de nuestra producción por parte del gobierno de Felipe González-, primero, y de la política comunitaria después en tantas cosas, desde las subvenciones al aceite de oliva, hasta las vacas locas.
Bien, pues ahora, de nuevo, la Comisión Europea ha presentado una propuesta de reforma de una PAC diseñada por primera vez para veintisiete estados miembros, con lo que ello conlleva de diversificación y complejidad. Un nuevo reto, un nuevo desafío, una nueva piedra de toque para España, su agricultura, sus agricultores, eso que eufemísticamente denominan ahora “medio rural”.
¿Y con qué mimbres va España a enfrentarse a ese reto? Con un gobierno agotado, caduco, saliente de facto que, además, en ningún momento ha tenido como prioridad ni siquiera mediana la agricultura, la ganadería, la pesca ni el potentísimo sector agroalimentario nacional. Para los socialistas, el antiguo Ministerio de Agricultura, (conocido ahora como “de los medios”, por lo de Medio Ambiente, Rural y Marino como significante de la nada más absoluta) no ha sido sino un órgano de cuota, para balancear adecuadamente la absurda báscula de la igualdad de sexos.
Y hasta en eso han errado, porque el mejor ministro de agricultura que ha tenido España en el último siglo fue una mujer: Loyola de Palacio. El próximo 13 de diciembre se cumplirán cinco años de su muerte, y los agricultores españoles aún se sienten huérfanos. No hay sino asomar los ojos a nuestros campos, nuestros oídos a barbechos, sementeras u olivares. Eso que no ha han hecho las ministras/cuota de ZP, ni la inédita Elena Espinosa, ni la accidental Rosa Aguilar.
Loyola de Palacio terminó con los ataques de los agricultores franceses a los camiones españoles no sólo llevando una cesta de fresas a su homólogo francés, sino logrando que la UE forzara a Francia a pagar los desmanes de sus labriegos, reivindicando los derechos españoles como país miembro. Recientemente, los ataques han vuelto a reproducirse.
Loyola doblegó la severa tozudez de Fischler convenciendo a los ministros europeos –¡vaya año de viajes por el olivar andaluz!- de su importancia para la economía y la vida de sus agricultores, de que había que primar la producción de aceite sobre el “número” de árboles y a la extensión de su plantación, cuando la última propuesta para la PAC que viene es subvencionar al titular de una explotación agraria independientemente de que esta produzca o no. ¿Se imaginan qué felicidad para los grandes terratenientes y latifundistas españoles? No voy a decir nombres, pero seguro que saben ustedes quiénes harían palmas con las orejas.
Bien, pues mientras países como Italia, Francia o Polonia, directos competidores nuestros en materia agrícola, ya ha elevado a la Comisión sus objeciones a las propuestas de la Comisión, un alto responsable europeo manifestaba esta semana que “no se ha recibido ninguna objeción a los proyectos por parte de España”.
Pero es que, lamentablemente, Loyola nos dejó hace cinco años y la actual ministra ni está, ni se le espera.
Post scriptum: Algo de faena tiene el presidente de la Región, Ramón Luis Valcárcel si, ante la inminencia de las elecciones, no quiere que se le escapen votos por el mismo canal que se los trajo, el del Trasvase. Y es que las posturas del PP en Castilla-La Mancha y Aragón, con el aparente apoyo de Rajoy, se compadecen mal con lo que ese partido ha estado predicando en el Levante español.




















