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Opinión |
Martes, 01 de Noviembre de 2011

La credibilidad, sustento comunicativo

Lo que no se ve, a veces, es tan importante como lo que se advierte físicamente. Hay que mirar un poco más allá, con visión, en el intento de determinar lo que nos influye en el devenir diario. Así, digamos que el proceso de comunicación tiene una serie de recursos básicos sin los cuales no tiene efecto. Todos los conocemos: el emisor, el receptor, el mensaje, el contexto, el canal, el código, etc. Junto a ellos hay uno que es también crucial: la credibilidad, la fiabilidad, esto es, hace falta que se crean los interlocutores, que confíen mutuamente en su verdad y verosimilitud. La sociedad actual tiene que hacer, en este sentido, una serie de consideraciones. En paralelo, una de las labores que ha de emprender a marchas forzadas el colectivo de periodistas es la de recuperar la credibilidad perdida ante la ciudadanía en su conjunto. No se trata de disponer de más códigos, sino más bien de cumplirlos. Hay muchos riesgos, y conviene que sepamos afrontarlos.

Nuestros lectores, radioyentes y televidentes confiesan en varias encuestas sobre el particular que los informadores no gozan de la salubridad que a todos nos gustaría. Ojalá fuera distinto, pero no lo es. Nos hemos ganado en ocasiones, en demasiadas, lo que piensan de la actividad que desarrollamos, por acción u omisión, por lo que hemos hecho nosotros, nosotros mismos como colectivo, o por la complicidad que supone el silencio ante los desaguisados que comete una minoría como si fuera en nombre de todos, cuando no es así. El silencio (por supuesto no de todos: hay una mayoría que se esfuerza cotidianamente), como se suele repetir, no ha sido rentable. Tanto silencio frente a ataques internos y externos ha habido que somos unos desconocidos. Lo peor es que hay una minoría que hace un ruido atronador, que hace mucho daño, y que genera mucha pena al sector en su totalidad.

Ante el dolor, la violencia, el espectáculo, ante la tentación de la truculencia y del amarillismo hemos de saber actuar con precisión y con rigor, sin aprovecharnos de la imagen ni del mal de nadie. Cuando se hace mal, sólo miramos a corto plazo, y así no salen las cuentas. La fortuna tiene que ver con buenas interpretaciones, con consulta de fuentes, con las noticias no basadas en el negocio y en las prisas por llegar el primero. Todo no vale para estar en la lucha diaria por la audiencia. Pensamos que la recuperación de unos valores y de una ética por y para la sociedad es el trámite básico para retornar a los orígenes de la misma credibilidad. Sin ella no seremos nada. Aquí hemos de estar todos.

Si no creen en nosotros, es imposible que hagamos bien nuestra función de informar, formar y entretener. La confianza es básica en los procesos de comunicación. Permite que no tengamos que ir superando el ruido de la falta de atención o de interés que despierta quien no tiene el suficiente crédito para que, en paralelo al proceso comunicativo, se pueda conseguir influencia a favor o en contra de una determinada cuestión. Hay que tener presencia y prestancia, brillo en sentido amplio. Lo importante es que haya una respuesta ante lo sucede.

Por eso es tan sustancial que imprimamos carácter y credibilidad a lo que hacemos. No tiene sentido que aceptemos con los brazos cruzados lo que acontece. La ciudadanía vive la confusión de formatos y de soportes a la que le condenamos en los últimos años. Nos lastimamos en exceso, y lo peor es que no rechazamos con total rotundidad esa circunstancia para sobreponernos a ella. Responder ante estos hechos supone implicarnos en sus soluciones. Sin ellas, lo demás no es que sobre, sino que más bien no tendrá la repercusión que nos complacería. Adelante. No dejemos que ganen esas posturas que constituyen modas más o menos pasajeras y que generan un perjuicio enorme. Además, insistamos en ello, son minorías.

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