El AVE: ventajas de las cosas a medio hacer
Todo tiene su explicación hasta lo inexplicable. En esta nuestra España, y en esta querida Región, poseemos una dilatada habilidad retórica, que nos ha llevado a cotas sublimes. En busca de filosofales piedras, que nos justifiquen la existencia, somos capaces de una mórbida creatividad: siempre jugando a la gallina ciega, siempre en eterna y evanescente contradicción. Como diría Larra, nosotros estamos por las cosas oscuras, porque “nadie nos negará la inmensa ventaja que sobre las cosas claras llevan las oscuras; a saber, que éstas se pueden aclarar... Y vale más hacer mal y deshacer bien, que no hacer nada”. Y ése es el lema que impera entre los que imperan. Así el soterramiento por fases de ese Ave, que todavía no vuela pero que a muchos solivianta, representa como pocas faraónicas obras el sempiterno “a medio hacer” característico de nuestra idiosincrasia.
Si navegáramos por las hemerotecas todas, si con cristiana paciencia hiciéramos ese acto de penitencia, llegaríamos a la misma conclusión que frustraba a aquel joven Fígaro español irredento: en esta tierra, dejamos fatídicamente -por pura naturaleza- algo por hacer, algo que aclarar mañana, porque “ay, de aquel día en no que haya nada que aclarar”. De este modo, nuestro Ave, una especie invasora de imprevisible trayectoria, da para muchas aclaraciones, justificaciones, modificaciones, rectificaciones e incluso mixtificaciones. Y alguna de esas aclaraciones requiere de toda la pericia discursiva de los grandes maestros. Por ejemplo, cómo explicar, sin quedarse sin aliento, que un protocolo solemnemente firmado en el año de gloria de 2006, en tiempos de bonanza extrema, se haya convertido en una historia de suspense por fascículos; ahora que ya no se llevan los fascículos.
Vistos los precedentes del sufrido ferrocarril en la Región, habrá quien alabe al Gobierno que ha decidido hacer realidad tan ansiada aspiración, aunque sea por fases, cuando otros durante años nada hicieron. De esta suerte, el Ministerio de Fomento licitaba la arribada de este Ave de buen agüero en superficie, ante el beneplácito del Ejecutivo Regional, la inicial oposición del Ayuntamiento, la indignación de la Plataforma Pro-Soterramiento y la incredulidad de la mayoría. Aparentemente parecía que no se tomaba en consideración el rechazo de los grupos municipales de Murcia, con el alcalde a la cabeza (o como cabeza de turco). Y, en consecuencia, si no median nuevas rectificaciones que son de sabios, este fino espécimen de tren-pájaro llegará como no querían que llegase tantos ciudadanos y nuestros munícipes todos, aunque con matices, porque nuestros gobernantes municipales tienen la rara virtud de cambiar de opinión.
Como saben, en esta primera fase, el soterramiento será parcial, sólo se pretende eliminar el paso a nivel de Santiago el Mayor; asimismo, desaparecerá el de Los Garres, que se evitará con un puente en altura. Mas nadie le podrá discutir a Ana Pastor el honor de llevar a buen puerto (o a la estación más próxima, la del Carmen) el AVE, porque incluso en superficie el Ave sigue siendo el mismo. Con tal objetivo, su ministerio licitaba el contrato de esta fase primigenia, por valor de 82,3 millones de euros, con un plazo de ejecución de siete meses.
Así que el Ave murciano será sietemesino; y vendrá no con un pan debajo del brazo sino con una deslumbrante dote de millones, a la que no estamos habituados por estos soleados parajes. Porque los Presupuestos Generales del Estado, por una vez, han sido desacostumbradamente generosos; prevén en el área de Fomento más de 356 millones de euros, de los que aproximadamente la mitad están destinados al ferrocarril.
Aunque el Ayuntamiento de Murcia se había opuesto de manera unánime a la llegada en superficie de tan dichosa ave, pronto nuestro gobierno municipal ha empezado a ver este proyecto con otros ojos. Aun así, algunos incautos todavía recuerdan que, no ha mucho, la solución mágica era la estación provisional de Los Dolores, tan mágica y provisional que desapareció de la faz del planeta sin que nunca más se supiera de ella.
Paradójicamente, el Consistorio murciano reiteraba, en fechas muy recientes, que no se habían cumplido “los acuerdos adoptados por Murcia Alta Velocidad y las tres administraciones públicas en el protocolo de 2006” y que no se podía “apoyar un proyecto de tal envergadura sobre el que la Corporación Municipal no ha podido pronunciarse y que, además, “desconoce”. A su vez, para el Ejecutivo regional, no había -ni hay- nada de qué preocuparse: el AVE ha de llegar a la capital murciana en 2015, “tal y como estaba previsto, con el soterramiento por fases”. El consejero de Presidencia, José Gabriel Ruiz, insistía en que “la postura ya se conocía”, y que el AVE “es necesario como motor económico”, para que la Región esté en igualdad de condiciones con otras Comunidades. Evidentemente, el Ave se hace imprescindible para la reactivación económica regional; muy pocos cometen la torpeza de negar la necesidad de esta infraestructura. Pero, ¿cómo es posible que, hasta hace sólo unos días, el Ayuntamiento afirmara que desconocía este proyecto que ahora se pone en marcha?
Pese a todo lo clamado y reclamado, en el último lunes de septiembre, el Consistorio mudó de parecer; después de una reveladora reunión con los técnicos de Adif, ya asegura sin embozo que “no se construirá nada que se tenga que eliminar después”, y que “se ha aclarado que toda la obra que se efectúe, para la llegada a Murcia en superficie podrá ser aprovechada para el soterramiento”. Además, será la Sociedad Murcia Alta Velocidad -de la que forman parte el propio Ayuntamiento, el Ministerio de Fomento y la Comunidad- la que decida “el orden y la planificación de las etapas del proyecto integral de soterramiento".
Esta buena nueva no palía, sin embargo, el desconcierto reinante; las dudas siguen surgiendo por doquier. O si no que se lo pregunten a muchos atribulados vecinos del Sur de la capital, que temen que la política de hechos consumados se haya impuesto en este viaje hacia un destino incierto. Empero, a buen seguro, habrá nuevas fases, etapas, períodos, capítulos, versículos, en esta compleja trama de un tren llamado deseo, aunque Ave le llamen.
Ay... la transparencia, la luminosa opacidad de la transparencia. Me atrevo a decir, cual cierto poeta olvidado, que “en el jeroglífico había un ave, pero no se podía saber si volaba o estaba clavada por un eje de luz” en el vacío. Durante centenares de días hemos intentado desentrañar su hondo misterio. Y cuando ya nadie podía creer que nada pudiese ser descifrado, hemos comprendido, al fin, que nuestras aves y corveras serán lo que tengan que ser. Ni más ni menos.






















