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Opinión |
Martes, 10 de Junio de 2014

¡Si a mí me dejaran!

Los votantes de la extrema izquierda un día decidieron en Francia votar a la extrema derecha. Los mismos votantes, y por los mismos motivos. Los antisistema franceses de grupúsculos más o menos maoístas, trotskistas, partidarios de la "slow food" que ponían bombas en las hamburgueserías de capital norteamericano o los postestructuralistas admiradores de Althusser (en Francia los que han leído más de dos libros son capaces de considerar un maestro de vida a un tipo que ha estrangulado a su mujer) crearon un gran fenómeno sociológico al aumentar un grado su exasperación con los llamados "políticos tradicionales: ese simple grado de más, que teóricamente los debió llevar a los confines de su ideología, los llevó en realidad a los confines de la otra.  Se demostró que esos votantes no creían en nada en particular, excepto en su enfado. A partir de reconocerse el cabreo empezaban a alquilar su papeleta a quien más marcha les metiera en el cuerpo.


Ahora los analistas aseguran que hay un hecho diferencial entre los votantes franceses cabreados y los votantes españoles desencantados. Que mientras los primeros apoyan mayoritariamente al Frente Nacional de Le Pen de extrema derecha los segundos apoyan a la extrema izquierda de "Podemos", padeciendo esas dos masas críticas de países diferentes un malestar sociopolítico muy parecido (si acaso el matiz xenófobo más agravado en Francia). Pero cabría introducir dos palabras muy cortas en ese hecho incuestionable. Que, en efecto, en Francia los antisistema "ya" votan a la extrema derecha (considerando que Marie Le Pen está contra Europa, y por tanto contra el Sistema) y que en España los antisistema "aún" no votan a la extrema derecha, como en Francia.


Pero no hay ninguna razón sociológica de peso que evite que España acabe exactamente igual que Francia, en el tradicional plazo de diez/veinte años de retraso programado que solemos llevar con los países desarrollados en tantas cuestiones. Es decir, que los ultraizquierdistas bolivarianos de "Podemos", quitando a los más adoctrinados, o tal vez empezando por los adoctrinados (recordemos la trayectoria política de, por ejemplo, el ex GRAPO Pío Moa),  terminen en Le Pen. No hay ninguna razón decisiva que nos aparte de la idea de que los votantes de "Podemos" no sean más que lepenistas que aún no lo saben. La extrema derecha no suele acabar sintiéndose extrema izquierda (si exceptuamos determinada variante de la marca "Falange" o casos humorísticos como el de Jorge Verstrynge), pero es casi un destino natural que la extrema izquierda acabe, dando un pequeño paso por el otro lado, como quien cruza sobre el hielo el "estrecho de Bering", en extrema derecha.


En realidad, "Podemos" se nutre de los cuatro gatos asamblearios de siempre con fascinación por implantar aquí una base venezolana y un turbión aideológico de ciudadanos que simplemente tienen ganas de pegarle fuego a todo en un momento, y que no tendrían mayores reparos en que la antorcha en lugar del tío de la coleta la llevara un señor rapado con ribetes violentos y tres proclamas impracticables sobre repartición social.  Lo que crece en España no es la izquierda, sino el hartazgo, que siempre ha casado bien con esa sociología patria que cuando se baja del taxi sigue pensando como el taxista. De hecho, me decía un simpatizante del PP que el signo de que algo estaba cambiando en España es que ya ni los taxistas, el último reducto, parecían ser de derechas. Pero que ahora los taxistas se hayan metido a "Podemos" con tal de pegar golpes al volante mientras conducen no quiere decir que no vayan a estar de vuelta a donde siempre, porque en realidad no se han movido de donde estaban.


La ultimísima moda española de "Podemos" es lo ya anacrónico en Francia, los bolivarianos de hoy serán los lepenistas españoles de mañana.  Los arreglamundos que, en Francia como en España, aquí o en Sebastopol se acodan a la barra del bar y exclaman esas expresiones intercambiables entre todos los extremos: "¡Si a mí me dejaran!", "mucha mano dura es lo que hace falta" (en la Transición se decía del libertinaje izquierdista, y hoy de la punición contra políticos y banqueros), "ay, cuando vengan los míos, más de uno se entera"...

 

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