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Opinión |
Jueves, 25 de Septiembre de 2014

El resbalón de Gallardón

Iba Gallardón caminando tan contento “tra la ra larita, aquí voy con mi leyecita”, cuando, de repente, tuvo un gran resbalón. Lo primero que hizo tras el costalazo fue levantarse rápidamente y mirar a izquierda y derecha para ver si alguien lo había visto, porque lo que más duele cuando uno se cae es la vergüenza de que cualquiera esté presente en su caída.

 

Seguidamente, masajeándose aquella parte con la que uno se sienta, dirigió la mirada al suelo y se encontró con una piel de plátano. “Como pille al que la ha tirado, que se dé por finado”, comentó mientras buscaba al causante de su desdicha. Y allí mismo estaba, un niñito que merendaba y de postre tenía banana o plátano de Canarias, que no se veía bien la piel de lo aplastada que lucía tras caerle, con todas las de la ley, el discípulo de Fraga.

 

Gallardón se fue para él hecho todo un energúmeno soltándose el correaje atacado de coraje, se interpusieron en su destino un buen número de mujeres, niñeras para más señas, y demás padres del parque. El exministro respiró una vez, dos, tres y hasta diez. Destensó los puños cerrados, se subió las gafas, se atusó el pelo y, ya más sereno, se acercó al niñito con cara de amiguito a darle el último besito de todos los que daría para hacer campaña política. “No pasa nada pequeño pilluelo”, dijo con todos los ojos puestos en él, “pero ten cuidado con las pieles de plátano que resbalan”. “Niños”, comentó en voz alta, para que todos pudieran oírlo, “es imposible enfadarse con ellos cuando te miran con sus tiernas caritas infantiles”.

 

Y se marchó, bastante menos contento, mientras pensaba para sí: “ojalá este pequeño hijoputa nunca hubiera nacido”.

 

[Img #28677]


Para Gallardón, con todo mi cariño.

 

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