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Opinión |
Jueves, 05 de Marzo de 2015

Memorias olvidadas del candidato Sánchez

No guardo recuerdo fiable de la ocasión en que conocí a un chico de 23 años llamado Pedro Antonio Sánchez, entonces aspirante a la alcaldía de Puerto Lumbreras. Por contra, él sí se acuerda de aquello a la perfección. Para qué molestarme en tener una cabeza si Sánchez ya la ha tenido por mí.

 

El vicepresidente del Gobierno murciano Antonio Gómez Fayrén me lo presentó a inicios del Milenio como alguien que prometía mucho. "Tienes que conocerlo", parece ser que me dijo Fayrén (¿se acordará Fayrén de aquello?). Concertamos, según Sánchez, una comida en mi restaurante siciliano de referencia, desgraciadamente desaparecido. Allí donde el ex presidente socialista Carlos Collado, ya en pleno proceso de espirituación personal, pedía espaghetti con ajo, aceite y guindilla y Ramón Luis Valcárcel, raro en él porque siempre ha tenido una memoria prodigiosa, creía estar en una imposible pizzería llamada ‘don Peppone’ ("a mí no me gusta la pizza, a ti sí", me dijo años más tarde, cuando en aquel restaurante jamás la cocinaron). Por lo visto yo saqué una columna al día siguiente de conocer a Pedro Antonio Sánchez en el diario ‘La Verdad’, donde lo describí como alguien que salía de Puerto Lumbreras pero que dadas sus capacidades políticas, perfectamente advertibles, llegaría lejísimos, tal vez a presidente. No soy consciente de aquella columna. En realidad, no me consta haber escrito la mayoría de cosas que dicen salieron con mi nombre. Es una lástima que se borren recuerdos importantes en la cabeza por esa insidiosa manía que tiene la mente humana de sobrevivir como se pueda a sus épocas de sufrimiento moral, por el método de ocultar en algún sitio inaccesible paquetes enteros de recuerdos, sin discriminar, lo bueno y lo malo. Lo recordable y lo olvidable. Haber conocido a un tempranísimo Sánchez en un restaurante y escrito una columna más o menos entusiasta sobre él o haber comprobado que las mujeres finalmente no son princesas...


Sí me quedó en alguna parte del cerebro reptiliano, sin embargo, el aire prematuro de madurez mental de Sánchez que presentí aquél día y, sobre todo, su aún más prematura e incomprensible templanza, que creó su rasgo más característico. Cómo puede tener alguien templanza si acaba de salir de la adolescencia, Dios Santo. La fiera política se cría temprano. Sánchez, bajo su capa de veinteañero -"perdóneme usted, pero los jóvenes y los negros me parecen todos iguales", dijo el escritor Eugenio D'Ors a un admirador que le preguntó si se acordaba de él- no revelaba su auténtica naturaleza más que en la distancia corta. De lejos, sin oírle hablar, muchos incautos creyeron estar ante un ‘viejuno’ de nacimiento -cómo no lo voy a entender, si a mí ya me decían ‘el abuelito’ a los dieciocho años- sin carisma para conquistar más que un poder subalterno. Se equivocaban. De Sánchez emana la política visiblemente, al igual que el ectoplasma de un médium, en cuanto uno lleva dos minutos ante él. No sé si Sánchez se conoce todos los nombres de pila de los habitantes de la Región, como decían que demostraba su mentor Valcárcel al estilo de aquel tipo de Murcia que se conocía entero el listín telefónico (con páginas amarillas y todo), pero sospecho que al menos ha recibido a toda la Región en su despacho, para el que no hay horas. Este señor no sé si come; lo que es seguro es que no duerme.


Ahora es necesario que todo su Partido, que está algo digamos nervioso, reme en la misma dirección con las elecciones autonómicas en puertas, y ahí Sánchez, con su templanza rayana a veces en la impasibilidad y su capacidad para el pacto, tiene una extenuante tarea por delante. Y aún menos minutos de sueño.

 

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