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Opinión |
Lunes, 22 de Septiembre de 2014

La envidia del 'progre'

La diferencia entre cómo contemplan un puritano protestante y un español medio la corrupción de los políticos y banqueros es que el puritano se escandaliza por su intolerancia al engaño, y el español se escandaliza porque es otro quien se lo ha llevado crudo, porque siente envidia de que alguien, en alguna parte del mundo, en ese momento, se esté enriqueciendo ilícitamente y ese alguien no sea él. Son escándalos muy diferentes. Aunque la envidia nacional española, basada a su vez en el resentimiento, puede ser, por qué no, también un instrumento de purificación pública como otro cualquiera. El actual empuje de “Podemos”, por ejemplo, tiene su base en una nada desdeñable masa social típicamente española, hoy empobrecida y partidaria de que los altos políticos en activo (los que sobrevivan a la cárcel, a la checa o a las ejecuciones dictadas por algún tribunal del pueblo) cobren como cajeras del Carrefour y viajen en bicicleta.


Además, la característica específica que muestra el español cuando los políticos o banqueros se llevan el dinero es que se escandaliza ante ello, sí, pero sólo en épocas y circunstancias muy concretas. Aquí nos sentimos concernidos por la corrupción sólo cuando nos da la gana.

 

De los casos de corrupción bajo alguno de los gobiernos de Felipe González la gente se enfadó de verdad únicamente cuando dejó de circular el dinero entre la población “civil”. Mientras hubo dinero para casi todos, en épocas de expansión (por ejemplo, en la segunda legislatura de González, cuando se acuñó desde el mismísimo Gobierno aquello de que “España era el país donde uno se podía hacer rico en menos tiempo”), sólo unos pocos comentaristas extranjerizantes y otros tantos nostálgicos franquistas se hacían los ofendidos porque otros robaran del Estado o desde el Estado. Únicamente se “descubrió” la corrupción más o menos generalizada cuando dejó de haber dinero, a principios de los años 90 (pero aplazado por la alegría artificial de una Expo 92 de Sevilla que nunca nos pudimos permitir y que todavía no ha sido pagada veintitantos años después). Algunos periódicos tardaron aún más en descubrirla: sólo empezaron a editorializar sobre ella cuando cambiaron las siglas del gobierno, a partir del 96. En España, de hecho, ocurrió un hecho sorprendente, que aún no sé si interpretar como vicio o virtud: es el único país desarrollado donde un presidente de Gobierno ha ido a abrazar a su entrada en la cárcel, por amistad, a un ministro de Interior condenado por malversar caudales públicos y por alguna que otra cosa menor, como un secuestro.

 

Ha vuelto a ocurrir lo mismo ahora. Durante muchos años, ha habido corrupción, todo el mundo sabía que existía la corrupción, a todos los niveles, desde el gorrilla aparcacoches a la Casa Real. Corrupción dignamente llevada y por todos sitios, no especialmente más en la política. Se aceptaba socialmente la corrupción. No se penalizaba a los políticos (¡ni a las cajas de ahorro, que en esto de la auténtica actividad de las cajas estamos haciendo como los alemanes cuando les preguntaron después de la Guerra sobre los campos de concentración!) que eran condenados por corrupción. Al contrario, se les esperaba a la salida del calabozo para jalearlos. Incluso se dieron armas legales desde el Poder para favorecer la corrupción, como conceder amplias competencias sobre el suelo a los ayuntamientos, en muchos casos poblaciones pequeñas que nunca como hasta entonces habían visto pasar miles de millones delante de sus narices. Una decisión de “descentralización administrativa” sin suficiente vigilancia que se ha revelado más contraindicada aún que el proceso autonómico. Y que, como era fácil pronosticar, ha dado con muchos ayuntamientos arruinados por los excesos.

 

Sin embargo, ha sido cuando se ha acabado el movimiento de dinero "negro" o "blanco" en la sociedad que de pronto muchos en España se han disfrazado de cuáqueros de Pensilvania y han empezado a tronar, en nombre de no sé qué altas jerarquías de valores y éticas recuperadas. La corrupción es insoportable en España, pero sólo cuando no llega a todas partes sino que sólo se queda en las alturas.  Es la clásica moral del progresista, que ha hecho fortuna entre nosotros.  

 

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