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Opinión | El arca
Lunes, 17 de Noviembre de 2014
ALBERTO CASTILLO

El obispo en el Dyane 6

Muchos son los artículos laudatorios, comentarios en medios de comunicación audiovisuales y panegíricos que ayer y hoy estamos leyendo y escuchando sobre la figura, irrepetible, de nuestro obispo emérito don Javier Azagra Labiano, que ayer nos dejó para siempre.


No voy a caer en la fácil tentación de glosar su figura, pues no soy digno de hacerlo ni me atrevo a ello, pero sí me permito reflejar algunos trazos que ayuden, al desconocido lector, para comprender un poco mas quien fue y como vivió en esta ciudad el titular de la Diócesis de Cartagena especialmente en aquellos tiempos convulsos de la Transición española cuando se hizo cargo de la misma.


Don Javier, me niego a obviar el don al referirme a él, era Obispo Auxiliar de Miguel Roca Cabanellas, titular de la Diócesis, y su residencia estaba en la ciudad marinera. Precisamente, en aquellos días, los agoreros y detractores, que los tuvo sin duda en los primeros tiempos, achacaban a don Javier una querencia hacia Cartagena que no tenía con Murcia. Algo que fue falso como demostró durante toda su vida pastoral en la ciudad del Segura. Quiso siempre a toda la Diócesis por igual pero tenemos que entender, también, que en aquellos años finales de los setenta y tras el fin de la dictadura las aguas del “separatismo” cartagenero estaban a la orden del día. El movimiento Cantonal estaba en pleno auge y la figura de don Javier no se libró de aquella política de “mesa de camilla”.  Cartagena, con mas fuerza quizá que nunca, pedía que don Javier se quedara en la ciudad portuaria y no se trasladara a Murcia.


Roca Cabanellas había llegado a Murcia en 1966, a causa de la enfermedad de Sanahuja, aunque no sería hasta 1969 cuando se hizo cargo de la Diócesis como titular de la misma. Una década mas tarde el Obispo mallorquín sería trasladado a Valencia como Arzobispo. Falleció en 1992 a causa de un trágico accidente de tráfico. Durante este tiempo, y nombrado obispo por su Santidad Pablo VI, don Javier Azagra permanecía como “auxiliar” de Cartagena.


Pero no sería hasta 1978 cuando asumió la dirección pastoral de la Diócesis tras recibir el encargo del Papa Juan Pablo I que había sido elegido Sumo Pontífice en el conclave de Agosto de ese año. Por cierto el mas breve y corto de la historia de la Iglesia. Se da la circunstancia que, monseñor Azagra, fue el único Obispo del mundo nombrado por aquel Papa de tan efímero paso por el Vaticano.


La Iglesia, aquellos días de finales de los setenta, vivía tiempos convulsos. Había acabado el franquismo y con él una serie de prebendas y boatos que durante cuarenta años habían hecho posible aquella triste realidad del “nacional catolicismo”. No olvidemos que, cuando don Javier, se hizo cargo de la silla diocesana hacía apenas dos años, poco mas, que había fallecido el dictador. La ruptura y los nuevos aires que la Iglesia impulsaba desde los sectores más progresistas de la misma tenían una rápida contestación de la parte más conservadora. No olvidemos, ni podemos descontextualizar, que en aquellos convulsos años era Cardenal Primado de España Vicente Enrique y Tarancón cuyo trabajo por “democratizar” la Iglesia fueron contestados incluso con violencia desde la extrema derecha.


Su homilía, la de Tarancón, en el acto religioso celebrado en la Iglesia de los Jerónimos tras la proclamación de don Juan Carlos I como rey simbolizó la apertura de la Iglesia española a la democracia, facilitando el periodo conocido como transición, aunque sus palabras unidas a su apoyo a la Iglesia vasca hicieron que sus detractores lo etiquetasen de "rojo, un enemigo del Régimen y un compadre de los independentistas vascos" en el año 1978. El año que don Javier Azagra llega a la ciudad del Segura.


Su antecesor nos tenía acostumbrados a una imagen diferente. Salía a la calle revestido con todos sus ornamentos pastorales. Cuando celebraba en la Catedral se desplazaba, desde Palacio, en procesión precedido por la Cruz alzada, ciriales,  pertiguero, turiferarios y los canónigos… En fin eran otros tiempos y la liturgia en España se movía por esos terrenos de dura ortodoxia aun en las formas externas. Yo recuerdo perfectamente aquella época pues, desde 1977 estaba trabajando en la primera planta del Palacio Episcopal en el Secretariado Diocesano de Catequesis que, entonces, dirigía el bueno del Padre Matos SJ junto a la hermana Teresa y Adelina. Viví muy de cerca todos aquellos cambios y desde el interior del propio Palacio de la Diócesis de Cartagena.


Hasta que un buen día, se había anunciado que llegaba el Obispo, vimos llegar a media mañana un viejo Dyane-6, popular vehículo de la marca Citroën, que en aquellos años hacía furor entre la clase media. Vestía, no lo olvidaré nunca, un pantalón gris, camisa del mismo color y el alzacuellos. Nada más y nada menos. No llevaba sotana, manteo, ni nada. No traía séquito ni le precedían canónigos ni sacerdotes. No había cruz alzada ni pertiguero alguno. Era una persona, bajita, atlética y sobre todo “un señor normal”.


Después vendrían sus paseos en chándal por el viejo Malecón acompañado por seminaristas y jóvenes que compartimos su amor por la vida y su fe inquebrantable.

 

Su amor por el Osasuna, su equipo de toda la vida, y su afición al fútbol que, en la conversación,  ocupaba mucho tiempo de aquellos paseos matutinos en dirección a las “cuatro piedras”.

 

La presencia en los medios de comunicación. En Radiocadena, con Adolfo Fernández de director, coincidí con él pues ya estaba yo en aquella casa y don Javier hacía semanalmente una inolvidable glosa del Evangelio del domingo. Sus tertulias en otras emisoras, sus escritos en La Verdad y más recientemente, no lo olvidemos, tertuliano fijo en la televisión privada con otro maestro del periodismo, Jesús Hermida.


Don Javier Azagra Labiano fue, a mi modesto entender y así lo viví, quien abrió de par en par las ventanas de la Diócesis de Cartagena a los nuevos tiempos. Quien trajo una importantísima renovación a la Iglesia murciana.  El que contentó a “Tirios y Troyanos” pues tuvo la habilidad, diplomacia y exquisitez de aunar bajo su dirección pastoral a derechas e izquierdas en unos tiempos convulsos que nos tocó vivir en aquellos años de finales de los setenta.


Descanse en Paz y estoy seguro que, el Dios del Amor, le habrá reservado un sitio de honor junto a sus elegidos pues, don Javier, se hizo merecedor de ese lugar de privilegio con su ejemplo de vida y su entrega al Padre.

 

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