Sáquele partido a su sofá
Semana de debates: cara a cara, debate a cinco… Como si se tratara de fútbol, todo el mundo opina: que si argumentó bien, que si estuvo agresivo, que si leyó demasiado… Confortablemente repanchingado en un sofá, es fácil sacarle punta a unos oradores que, por más experiencia que tengan, no pueden evitar sentir en su sistema nervioso el pellizco de 12 millones de espectadores y de cientos de medios expectantes. Están tensos; saben que les van a medir cada frase y cada gesto que hagan; incluso los que no hagan.
Aunque me parecen bien los debates –ojalá hubiera más– yo no esperaba gran cosa de estos. A la vista de la valoración con que los ciudadanos puntuamos a nuestros líderes políticos, no parece que sean precisamente los chicos más listos de la clase. Por otra parte, está todo tan rígido y tan pautado, le falta tanta frescura a la dialéctica, que da la impresión de que acuden al debate no tanto para ganar como con la intención de perder lo menos posible. Por eso suelen ser tan sositos: básicamente están pendientes de no incurrir en un tropezón estrepitoso.
Los que hacen el agosto con esto de los debates son los medios, que se pueden pasar una semana sacándole punta al asunto, cubriendo páginas y tiempo y sin apenas gastar dinero. El esperpento es que nos llegan a detallar dónde aparcan los coches los candidatos, se hacen porras sobre el color de las corbatas y nos precisan la hora a la que está prevista la foto con Campo Vidal. Quizá la razón de tanta minucia estúpida es que los debates aparecen tan de Pascuas a Ramos que resultan más importantes de lo que realmente son; vamos, que podemos estar ante otro síntoma de nuestro déficit democrático: nos deslumbra lo que debería ser habitual.
Mucha gente ha dicho que los debates han resultado aburridos. Quizá no les falte razón. Pero, ¡Quisiera yo verles a todos esos debatiendo ante 12 millones de personas! Ésos, a los que dirigir unas breves palabras a un pequeño auditorio les cuesta Dios y ayuda, que ni a tiros levantan la vista del papel en sus discursos, rígidos en sus gestos, incapaces de una oratoria no ya brillante sino al menos natural, eternamente refugiados en convencionalismos, tópicos y clichés con el fin de asegurarse que ni siquiera una pizca de creatividad les pueda descalabrar... Ya digo, es fácil criticar desde el sofá.
Desde hace veinte años vengo formando a empresarios, políticos, profesionales, vendedores, sacerdotes o estudiantes sobre cómo hablar en público. Es una tarea apasionante con la que me divierto mucho y también muy gratificante porque compruebo –y comprueban– que con un adecuado adiestramiento práctico suelen lograrse excelentes resultados. No obstante, al comienzo de mis cursos, veo reiteradamente el miedo en la cara de casi muchos asistentes: el miedo escénico, el miedo a ser juzgado, el miedo al ridículo, el miedo a ser original… ¡Cómo nos limitan los miedos! De modo que sé por experiencia que a la gente le cuesta hablar en público aunque todos sepan que hacerlo bien incrementaría su eficacia y su reconocimiento público. Cuando da pavor improvisar un sencillo brindis, no te digo nada construir una ponencia académica cautivadora o una presentación empresarial persuasiva. Hora y media de debate político de ésos que tanta gente analiza con lupa debe darte unas cosquillitas en el estómago inolvidables.
¿Que han cometido errores de bulto? Cierto. ¿Que no parecen estar bien asesorados? No lo sé: a lo mejor es que quienes deberían ayudarles tienen como objetivo no tanto triunfar como no fracasar. Quizá es que a esos asesores no les hacen caso… No lo sé. Pero lo que sí sé es que hoy es imprescindible ser capaz de hablar en público con eficacia. No es algo fundamental solo para los políticos sino en cualquier ámbito profesional.
Y ahora, usted, que quizá contempló los debates desde el sofá, pregúntese: ¿es capaz de enfrentarse a un auditorio sin que se le abra el suelo donde pisa? ¿Sabe cómo hacer un discurso creativo, ameno, interesante y persuasivo? ¿Alguien le ha explicado alguna vez qué gestos le traicionan y cuáles son los que mejor resultado le dan? ¿Es capaz de ser convincente delante de una cámara de televisión? ¿Cree que moverse con soltura por un escenario está reservado para superhombres tipo Bill Gates o Steve Jobs? ¿Ha asistido alguna vez en su vida a un curso en el que le enseñen a comunicar? ¿Ha organizado la empresa en la que trabaja algún curso de presentaciones públicas?
Probablemente, a estas alturas de artículo ya habrá llegado a la conclusión de que le queda un buen trecho por andar. No está mal para empezar: si después de leer esto siente que debería mejorar su capacidad de comunicación y empieza a coquetear con la idea de adiestrarse por medio de una formación específica, a lo mejor los debates de esta semana le sirven para algo. Y mientras se decide y no, le voy a recomendar un libro con el que se lo va a pasar bien y va a aprender cosas fundamentales: Curso práctico de técnicas de comunicación oral. Más que nada para que pueda sacarle un mejor partido a su sofá.
Aunque me parecen bien los debates –ojalá hubiera más– yo no esperaba gran cosa de estos. A la vista de la valoración con que los ciudadanos puntuamos a nuestros líderes políticos, no parece que sean precisamente los chicos más listos de la clase. Por otra parte, está todo tan rígido y tan pautado, le falta tanta frescura a la dialéctica, que da la impresión de que acuden al debate no tanto para ganar como con la intención de perder lo menos posible. Por eso suelen ser tan sositos: básicamente están pendientes de no incurrir en un tropezón estrepitoso.
Los que hacen el agosto con esto de los debates son los medios, que se pueden pasar una semana sacándole punta al asunto, cubriendo páginas y tiempo y sin apenas gastar dinero. El esperpento es que nos llegan a detallar dónde aparcan los coches los candidatos, se hacen porras sobre el color de las corbatas y nos precisan la hora a la que está prevista la foto con Campo Vidal. Quizá la razón de tanta minucia estúpida es que los debates aparecen tan de Pascuas a Ramos que resultan más importantes de lo que realmente son; vamos, que podemos estar ante otro síntoma de nuestro déficit democrático: nos deslumbra lo que debería ser habitual.
Mucha gente ha dicho que los debates han resultado aburridos. Quizá no les falte razón. Pero, ¡Quisiera yo verles a todos esos debatiendo ante 12 millones de personas! Ésos, a los que dirigir unas breves palabras a un pequeño auditorio les cuesta Dios y ayuda, que ni a tiros levantan la vista del papel en sus discursos, rígidos en sus gestos, incapaces de una oratoria no ya brillante sino al menos natural, eternamente refugiados en convencionalismos, tópicos y clichés con el fin de asegurarse que ni siquiera una pizca de creatividad les pueda descalabrar... Ya digo, es fácil criticar desde el sofá.
Desde hace veinte años vengo formando a empresarios, políticos, profesionales, vendedores, sacerdotes o estudiantes sobre cómo hablar en público. Es una tarea apasionante con la que me divierto mucho y también muy gratificante porque compruebo –y comprueban– que con un adecuado adiestramiento práctico suelen lograrse excelentes resultados. No obstante, al comienzo de mis cursos, veo reiteradamente el miedo en la cara de casi muchos asistentes: el miedo escénico, el miedo a ser juzgado, el miedo al ridículo, el miedo a ser original… ¡Cómo nos limitan los miedos! De modo que sé por experiencia que a la gente le cuesta hablar en público aunque todos sepan que hacerlo bien incrementaría su eficacia y su reconocimiento público. Cuando da pavor improvisar un sencillo brindis, no te digo nada construir una ponencia académica cautivadora o una presentación empresarial persuasiva. Hora y media de debate político de ésos que tanta gente analiza con lupa debe darte unas cosquillitas en el estómago inolvidables.
¿Que han cometido errores de bulto? Cierto. ¿Que no parecen estar bien asesorados? No lo sé: a lo mejor es que quienes deberían ayudarles tienen como objetivo no tanto triunfar como no fracasar. Quizá es que a esos asesores no les hacen caso… No lo sé. Pero lo que sí sé es que hoy es imprescindible ser capaz de hablar en público con eficacia. No es algo fundamental solo para los políticos sino en cualquier ámbito profesional.
Y ahora, usted, que quizá contempló los debates desde el sofá, pregúntese: ¿es capaz de enfrentarse a un auditorio sin que se le abra el suelo donde pisa? ¿Sabe cómo hacer un discurso creativo, ameno, interesante y persuasivo? ¿Alguien le ha explicado alguna vez qué gestos le traicionan y cuáles son los que mejor resultado le dan? ¿Es capaz de ser convincente delante de una cámara de televisión? ¿Cree que moverse con soltura por un escenario está reservado para superhombres tipo Bill Gates o Steve Jobs? ¿Ha asistido alguna vez en su vida a un curso en el que le enseñen a comunicar? ¿Ha organizado la empresa en la que trabaja algún curso de presentaciones públicas?
Probablemente, a estas alturas de artículo ya habrá llegado a la conclusión de que le queda un buen trecho por andar. No está mal para empezar: si después de leer esto siente que debería mejorar su capacidad de comunicación y empieza a coquetear con la idea de adiestrarse por medio de una formación específica, a lo mejor los debates de esta semana le sirven para algo. Y mientras se decide y no, le voy a recomendar un libro con el que se lo va a pasar bien y va a aprender cosas fundamentales: Curso práctico de técnicas de comunicación oral. Más que nada para que pueda sacarle un mejor partido a su sofá.





















