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Opinión | Demos, Kratós et Participatio
Miércoles, 11 de Marzo de 2015
Miguel Á. Rodríguez

Presupuestos participativos: planificación comunitaria

Afortunadamente en estos momentos, además de los casi 700 municipios que en todo el mundo tienen en marcha procesos de Democracia Participativa como son los presupuestos participativos, existen una gran cantidad de ayuntamientos que comienzan su inmersión en estas dinámicas. Por ello, consideramos oportuno dedicarle un capítulo de nuestra serie a responder a la siguiente pregunta: supongamos que  un alcalde, un ayuntamiento, un municipio está dispuesto a desarrollar metodologías participativas… ¿Por donde habrían de empezar?


Partimos de lo señalado por una autoridad en la materia como es el doctor en economía y sociólogo José Molina Molina, autor entre otros de ‘Los presupuestos Participativos’, Ed. Aranzadi 2011, en el sentido de que el Principio Básico que enmarca las reglas de este proceso es la cogestión pública, inspirada en la Democracia Participativa y entendida como un espacio de interacción entre la ciudadanía, los representantes políticos y el personal técnico en el que:

 

-La ciudadanía a través de su participación activa propone, decide y comunica, se informa e informa y además ejerce el control del proceso.

 

-El personal técnico asesora sobre la viabilidad legal y técnica.

 

-Los representantes políticos electos se comprometen a discutir sus propuestas con la ciudadanía, así como a asumir las decisiones y ejecutarlas.


Como consecuencia de lo anterior, observamos que resulta imperativo el desarrollo de un procedimiento de planificación que atienda, promueva, facilite y gestione la intervención activa de la ciudadanía. Nuestro análisis descriptivo de hoy se va a focalizar principalmente en ese aspecto.


En su magnífico ensayo ‘Antes de empezar con Metodologías Participativas’, Mª Dolores Hernández, directora del Observatorio Internacional de Ciudadanía y Medio Ambiente Sostenible, CIMAS, a la que vamos a seguir en nuestra incursión, nos sitúa en el punto de partida de la construcción de un proceso de desarrollo de Democracia Participativa, señalándonos los posibles caminos en función de las variables intervinientes, imprescindibles desde un punto de vista técnico para que el proceso –en el que necesariamente ha de existir el concurso de unos “conductores” o “dinamizadores” de carácter externo o independientes de la institución pública-, que puedan trabajar en las mejores condiciones posibles, es decir con garantías de éxito.


Cuando se habla de una forma de trabajar implicativa y participativa, normalmente se piensa en un trabajo comunitario, en unos planes estratégicos, en una planificación a media o gran escala, y para eso se han analizado y practicado diversas metodologías. Pero si partimos de unos principios ideológicos concretos, de un estilo y un modelo determinado, tenemos que impregnar con ellos todo el trabajo, toda la comunicación que tengamos con las personas, con los grupos, pensar desde y hacia la ciudadanía. Por lo tanto, hemos de planificar la posibilidad de seguir unos u otros caminos, en función de la presencia o ausencia de ciertas variables que a la postre van a ser condicionantes del desarrollo del proceso y por ende del resultado. A estos caminos les vamos a denominar trabajos de ciclo corto, ciclo medio o ciclo largo. Los aspectos determinantes para seguir uno u otro esquema de ciclo van a ser: en primer lugar el diferencial de información y comunicación que se de en los grupos participantes, es decir la distancia de comunicación. El segundo condicionante va a ser el número de personas a implicar, es decir el objetivo de participación que base queremos que tenga. También van a ser sustanciales la extensión de los problemas a abordar en los presupuestos participativos, así como  el tiempo y los medios de los que vamos a disponer. Todo ello va a configurar el trabajo de manera que se pueda hacer en uno o varios ciclos, aunque lo más completo es combinar los tres. No deben ser actuaciones separadas entre sí sino insertas en un proceso global y a más largo plazo. No podemos olvidar que el objetivo es una transformación global, ni que en el proceso se va a cuestionar la misma estructura política, social y económica que rige el status quo conocido hasta ahora, percibido por muchos como un mundo injusto, responsable de sus carencias y caracterizado por múltiples diferencias en las distintas esferas del poder.


Los tres ciclos están basados en los mismos principios, en la misma teoría y en la misma metodología, pero la forma concreta del día a día, según nos encontremos en cada situación, condicionará la priorización de una de las tres perspectivas, corto, medio o largo ciclo, pero siempre con la mirada puesta hacia el que podríamos llamar con más propiedad ciclo largo, el del cambio social que trascienda lo local, aunque hay que irlo construyendo con la gente, desde lo más inmediato.

 

Tenemos que darle prioridad al ciclo corto cuando estamos ante pequeños grupos, cuando las reuniones en sí constituyen una oportunidad para que las personas planteen su problemática, reflexionen sobre lo dicho, reencuadren su demanda e incluso definan los primeros pasos hacia las soluciones posibles. De este tipo de entrevistas y encuentros las personas debemos salir con un tramo del camino recorrido, con contenidos concretos. No son encuentros y reuniones solamente de recogida de información, son interacciones implicativas, desde los dos lados (si es que se puede hablar de dos lados), para ello se requiere de los dinamizadores de los procesos una preparación específica, tener la visión bastante clara de lo que estamos haciendo y estar muy “metidos” durante todo el proceso.


Lo llamamos de ciclo corto en un doble sentido, por un lado es corta la “distancia” entre las personas que participan, es muy fuerte la relación que se crea en este tipo de reuniones, y por otro es muy corto el tiempo que tenemos para recorrer todo el proceso metodológico, con la circunstancia añadida de la mezcolanza de las fases.


El trabajo de ciclo medio es el que hay que realizar dentro del proceso general de ciclo largo, pero con colectivos concretos que van a otro ritmo, ya sea más lento o más rápido, que tienen unos objetivos propios o con los que hay que hacer un proceso más específico. Estamos hablando de colectivos con problemática de riesgo de exclusión social o de abordar la participación en barrios tradicionalmente conflictivos, por ejemplo. El trabajo consiste en que se vayan incorporando (ir “arrastrándolos”) al proceso general, que éste sea tan amplio que “quepan” todos, que cada uno esté donde quiera pero sin sentirse expulsado.


Aquí las actitudes y aptitudes requeridas son más de dinamización, apertura de miras, técnicas grupales, técnicas visuales, capacidad de escucha de lenguajes no verbales, técnicas de comunicación adaptadas a las circunstancias, resolución de conflictos, etc. Otra característica de este trabajo es que nos tenemos que implicar mucho para que se vayan viendo resultados rápidos, concretos, pequeños pero visibles. Es muy difícil entusiasmar a un grupo con esperanzas a largo plazo, no se puede estar mucho tiempo “hablando por hablar”. A veces lo más difícil es romper el círculo vicioso creado de clientelismo y petición individual. Yo pido, tú me das; yo no tengo, tú tienes; yo tengo, tú no tienes; tú eres débil, yo te protejo; yo puedo, tú no puedes, etc. Es difícil cambiar eso en los demás, pero también lo es cambiarlo en los profesionales acostumbrados al poder del conocimiento. El trabajo a nivel medio, con colectivos y grupos, es una muy buena oportunidad para poner a prueba nuestra capacidad de cambio.


El trabajo de ciclo largo, es el proceso que engloba a los anteriores y además tiene una visión de conjunto, global y a largo plazo. Son los procesos comunitarios, los proyectos de desarrollo endógeno o desenvolvimiento local, los planes integrales, los presupuestos participativos, que son llevados a cabo con las metodologías que estamos propugnando o procesos largos de transformación social.

 

Cuando queremos tener una perspectiva amplia en el espacio y en el tiempo, tenemos que ser más rigurosos en la planificación general, marcar tiempos para cada fase, hacer un mapeo social riguroso, definir la muestra con exquisitez, seguir los pasos metodológicos, pero sin olvidar que también tienen que estar insertos en el proceso, trabajos de ciclo corto y de ciclo medio. Hay que saber combinar todos los ritmos, las tres miradas, las tres perspectivas. Por supuesto no siempre se cuenta con equipos preparados para abordar los tres tipos de trabajo, aunque esto sería lo conveniente para un trabajo completo que provoque un cambio “de segundo orden”, un cambio profundo y sustentable. Podemos decir que se ha logrado el objetivo de esos cambios profundos en las relaciones cuando son asumidos de tal manera por la población que ya no permitan volver a relaciones verticales, cuando sea “normal” tener poder de decisión, cuando se puedan afrontar los problemas sin amilanarse, cuando el estilo participativo haya calado en la vida cotidiana. Si somos optimistas podemos pensar que se logra en procesos de trabajo de siete a quince años, naturalmente adaptándose y renovándose. Además, otro indicador de que se ha logrado el calado suficiente, es que la gente no identifique los cambios con el trabajo de unos profesionales, que no se vea solo como un trabajo exterior. Pueden reconocer el empujón dado por alguien en un momento determinado, pero tienen que saber reconocer los méritos internos y no pueden suspirar por el seguimiento de por vida de esos profesionales en la comunidad. Dicho a lo llano, se las tienen que saber arreglar solos. Eso no quita que también sepan acudir a servicios profesionales para cosas concretas, pero llevando ellos la iniciativa, sabiendo para qué, el qué, cómo y cuando lo necesitan.


Es importante ayudar a hacer un reencuadre de la historia, escapar de tópicos y de historias mil veces contadas y escuchadas. Por supuesto que muchas de las soluciones tienen que venir de fuera, ya sean cambios estructurales más o menos profundos, o en forma de recursos, pero se tienen que tener las fuerzas necesarias para exigirlos, para luchar y para tener poder de decisión. Partimos de una idea básica: no hay problemas individuales. No hay que obviar las connotaciones políticas que tienen los problemas y así trabajarlo con las personas que los sufren, hay que externalizar la situación. Por otro lado, cualquier problema, aunque nos parezca muy personal, afecta a muchas personas que pertenecen a nuestras redes, por eso en la construcción de soluciones tenemos que pensar de construir soluciones utilizando todas las redes posibles.


Necesitamos, además, ver más allá de la persona que manifiesta el problema. La definición de un problema requiere un proceso de reflexión. No se puede definir alegremente ante un primer grito o síntoma. Ya hablamos de la importancia e implicaciones ideológicas que lleva el definir un problema. El contacto que tenemos con las situaciones sociales en las que vamos a implicarnos es normalmente a través de gritos o síntomas de malestar. Son muy importantes porque por ahí hay que empezar, pero en ningún momento los podemos confundir con el problema. La conexión tiene que ser a través de la escucha de ese dolor, de esos síntomas, después ya vendrá ir caminando hacia el encuadre del problema y hacia la búsqueda de soluciones. Claro que a veces hay “emergencias” sociales que nos obligan a intervenir pero no debemos olvidar que son situaciones excepcionales que no pueden durar en el tiempo y que además no nos pueden hacer olvidar los principios metodológicos.
La vida tiene dolor, eso es evidente, pero no solo dolor. Hay otras emociones que son tan importantes como el dolor para ir caminando hacia el encuadre de los problemas y de las posibles soluciones.


@MAngelrtorres

 

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