El Rey reina, mas no gobierna
La abdicación del Rey de España indica que estamos ante un cambio de ciclo. El paso dado por el Rey de España es la suma de una conjunción de factores, entre los que sin duda está su edad, pero que no se fundamenta solo por el mero devenir del tiempo, sino por el deterioro de su salud unido a la necesidad de renovar la imagen y el apoyo a la Casa Real.
Con la abdicación se airea la institución y se desplazan fuera del foco de atención los vínculos con familiares poco deseables para la figura de un Monarca, poniendo encima de la mesa los parabienes sobre la labor realizada que rodean a una persona pública y que se ensalzan cuando ésta se retira o fallece. Además, se atenúa la desafección hacia la Casa Real poniendo al frente al Príncipe de Asturias, cuya imagen más fresca puede cosechar nuevos apoyos y combatir de este modo los ataques constantes de un sector de la sociedad española que no se siente participe del Estado o que simplemente ondea cuando puede la bandera tricolor, bien porque no le guste la Monarquía como concepto o porque en estos tiempos revueltos tenga animadversión por todo aquello que huela a poder establecido.
La ocasión intentará ser aprovechada por “pescadores” que buscan legitimar el final de la Monarquía mediante de la celebración de un referéndum o cualesquiera mecanismo que apoye quitar la figura del Rey. La adopción de una República en España, como la francesa o italiana, nos llevaría a que además del Presidente del Gobierno, existiese un Presidente de la República, lo que a efectos prácticos viene a ser la misma figura del Rey. La diferencia estriba en que el Rey de España es una institución que aun no siendo elegida, si que posee legitimidad histórica, cultural y simbólica, sin contar con los méritos que la propia Corona ostenta por generar paz social entre los españoles y buscar el consenso en épocas trascendentales de nuestra historia.
En todo caso, Juan Carlos I ha tenido un gesto de generosidad hacia los ciudadanos que a la larga también beneficia a los miembros de su Casa Real, tal y como haría en su momento el Conde de Barcelona al renunciar a los derechos al trono. Se inicia así un proceso que pretende ser sucesorio y que se une a la larga lista de cuestiones de trascendencia de nuestra sociedad que tienen que dirimirse a corto plazo y dibujar la España de nuestros hijos, como puede ser el reto soberanista de una parte de la sociedad catalana o la crisis del bipartidismo.





















