No todo vale
El jueves 29 de enero leía en el diario El País –no me sitúen ya a la izquierda, por favor, que también suelo leer El Mundo y el ABC- una interesante entrevista de Javier Rodríguez con Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia, miembro además de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, una entrevista que no tiene desperdicio.
Es una de esas conversaciones que te hacen reflexionar y te reconcilian con la humanidad en tiempos en los que, entre tanta palabrería y zafias mentiras o medias verdades con las que a diario nos martirizan unos y otros, se echa en falta el sosiego y el sentido común que hacen más grata la convivencia y facilitan el diálogo sin ladridos. Por eso no me he podido resistir a comentar algunas de las numerosas buenas ideas expresadas por la filósofa.
Decía Adela Cortina que el progreso moral viene de la insatisfacción ante el funcionamiento del mundo. Tal idea me hace pensar que, nos gusten más o nos gusten menos, la insatisfacción que existe en nuestra sociedad y los movimientos que la canalizan podrían, al final del proceso en el que estamos inmersos, alumbrar formas de convivencia impregnadas por el sentido ético de la existencia, cuya pérdida nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos. Si así sucediera, y los españoles supiéramos extraer las consecuencias adecuadas, algo bueno habría salido de esta malhadada crisis. Les confieso sin embargo mi escepticismo sobre tal capacidad de aprendizaje.
Lo sucedido en los años del mal llamado boom económico, cuyas consecuencias estamos ahora padeciendo, es la prueba de que no todo vale. Por desgracia, sin embargo, en esos mismos años se ha extendido entre amplias capas de nuestra ciudadanía la idea de que el fin justifica los medios, lo que equivale a decir que para conseguir lo que deseamos vale cualquier cosa. Y así nos ha lucido y nos sigue luciendo el pelo.
El día en que el conjunto de la sociedad acepte tal idea habrán saltado hechas añicos las bases sobre las que se asientan el respeto a los otros, la convivencia y la democracia.
Por eso me causa un rechazo instintivo la ideología que lo fía todo a eso que ha dado en llamarse racionalidad de los mercados, lo que equivale a entronizar como norma de convivencia la ley del más fuerte, que, sin remedio, deja fuera del sistema a una parte considerable de la población, produciendo un injusto acúmulo de riqueza en pocas manos mientras la mayoría ve descender su nivel de vida o, lo que es peor, se empobrece. Ahí están las estadísticas de instituciones nada sospechosas, por ejemplo Cáritas, para corroborarlo.
Decía también la académica de Ciencias Morales y Políticas que hemos llegado a un nivel excesivo de desigualdad que no solo es injusto en sí mismo, sino que pone en peligro la propia democracia. “Cuando Rousseau habla de las bases de la democracia dice que el sistema necesita una sociedad mínimamente homogénea para que todos quieran empujar en la misma dirección, pues las diferencias radicales desaniman”. No todo, pues, vale. Ni en la sociedad ni en la empresa.
A tenor de las anteriores ideas –y ahora adopto la pose provocativa, que tanto gusta a mis dos lectores- ¿no les parece hipócrita rasgarse las vestiduras ante lo que ha sucedido en las elecciones griegas del pasado 25 de enero? ¿No les parece normal la reacción de los griegos ante la situación de pobreza y desigualdad en la que ha desembocado esa sociedad, tras siete años de crisis siempre golpeando a los mismos? ¿Y no les parece que es un tanto hipócrita e interesado defender, como si fuera un dogma de fe, que la única salida a la situación que viven los países del Sur de Europa es continuar en la fracasada y suicida senda de la austeridad y de los recortes sin matices, caiga quien caiga, que siempre caen los mismos?
Posdata.- Dos ideas a las que no me puedo resistir antes de dar por finalizado el artículo:
1.- No sé cuándo se van a dar algunos por enterados de que en la actual coyuntura política, social y económica de España lo que a muchos ciudadanos nos interesa no son las personas, sino las ideas, los proyectos políticos claros y sólidos. Y, por supuesto, que tales proyectos los lleven a cabo cuando accedan al poder. Que lo que se prometa se cumpla. Y si saben que no lo van a poder cumplir, que se callen.
2.- Tampoco se cuándo la Socialdemocracia europea, el otro gran pilar de la construcción de la sociedad del bienestar de nuestro continente tras la Segunda Guerra Mundial junto con la Democracia Cristiana, va a recuperar el rumbo que perdió hace un tiempo y que no acierta a encontrar. Si tarda mucho en hacerlo ya sabe lo que le puede pasar, se la merienden. Y no sería bueno para nuestra aún débil democracia. Lo dije antes y lo repito ahora: sobran personalismos y faltan, ideas, proyectos claros y sólidos que los ciudadanos podamos valorar.





















