Corrupglobinuria paroxística nocturna
Hay enfermedades que persisten cual plaga bíblica; pese al avance de la ciencia médica, todavía no se conoce tratamiento que las erradique. Alguna incluso aprovecha los momentos de descanso para inocular su veneno; así existe una enfermedad que devora glóbulos rojos mientras el paciente duerme; cuando más apaciguado está, el mal que le acecha le ataca despiadadamente. De noche, actúa con una virulencia inusitada; deja exhausto al enfermo que despierta al límite de sus fuerzas; a la mañana siguiente, su orina se tiñe del color de la sangre; al cabo de interminables veladas, su fluido rojo se queda en poco más que agua; nada puede hacer sino esperar con urgencia una transfusión salvadora. La conocida como 'hemoglobinuria paroxística nocturna' es una enfermedad rara, mortal de necesidad. Mas, para nuestra desgracia, no es tan rara, aunque sí mortal, una variante muy extendida entre nosotros, que también ataca con nocturnidad y alevosía en esta tierra nuestra, cada vez menos nuestra. “Corrupglobinuria” podríamos llamarla, porque nos chupa la sangre a todos, y todos acabamos orinando y hasta vomitando sangre.
Es un virus, un cáncer y un estilo de vida: el vampirismo de traje y corbata, el de los conseguidores y sus cajas B, el de las tarjetas negras, el de los blancos sobres. Ante el estupor de la ciudadanía, en esta España -y en esta Región- estamos sufriendo un brote (o rebrote) de corrupglobinuria, que también es paroxística y nocturna. Muy nocturna y paroxística en grado sumo. Y no basta con pedir perdón ni disculpas, no basta con proclamar a los cuatro vientos que no nos temblará el pulso a la hora de tomar medidas, al tiempo que se afirma que ya se ha hecho todo lo que se podía; ni siquiera, sirve de nada entonar el mea culpa, si no hay propósito de enmienda.
Y no parece que lo haya; son ya demasiados años, demasiados casos, y escasísimos castigos ejemplarizantes. Resulta harto doloroso tener que escribir una y otra vez sobre el mismo asunto; vemos un día sí y otro también como un nuevo caso de corrupción nos deja perplejos, porque -aunque parezca increíble- todavía no hemos agotado nuestra capacidad de asombro... ni de indignación. Se podrá argüir con la mayor de las finezas que hay que dejar actuar a la Justicia, que debe primar la presunción de inocencia, que no son más que casos aislados... que la inmensa mayoría de los políticos españoles y murcianos son honrados. Faltaría más.
Pero, lamentablemente los casos, que ahora algunos llaman 'cosas', (quisicosas las llamaría yo), no son tan aislados; y en muchos domicilios y direcciones, algunas muy conocidas, cuecen habas. El caso Nóos, el caso Bárcenas, 'Gürtel', los eres andaluces, 'los catalanísimos pujoles', las palmas arenas, las decenas de ejecutivos imputados, la interminable lista de políticos presuntamente (siempre presuntamente) implicados... Y la crisis nuestra de cada día en esta Región llamada Murcia, también con sus casos y cosas que se confunden en el marasmo nacional... “Unas pocas cosas que no son el conjunto de España”, Rajoy dixit; sólo en el pasado octubre negro, en esta querida piel de toro, 141 imputaciones. Como sostenía el añorado Enrique Alcat, estamos inmersos en la “tormenta perfecta”, un cóctel explosivo de imprevisibles consecuencias.
La enésima operación, que titulan de 'púnica', como si se tratara de otra guerra contra Cartago, aunque el nombrecito sea a mayor gloria de Granados, no supone sino un capítulo más -grueso capítulo- de la degeneración que nos envuelve. Es una lógica manifestación de esta sociedad enferma que hemos construido entre cartagineses y romanos, con la aquiescencia de la mayoría silenciosa. Todos; usted y yo, por ejemplo, desde hace años, podríamos haber reaccionado para atajar de raíz este mal. Piense en cómo hemos vivido en anteriores tiempos de lujuriosa abundancia, en los que hinchar globos y burbujas constituía el deporte nacional. Recapacitemos: usted y yo no supimos hacer frente a una epidemia, que sentíamos cada vez más extendida; ni siquiera nos vacunamos contra ella, nos dejamos llevar como tantos por la inercia. Y la burbuja acabaría estallándonos en las narices, y esparciría una pestilencia insoportable a nuestro alrededor. Quizá no los mereciéramos. No le culpo de nada; me culpo a mí mismo.
Al cabo del tiempo, llegada es de nuevo la hora de las proclamas y declaraciones altisonantes. Curiosamente esta hora suena una y otra vez en el reloj de nuestros respetados dirigentes cuando vienen mal dadas. Que el político de turno se autoflagele (con látigo de seda), elevando su atiplada voz al cielo... sirve de poco, de muy poco. 'Me equivoqué' admiten compungidos algunos prohombres y promujeres... 'Me equivoqué', puede convertirse en la frase de moda, en el trending topic de nuestra macrored social española. Se equivocan, e incluso lo reconocen, empero no da la sensación de que rectifiquen. A la postre, sus equivocaciones son sólo nuestras, que se las consentimos y con extraordinaria facilidad miramos hacia otro lado. Ya no distinguimos el grano de la paja; no podemos, seguimos ciegos o alucinados. En nuestra santa inocencia, tal vez la umbría de algún roblecillo no nos deje ver el bosque.






















