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Opinión |
Miércoles, 09 de Julio de 2014

Peor que la incoherencia

La diatriba que soltó el presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Juan Rosell, sobre la interpretación de los datos del paro en función de que el contable sea  el Instituto Nacional de Estadística o los servicios de empleo sigue la senda de la criminalización de los menos afortunados pactada tácita o abiertamente entre el Gobierno y la versión más montaraz de la patronal desde que Rajoy asumió la gestión de la crisis. Su afirmación en el laboratorio de ideas del PP que dirige José María Aznar en el sentido de que aproximadamente un millón de "amas y amos de casa" se habrían apuntado al paro en busca de algún tipo de subsidio sería asumible- haciendo un esfuerzo para objetivar su denuncia sin tomar en consideración la carga ofensiva que encierra- si no fuera porque el autor del análisis tiene como vicepresidente a un tal Arturo Fernández que se vio obligado a ajustar balances con Hacienda tras comprobarse que alguna de sus empresas pagaba en dinero negro las horas extras a sus trabajadores. Y que Gerardo Díaz Ferrán, su predecesor en el cargo que ostenta ahora con desigual fortuna, ha establecido su residencia oficial en el penal de Soto del Real por delitos considerados tradicionalmente de cuello duro.

 

O sea que a Rosell le falla el contexto. A estas alturas de la película, más que crueldad se antoja pura estulticia cargar el muerto sobre las espaldas de quienes intentan sobrevivir en medio de una escandalera en la que presuntos empresarios mezclan sus nombres y sus genes con la más rancia aristocracia mientras reputados hombres de negocios comparten sumario judicial con veteranos políticos, y estos con no menos experimentados banqueros, y donde las rentas medias y bajas siguen soportando la mayor carga impositiva al tiempo que las rentas superlativas evaden capitales o eluden responsabilidades a través de la ingeniería fiscal. Sin embargo, no es el único sujeto víctima de la esquizofrenia. La distorsión de la realidad afecta también de manera notable al propio jefe del Ejecutivo, que acaba de proclamar a los cuatro vientos por enésima vez la imperiosa necesidad de un plan de oxigenación democrática en tanto el partido que también lidera y muchas de las instituciones que en él se sustentan son un hervidero de presuntos o confirmados delincuentes. Para ser creíble, la oferta rajoyista debería llevar implícita una cadena de destituciones ejemplarizantes ajenas al pronunciamiento de los tribunales. Con toda la tesorería del PP involucrada en presuntas irregularidades perpetradas en una época en la que Rajoy ya mandaba en Génova, semejantes intenciones, formuladas a rebufo de la inmediatez de unas elecciones, resultan grotescas.

 

Los cursillos estivales de capacitación capitalista de  la fundación FAES han sido también el foro elegido por el presidente de la Generalitat Alberto Fabra para dar otra vuelta de tuerca a su temerosa cruzada contra el advenimiento del tripartito y en pro de una financiación acorde con el peso de la Comunitat y en correspondencia con su aportación al Estado. Lástima que el discurso de despiste del jefe del Consell, deshilvanado y poco convincente como siempre, coincidiera con la confirmación del Tribunal General de la UE de que las ayudas de 265 millones otorgadas por la Generalitat al complejo cinematógráfica de la Ciudad de la Luz han de ser devueltas por usted y por el arriba firmante. Que para eso somos pueblo soberano. Duro varapalo a la solidez de una reivindicación que siempre acaba chocando con el manirrotismo y las corruptelas que mantienen a la autonomía en la cúspide de la vergüenza nacional desde hace ya demasiados años. Pedir más parné para finiquitar el agravio comparativo en tanto en cuanto se vende en condiciones extremadamente ventajosas para el comprador privado un costoso aeropuerto del abuelo construido con fondos públicos, se liquida mediante la misma fórmula a precio de saldo un suntuario parque temático que debía de habernos situado en el "hit parade" del turismo de ocio, y se ponen en el escaparate de la tienda de todo a cien los ruinosos estudios, es otra prueba más de algo peor que la humana incoherencia.

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