La burbuja artística
Mis amigos los libros
Al morir García Márquez la semana pasada, recordé, de repente, cómo lo había conocido, literariamente hablando, claro: tendría quince o dieciséis años, mi profesor de historia, Damián era su nombre, dijo que todos aquellos que leyéramos “Cien años de soledad” ganaríamos un punto extra al final de curso, así que me fui a la biblioteca pública y lo saqué.
Aunque después he leído otros muchos libros suyos y descubierto que éste no es mi favorito, en aquel momento fue una revelación que me animó a seguir conociendo todo su trabajo.
“Cien años de soledad” me pareció absolutamente maravilloso. Al abrirlo, cayó sobre mi regazo, una hoja doblada por la mitad en la que estaba representado con bolígrafo negro el árbol genealógico de los personajes. Me fue de gran utilidad y volví a dejarla dentro de él al terminarlo, para que siguiera cumpliendo su función con todos aquellos que lo leyeran detrás de mí.
Estaba deseando acabar de comer para poder irme a pasear con mi perro Teo y mi libro en la mano. Por aquel entonces, los huertos no estaban vallados y podías colarte en ellos sin problema; había uno que era mi lugar favorito de lectura. Situado en medio de otros huertos, éste no era especialmente grande, parecía abandonado, jamás me encontré con nadie que fuera a cultivarlo, pero tenía una pequeña casita de aperos de labranza con un asiento de obra en la fachada. Junto a la puerta, se retorcía el tronco leñoso de una parra que dejaba pasar el solecito en invierno y te protegía con sus hojas del calor del verano. En frente, había una gigantesca higuera, dos mandarinos y cinco naranjos.
Todos los días seguíamos el mismo ritual, yo me sentaba en el asiento de piedra o debajo de la higuera, según el calor que hiciera, a leer “Cien años de soledad” mientras mi Teo buscaba tesoros perrunos: el rastro de una perra en celo, las marcas de otros rivales caninos que tenía que ocultar con su propia impronta, un montoncito de hierba fresca con la que hacerse una buena purga. Cuando se cansaba de perseguir inalcanzables mariposas blancas, se acercaba a mi lado y era el momento de dejar de leer un rato porque había que merendar, unas jugosas mandarinas en invierno o unos higos dulces como el almíbar en verano, que compartíamos amigablemente.
Mi querido Teo ya no existe, el huerto hace tiempo que fue transformado en una urbanización para nuevos ricos y el punto extra jamás lo pedí porque disfruté tanto con la lectura que me pareció injusto solicitar nada a cambio.
Los libros, como los perros, siempre me han portado conmigo como amigos fieles, poco exigentes y muy tolerantes con mis manías y mis fobias, por eso, como ayer fue el Día del Libro, felicidades con retraso.
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“Compulsory Education”, 1890, Charles Burton Barber.
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