Las tarjetas fantasma
Entre 2003 y 2011, los consejeros de Caja Madrid gastaron 15,2 millones con unas tarjetas que no estaban sujetas a la contabilidad oficial de la caja, supuestamente “para fines no vinculados con la actividad de la entidad”.
Estas tarjetas, eclipsadas por un ébola democrático que no hace distingos, han sido denominadas de muchas formas: opacas, negras, black (el mismo color, pero en inglés), fantasma.
El término fantasma está empezando a ser desterrado a favor de su versión opaca, pero tal vez sea el más apropiado, lo he sufrido en mis carnes esta mañana: he ido a pagar con la tarjeta y no funcionaba. Como una sola hembra me he desplazado a mi banco y, así, tan tranquilamente, me han roto la tarjeta en los morros y me han dicho que me pasara a por la de reemplazo en una semana.
No sé si se me habrá notado en la cara, pero allí mismo he entrado en una especie de psicosis. Antes de salir del banco he sentido como mi alma abandonaba mi cuerpo para errar por el mundo penando mis dramas. Sin alma, totalmente desamparada, desprotegida, me he ido corriendo a refugiarme en mi casa, para que nadie notara que me faltaba algo, mi esencia, mi espíritu, mi tarjeta, mi dinero.
Miro en mi cartera el hueco dejado por mi tarjeta de crédito y me viene a la mente el síndrome del miembro fantasma, ese que te hace tener la sensación de que un miembro amputado aún está conectado al cuerpo y te duele y te pica y te pesa aunque ya no esté ahí.
No me atrevo a mirar el billetero, no sé si tengo dinero para aguantar una semana hasta que vuelva a tener tarjeta, estoy como la Pantoja, haciendo repaso de amigos a los que pegar un sablazo. Soy un alma en pena despojada de su alma, un muerto en vida, zombi perdida como el novio de Alaska.
Pensaba que en mi fantasmagórico estado no tendría hambre ni sueño ni frío ni calor, pero debe ser que con tanta reforma laboral, como soy un fantasma temporal en lugar de indefinido, no se me asienta del todo lo espectral.
Una semana desposeída de lo que valgo, vacía. No paro de pensar en los pobrecitos consejeros de Caja Madrid, los entiendo, que el juez tenga clemencia con ellos, porque tal vez en su situación no puedan comprarlo.
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Se dice que fue inmortalizado justo en el momento de descubrir que le habían retirado su tarjeta fantasma.





















