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Opinión |
Miércoles, 16 de Abril de 2014

El fantasma de Adolfo Suárez en Campoamor

El ex presidente del Gobierno Suárez ha muerto estos días y, por asociación mental, me han vuelto unas pocas y lejanísimas impresiones (más que recuerdos), del mismo espacio físico que compartimos en los veranos de finales de los años 60 y primeros 70 del pasado siglo, en la Dehesa de Campoamor, Alicante, en algo que se quiso inaugurar para retiro y descanso de los hombres del Movimiento Nacional franquista. Incluida la esposa de Franco, Carmen Polo, que sin embargo prefería otras latitudes. Ese espacio, incluso orográfico, ya no existe. En una vieja postal que alguien colgó en internet en un foro de amantes del 'seat 600' circulando sobre una carretera general se ve, accidentalmente, el viejo chalet hoy derruido de la ladera de arcilla roja, hoy laminada para colocar sobre ella un mamotreto colmenero.

Suárez era el menos importante de los importantes que aparecían por Campoamor. El luego asesinado almirante Carrero Blanco avisaba oficialmente a la prensa cada vez que se tomaba unos días. Contaba el ABC el 5 de septiembre de 1969: "El vicepresidente del Gobierno, don Luis Carrero Blanco, acompañado de su esposa, ha llegado a la Dehesa de Campoamor para pasar unos días de descanso". La prensa se sentía en la obligación de publicar lo de "acompañado de su esposa". Desde luego, la Dehesa de Campoamor, y en eso no ha cambiado, es una urbanización donde por definición uno siempre se acompaña de su esposa, con todos los papeles en regla. Hubo similares notas de prensa oficiales sobre el veraniego Carrero en años precedentes y sucesivos. Carrero prefería el incipiente otoño y la Semana Santa en el sur. Las idas y venidas de Suárez por Campoamor llamaban menos la atención, porque por entonces sólo era director de Televisión Española. Aunque mis recuerdos no tienen nada que ver con los políticos. Es muy curioso cómo funciona la cabeza humana. Por buena memoria que diga tener uno se olvida aquello que se juró mantener presente, se va sin querer lo inolvidable. Por contra, queda siempre aquello insignificante en lo que no sabíamos que habíamos reparado. Lo insignificante llega a ser lo único que nos queda de toda una época, y llega a explicarla por completo igual que a través de un pequeño resto de escritura en piedra de tiempos olvidados se representa toda una civilización. Ver cómo veraneaban los prebostes del Régimen franquista nos hubiese dicho mucho hoy sobre el propio Régimen. Sin embargo, yo era demasiado niño para advertirlo.

Del tiempo de Suárez en Campoamor no recuerdo nada de Suárez y sí el agradable olor a gasolina normal con plomo que se esparcía cuando pasaban coches (la primera vez que aterricé en Cuba sufrí un violento bucle temporal: tal vez ya era el único país del mundo que olía como a mi tierra treinta años atrás: quedé traspuesto y tardé en volver de mí mismo). Por más decadencia que me traigan mis años, nunca podré olvidar el calor que quedaba atrapado en las adelfas y los arbustos de la falsa pimienta y que se liberaba por la noche con un olor balsámico, resultante de la cocción de las fuertes temperaturas diurnas. Aunque haya olvidado todo lo demás. Tal vez lo insignificante fue lo principal. No sé si Suárez, ocupado como estaba en hacerse servicial con los prebostes del Régimen, tuvo tiempo de advertir estas pequeñas cosas del lugar. Le confió el propio Suárez al también recientemente desaparecido periodista Martín Ferrand que había vendido su pequeño apartamento de la Dehesa de Campoamor no por ínfulas de grandeza sino "por cuestiones de seguridad". Yo hubiese entendido mucho mejor lo primero que lo segundo. ¿Cuestiones de seguridad? Ciertamente, sólo se veía patrullando un único guardia civil, montado en una "sanglas" y con la pistola envuelta en plástico, para guardarla del salitre. Cualquiera que hubiese querido cometer un atentado habría tenido éxito con total facilidad. Pero, por alguna razón, ETA, que ya empezaba a estar muy activa en aquellos años, no atentó allí, por alguna razón, cuando requería mucho menos aparataje que en Madrid. Yo creo que la razón es que cuando te metes en el sureste español no desapareces, sino que te abduces.

Tampoco creo que Suárez se fuese de allí por la modestia de su apartamento. Poquísima gente entonces experimentaba el lujo. Excepto unos pocos chalets de la emergente alta burguesía, todas las viviendas en ese "complejo de veraneo", como lo definía el ABC de la época, eran muy modestos a ojos de hoy, con esa decoración "relajante" de serie típica de la España desarrollista. Puertas severamente castellanas, exactamente iguales a la que aparece al fondo del cuadro velazqueño de "Las meninas", muebles lóbregos, gelidez invernal, gotelet... Incluso teniendo en cuenta que el concepto del lujo ha cambiado mucho, aquellos apartamentos arquetípicos en los que no se iba la arena del suelo de losas de escalofriante aglomerado y ventanucos de cristal esmerilado color migraña resultaban más bien poco hospitalarios. El lujo oficial era muy relativo en una España que como quien dice acababa de salir del hambre, al menos con los actuales cánones: la mismísima residencia de El Pardo estaba decorada como un deprimente moridero y los apartamentos veraniegos que adquirieron (o directamente fueron regalados) ministros o vicepresidentes eran los clásicos de aquel tiempo. Para procurar ir sólo a dormir.

De aquella orografía privilegiada del sureste que vivió Suárez durante algunos veranos -probablemente sin darse cuenta, ocupado en escalar en la estructura política franquista- hoy no queda nada, gracias a la especulación de terrenos. "Hoy Campoamor está mucho mejor que antes", me llegó a decir hace pocos años el constructor Martínez Esparza, uno de los más orgullosos responsables de enladrillar aquello de forma inenarrable. Ya no puedo representar que aquel sitio en un tiempo significativo en la historia de España y este sitio de ahora sean el mismo: no se parece ni el olor. Soy de la teoría de que cuando desaparece el perfil reconocible de un lugar en el que has vivido mucho, tú mismo dejas en gran parte de existir. Campoamor vivió durante demasiados años años del viejo prestigio que le daba el fantasma de Suárez de inmaculado blanco, jugando al tenis.   

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