Para cuando pillemos ébola
Uno no debe ver películas apocalípticas sobre epidemias planetarias de virus tipo “Contagio” (Steven Soderbergh, 2011) porque crean cierta autosugestión. Se empieza sintiendo picor por todo el cuerpo, ya al salir del cine. Luego la sospecha va horadando poco a poco nuestra subconsciente y se acaba pidiendo en twitter la dimisión de la ministra Ana Mato en la frase siguiente al aviso de “vamos a morir todos por el ébola”. “Vamos a morir todos por el ébola y a la ministra no le quedará otra que dimitir”. Por ese mismo orden.
El PSOE, sin por una vez hacer demagogia, también está siguiendo ese prudente orden de prelación. En un primer momento no ha pedido contra su costumbre el cese de la titular de Sanidad Mato porque está esperando a comprobar si, en efecto, después de declararse un caso de ébola en Madrid queda un organismo superviviente sobre la faz del planeta. Una vez comprobado este extremo, ya pedirán responsabilidades políticas. “Lo primero es antes”, como dice el refrán. En este país una dimisión adquiere tal rango de acontecimiento que ni siquiera el temor a la aniquilación de la humanidad hace sombra a lo que desatará de verdad el pánico en las calles: un alto cargo español deja voluntariamente su puesto.
Como ya hizo con la bomba atómica en los años 60, de vivir hoy Stanley Kubrick haría otra película con el mismo título: “Teléfono rojo, volamos hacia Madrid, o cómo dejar de estar preocupado y amar el ébola”. Las autoridades han hecho todo lo posible para limar distancias entre el ébola y nosotros, justo la que media entre África y Madrid: de repente este virus se nos ha presentado en casa como Jordi Pujol, quien, para que vieran que era un hombre de trato llano incluso a la hora de exigir comisiones, cuando era presidente catalán se presentaba a cenar sin ser llamado en los pisos de la burguesía. Yo creo que hay que aceptar la convivencia en este mundo con todo tipo de bichos mortíferos porque, si te pones a pensar, es como si ya te hubieses contagiado. Pasé media infancia con un dolor imaginario pero terrible detrás de la mandíbula porque hace cuarenta años había una enfermedad endémica infectocontagiosa llamada paperas, que afectaba a casi todos los niños y resulta que yo era el siguiente. Las paperas derivaban en meningitis mortal y grave inflamación testicular. Tuve tal miedo cerval (y testicular) a coger paperas y que me pinchase la vacuna un practicante que recuerdo hervía al fuego su material de tortura antes de utilizarlo que aquellas paperas que no cogí me dolieron más que si las hubiese padecido (en los años 70 los colegios eran un gran cultivo microbiológico y los bichitos que nos acechaban hacían, reunidos, más bulto que nosotros). Ahora en España, como me pasó a mí con las paperas, habrá una pandemia de ébola psicológico aún peor que el vírico, de consecuencias impredecibles.
De momento la población española ya ha empezado a actuar como los zombis: se ha movilizado en facebook y en la calle para que no sacrifiquen a un perro presuntamente contaminado. Así, con ese mismo tierno gesto de consideración por el mejor amigo del hombre, empezaba el clásico de terror “La Cosa”. Escribir este artículo me ha sugestionado aún más de lo que ya lo estaba. Otra vez me ha empezado a picar todo, y temo que el mismo practicante que me la tiene jurada desde que no pillé paperas espera para torturarme con inyecciones cuando por fin coja el ébola.





















