Literatura sobre corruptos
Hace ya varios decenios se hablaba en la prensa de ‘los articulistas de domingo’. Los articulistas de domingo eran como los pintores de domingo. Unos profesionales de otras cosas que se ponían al ‘bricolage’ ocasional de escribir algo para que saliese publicado, como las hojas parroquiales, el día del Señor. Hubo en la prensa provincial de aquí un juez que era tan articulista de domingo (y no con mala mano) que hasta se apellidaba homónimamente Domingo. Yo tuve mi articulista de domingo, un párroco agradabilísimo. Era mi articulista de cabecera porque a veces el periódico, quiero pensar que por error, nos suplantaba mutuamente: ponía su foto y su nombre en mi columna, y viceversa. A mí me hacía mucha ilusión ser cura por un día. Una mañana (de domingo, como no podría ser de otra manera) salió publicado un artículo de mi autoría donde me deshacía por los antiguos encantos físicos de la actriz de Totana Bárbara Rey, pero con la foto y la firma del párroco. El lunes el periódico, que dirigía el inolvidado y prematuramente desaparecido Pepe Clemente -a quien le iba la marcha-, pidió disculpas en la Fe de Erratas por cometer un fallo de incalculables consecuencias eclesiales, asegurando que no se volvería a repetir... el mismo día en que salía el artículo piadoso del cura firmado e ilustrado por mi cara. Si el periódico lo hubiese hecho a mala idea, no habría salido igual de bien.
En fin, el séptimo día de la semana, y muchas veces también el sexto, era un día en que las páginas centrales de los periódicos larguísimas ‘sábanas’ escritas con aplicación y espesor por honorables Registradores de la Propiedad, probos, o no tan probos, políticos o justiciérrimos jueces dando rienda suelta a su segunda vocación, y no pocas veces la primera: hacer literatura. Llegó un momento en que las páginas centrales del periódico no daban para más y entonces algunos miembros de la Justicia trasladaron su artículo del domingo a su labor de toda la semana: pasaron a ser aficionados de las leyes y profesionales de la ficción ‘opinativa’.
Porque la Justicia se ha ido ‘literaturizando’ peligrosamente. A veces ya es indistinguible una sábana de periódico de las de antes hablando sobre el resurgir de las vainas de guisantes en primavera que un auto judicial o una sentencia acusatoria. Es decir, condenatoria, porque paralelamente a la peligrosa ‘literaturización’ estamos asistiendo a otro no menos peligroso proceso de condenar antes siquiera de investigar. En Murcia hay algún fiscal, por ejemplo, que denuncia a cargos políticos del PP a través de narraciones tan anticipatorias como una novela futurista, a las que luego no se suele plegar la realidad de los hechos. El otro día la Fiscal del Tribunal Supremo pidió que se archivaran los cargos de prevaricación contra la alcaldesa de Cartagena, Pilar Barreiro, en el asunto ‘Novo Carthago’. Tal vez alguien ha corrido demasiado: desde Murcia la alcaldesa ya había salido condenada no ya por la opinión pública sino por la propia narración procesal que se hacía de su papel en ‘Novo Carthago’. Pero en cuanto el asunto ha llegado a las manos de alguien con menos amor a la literatura y más a los indicios reales, más leguleyo toda la semana y menos articulista de domingo, la magnificencia del relato ‘de corruptos’ se desinfla lamentablemente. Las cosas están en un punto cuando se trata de dar gusto a la masa que pide cabezas de ‘corrutos’ (sic) que ya no hay que exigir eso tan antiguo de que la Justicia sea independiente, sino que al menos sea un poco profesional.





















