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Opinión |
Martes, 05 de Mayo de 2015

El político que quería ser Laudrup y se quedó en Pfannenstiel

No sabía quién era Pfannenstiel, Lutz Pfannenstiel, hasta hace unos días, cuando un amigo lo puso como ejemplo en una conversación sobre política. Lutz es un futbolista alemán ya retirado que jugaba de portero y que, con ese halo de seguridad que da la vida a quienes no tienen complejos por ser quienes son, posee el récord de jugador que ha estado en más equipos del mundo. Concretamente, en 25 clubes diferentes en los cinco continentes.


La conversación giraba en torno a los ‘nuevos’ partidos políticos nacionales que han presentado sus listas en la Región de Murcia; a la cantidad de problemas que, según nos cuenta la prensa, están teniendo internamente; al triste y familiar tufillo de incoherencia política que no termina de irse nunca, como el perfume de un ex.


Partidos que asociamos con una serie de valores positivos –que serán o no de nuestra cuerda, pero la sólida imagen de marca sí la tienen- y luego resulta que las personas que se van colocando detrás… ni se acercan. Personas que han pasado ya por varios partidos y que ahora están en este como mañana estarían en otro; ellos ya son profesionales y van a hacer su propia carrera. Si eso no es vivir de la política, bendita regeneración. Eso decía mi amigo. Y, como Homer Simpson, mientras él hablaba yo pensaba en otra cosa. En fútbol.


Un futbolista, cuando no se siente querido en su club y no juega los minutos que él considera merecer, se ofrece, negocia y se va. Business is business. Cuando tu deseo es ser titular y te pasas los partidos en el banquillo, que el equipo de enfrente te diga eso de “calienta, que juegas” debe ser un canto de sirenas difícil de rechazar.


También están los futbolistas que son un valor en sí mismos, que planean en lo más alto, auténticos ídolos de masas que aún así se dejan seducir por las sirenas. Recuerdo a mis hermanos mayores alucinando con el cambio de Laudrup del F.C. Barcelona al Real Madrid en 1994 o con la llegada de Figo en el año 2000. Además, Laudrup era tan elegante… Ojalá una casta como Laudrup.


Sin embargo, nos echamos las manos a la cabeza porque haya políticos que vayan de un partido a otro. ¿Por qué nos sorprende tanto que los que, aquí y ahora, quieren jugar no sientan –ni se les pide que así sea- los colores de la camiseta que defienden? Si es que al final la política es un negocio y es como el buen fútbol, pero al revés.


La sensación no es que se esté fichando a grandes valores, sino a los que están dispuestos a jugar donde haya un hueco, a los que se ofrecen, porque jugar es lo que importa, porque el banquillo es como la friendzone, un lugar terriblemente inhóspito.


¿Pfannenstiel? Calienta, que juegas. Y Pfannenstiel sonríe y te pide el voto.

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