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Opinión |
Lunes, 19 de Enero de 2015

Casa despojada después de Navidad

Desde que Jorge Luis Borges, en su "Antología del relato fantástico", recogió uno del arqueólogo inglés John Aubrey donde se relataba, como suceso real de finales del siglo XVII, la visión de un fantasma que era una canasta de frutas, tiendo a creer que los objetos cotidianos y los rincones domésticos pueden tener una misteriosa vida. Ridículamente fantasmal, si se quiere. Por eso he evitado adquirir cosas en los anticuarios, hasta las más útiles, por mucho que me hayan tentado. ¡Yo, que una vez me casé vistiendo el chaqué de un recién desposado muerto en accidente de automóvil! Es verdad que luego la Iglesia anuló aquel matrimonio, y yo creo que mucho tuvo que ver haber llevado aquél chaqué...


Pienso que los objetos cotidianos procedentes de casas desaparecidas llevan latente el movimiento secreto de su antigua residencia. No siempre aquella costumbre se adapta a un nuevo propietario. Las cosas parecen siempre indiferentes, sólo son objetos, pero llevan la impregnación de haber estado toda la duración de una vida humana, y muchas veces más tiempo, en el mismo sitio. Durante muchos años el rayo de sol de la tarde les ha caído en la misma posición, han asistido a las risas de una casa y los gritos y algo se les ha pegado del olor a guiso que venía de una cocina concreta. Siempre temí que algún objeto adquirido en un anticuario hiciese notar su incomodidad colocado fuera del pequeño mundo al que se acostumbró. Esa inquietud ha hecho que incluso sienta una opresión dentro de cualquier tienda de cosas viejas. Me parece que, si aplico el oído, escucho una vaga música como de teatrillo clausurado dentro de todas ellas.


Esta última Navidad llegué, un mediodía de sol, a la hoy abandonada casa donde hasta hace muy pocos años celebrábamos en familia la Nochebuena. Era un acontecimiento muy numeroso, lleno de ruidosas voces preadolescentes y advertencias de abuelas. Pero murieron o huyeron los últimos habitantes y ahora hay en el salón ese ambiente perplejo con que te miran las paredes que no entienden por qué llevan tanto tiempo sólo escuchando el ruido de las cañerías. Impresiona ver una casa hace poco en orden, con la ropa doblada en los cajones, ya despojada de todo. Me sentí como algún descendiente del poeta Leopoldo María Panero visitando las ruinas de su antigua residencia de verano en Astorga, en la película "Después de tantos años", donde aún quedaban energías de lagartijas imaginando correr por ladrillos que ya no existen y el juego de atraparlas que no llegó a ser.


Me quedé un rato mirando el lugar donde, a final del año, nos reuníamos puntualmente muchos seres que arrojábamos sombra. En una gran estancia vacía todo parece, sorprendentemente, más pequeño, como cuando de niños volvíamos a nuestra habitación del veraneo y la veíamos un poco disminuida, porque nos habíamos acostumbrado a los espacios abiertos. ¿Cómo puede ser que un siglo pase en apenas un par de años? Cuando ya no quedó ningún familiar para seguir presidiendo la casa, los deudos se llevaron deprisa todo lo que pudieron: la mesona de caoba barnizada de incontables Nochebuenas, que estuvo pasada de moda desde antes de salir del árbol, los aparadores llenos de mensajes en hebreo y pequeños bustos de santos, que encerraban aire viciado entre sus cristales porque jamás se encontró la llave... Toda aquella cosa pretenciosa de los pisos desarrollistas que se decoraban como palacetes. No quedó nada importante. Tal vez el pequeño espacio de parquet donde cada año me dejaban las cosas los Reyes Magos... En la tapicería rococó de las paredes acolchada, con horrible gusto, de gomaespuma despanzurrada ya han aparecido caras de antepasados, por la humedad. La gran araña decimonónica de cristal supongo que tejerá telarañas de verdad en algún paradero desconocido. Los únicos libros que no han volado de la casa, tirados en el suelo como sillares de iglesia, han sido los imposibles de transportar: aquellos anacrónicos que a Azorín o a Baroja o a Pla les pagaron sus editores al peso, por relatar minuciosamente con horrible y franquista prosa floral cada centímetro de sus provincias, en un tiempo en que había que rellenar de mamotretos enciclopédicos los salones de la burguesía española.


Ver esta casa antes tan movida y hoy desconsolada como un nicho provoca en el ánimo la misma impresión de intemperie que aquellos abetos cortados pero vivos que la gente abandonaba, ya secos, en la calle el día después de Reyes. Di una vuelta a la llave, para siempre, en una puerta que durante cincuenta años no se cerró jamás, ni por las noches, porque la tata decía: "ya tendré tiempo de estar encerrada para siempre". Y sentí que algo, no sé exactamente qué (tal vez una canasta de frutas fantasma como la que vio John Aubrey y recogió Borges, tan vulgar que nadie quiso robarla) me siguió hasta la entrada como la mirada de esos perros que saben que será la última vez.

 

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