Nochebuena sin vida
El día de nochebuena, no hace tanto, la vida real irrumpía en la ciudad de provincia, recordando a los urbanitas de una sola generación que el campo aún mandaba y venía a hacer sus regalos. La ola de la naturaleza se alzaba en torno al solsticio de invierno y entraba en la ciudad, llegando hasta el último piso. Había en Nochebuena una invasión de motocarros con cajas de mandarina que dejaban el perfume exacto de 'eau d’orange verte' de Hermés y ciclomotores que cargaban una montaña de mala hierba recién cortada. Se nos hace, ahora, inconcebible.
Cómo vas a explicar a un niño de hoy, que no sabe que un día los pollos eran animales capaces de andar, que por las calles de antes te cruzabas a cada paso, en estas fechas, con 'caseros' del campo llevando cuatro conejos espasmódicos de un metro de largo colgados por las patas como Benito Mussolini de aquella gasolinera de Milán. Son escenas de una agradable brutalidad que ya no se ven ni en los pueblos. Era la vida entrando sin llamar y recomendándote, por tu bien, que no la olvidaras.
Cuando entraban los conejos en casa era un acontecimiento. Una hecatombe sangrienta, en realidad, en honor del Dios de la infancia: nos peleábamos los hermanos por disputarnos el privilegio de desnucarlos, antes de que les practicaran un corte experto para volverles del revés el abrigo, 'versipellis'. Se los golpeaba una sola y certera vez, con la palma dura y plana, en el pescuezo, y el hilillo de sangre espesa que les salía por el morro hasta el barreño era una ofrenda a los espíritus guardianes de la casa. Cuando los conejos eran la mascota a la que tomabas cariño durante unos momentos antes de mandarla directa al arroz. Una amistad de cinco minutos.
Los fotógrafos de prensa de provincia retrataban en Nochebuena a guardias de tráfico que llevaban sobre la cabeza una especie de cáscaras de huevo gigantes y estaban rodeados de docenas de pavos vivos y botellas de sidra mala que los vecinos de la calle les habían regalado como aguinaldo. Hombres oscuros planeaban sobre las aceras desplegando sus alas, cargando con un atadijo de aquellos pavos albinos gigantescos que se defendían ferozmente si querías meterlos al horno. Los vegetarianos se escondían en lo más profundo de sus guaridas, sin hacer pornografía pública de sus ideas. Los guardias dirigían el paso de coches y cabras. Las cabras blancas se conducían por las aceras llevándolas al paso y agarrándolas del manillar. Las cabras eran bicicletas orgánicas en la ciudad de provincia, hace cuarenta años.
El paisanaje urbano de la Nochebuena no tiene nada que ver con el de hoy. Ya no se ven jorobados nacidos de la endogamia y caballeros mutilados con muleta de madera cortada a cuchillo en forma de tirachinas. Ya no hay en la ciudad tipos graves con gorra calada y con una espiga verde colgando de la boca. En las casas siempre se metía alguna visita de cumplido que dejaba un perenne olor a cebadero porcino. Era un aroma que se adhería, por dentro, a los cromosomas, a la misma esencia de las personas (y las casas). El olor que dejaban nunca desaparecía del todo, debiendo derruir el edificio si querías librarte de ello, como quien se muda de casa por causa de algún 'poltergeist'.
Hoy, Nochebuena, se escuchaba aún en la ciudad el chillido horrible de alguna tardía matanza del cerdo, mientras arrastraban al animal con la boca ensartada en un anzuelo y nos miraba a los comensales con una inteligencia insoportable. Un grito que los directores de sonido de las películas de terror extranjeras aún utilizan hoy para reproducir el de una legión de demonios.





















