Lo del 'pequeño Nicolás' es viejísimo
Hubo una época periodistica en que iba bastante por Madrid, cuando trabé contacto con algunos círculos que se movían en torno al poder central, entonces perteneciente al PP de Aznar. Me di cuenta de que, en efecto, existía algo que por entonces llamaban "madrileñeo", que era lo que hoy se podría rebautizar, exactamente, como "pequeñonicolaseo", y que ha existido, existe y existirá bajo todos los regímenes políticos en absoluto, de izquierdas, de derechas, con coleta o sin ella. Va en la esencia del país. Porque el "Pequeño Nicolás" no es una persona, sino un ambiente ancestral en Madrid. Un modo de vida de bastante gente, mucha más de la que se piensa, que se dedica a mercadear exitosamente en las zonas caras de los centros de decisión con humo espeso. Ese humo hecho de grandezas que a pesar de que trate de venderse mediante cenas en restaurantes caros no deja de oler a bocata de calamares (ya decía el ex presidente del Barça Laporta que no iba a Madrid porque en cuanto bajabas en Atocha apestaba, y no le faltaba razón, literalmente hablando, porque justo enfrente de la estación del AVE se encuentra "El Brillante", uno de los más acreditados establecimientos de calamares rebozados de toda la Villa y Corte).
El "pequeñonicolaseo" no es de ahora, precisamente. Con el Pequeño Nicolás ha ocurrido como con el tema de la corrupción: una realidad que ha estado ahí siempre y todos lo sabían, pero ante la que el buen pueblo español se ha hecho ahora el sorprendido y el escandalizado por moda, por aburrimiento, por el a donde va Vicente o porque así lo quieren las televisiones, por cierto ahora todas empeñadas en que se instaure en España, a partir de las elecciones de la primavera próxima, un sistema comunista más o menos tropical. Lo único sorprendente en el asunto del Pequeño Nicolás es lo de pequeño, o sea, su edad. Ciertamente, los círculos de logreros que han habido, hay y habrán siempre en torno al poder central (sí, ingenuo lector, también si el poder llega a las zarpas de "Podemos") están compuestos de gente algo más talluda, de gallos con los espolones más duros. La noticia es que alguien así llamado "Pequeño Nicolás" ha hecho en un par de años lo que a los logreros normales del madrileñeo profesional les cuesta diez o quince o veinte. Que con la excusa de instalar una nueva aplicación en los teléfonos móviles de la gente importante el Pequeño Nicolás ha adquirido el número privado del Rey, lo que a lo mejor en condiciones normales en Madrid cuesta veinticinco o treinta años de estar dale que te pego al canapé, de "happening" en "soirée". La noticia, sí, es esa, la juventud del presunto conseguidor, y no que exista un tal Nicolás que ha estado zascandileando por las más altas instancias haciéndose pasar por marqués o por el hijo de un ministro o por el apoderado de la Vicepresidenta del Gobierno. Eso en Madrid es lo normal. En Madrid si no eres o dices ser por lo menos apoderado de una Vicepresidenta no eres nadie. Recuerdo que en mi época centralista (donde, por cierto, yo era llamado sistemáticamente, y hasta aquí llegan las concomitancias con el otro, "el joven Abarca") conocí en el Madrid bueno a una señora ya madurita y atractiva, muy dispuestona, de profesión algo vagarosa, aunque visiblemente lucrativa, y bastante ducha en el "pequeñonicolaseo" político. Todo se le iba en presumir de que era amiga de un entonces ministro, cuyo nombre por precaución omitiré. Se ofreció a presentarlo. Concertaba cenas privadas en restaurantes exclusivos a las que iba a acudir el ministro, pagando ella, claro, sacando billetes nuevos de bonito color de un sobre que parecía no tener fin. La señora llamaba y llamaba (o hacía como que llamaba y llamaba) por el móvil al teléfono privado del ministro, pero el ministro nunca se lo cogía. Ni, por supuesto, acudía jamás al restaurante ni a ningún otro sitio. En Madrid se pasa muy ricamente una temporada con eso de que a lo mejor viene un ministro.
El motivo del gran interés que tenía mi "madura Nicolasa" para que acudiese su presunto amigo el ministro a cenar se me escapa, nunca lo supe. No había grandes negocios ni claros ni oscuros que concertar conmigo. Lo que sí supe es que ella no reparaba en gastos, a fondo perdido. Lo que hiciera falta. Eso era Madrid durante aquella época, y a la vista está que no ha dejado de serlo ni con la crisis. Lo del ministro que nunca vino a cenar fué antes de la burbuja inmobiliaria y sus extravagancias, durante la cual burbuja supongo que Madrid se convertiría en una ciudad que, fotografiada desde algún satélite de la NASA a cientos de kilómetros de distancia, y en lugar del tradicional manto de "smog", mostraría al espacio la faz tierna y sonriente de un unánime, gigantesco e inconcebible "Pequeño Nicolás", el más famoso representante del madrileñeo de toda la vida.






















