La enfermera que colgaba fotos en la pared
Tenía a su hijo en coma en un hospital hacía más de dos meses, como consecuencia de un accidente. Las posibilidades de recuperación, como suele ocurrir en estos casos, eran inciertas. Yo acompañé a mi amigo varias veces a esos encuentros con el dolor y la impotencia, imposibles de describir. Cada dos o tres días, siempre por la mañana, una enfermera entraba y, después de ocuparse del paciente, colgaba por las paredes fotos grandes y bonitas: paisajes, rostros sonrientes, planetas, animales… En cierta ocasión preguntó a mi amigo sobre las aficiones de su hijo Antonio. Fue entonces cuando comenzó a traer fotografías de windsurf. Así fue pasando el tiempo. De cuando en cuando entraba con nuevas imágenes y las renovaba. Cuando no pude más con la curiosidad, me atreví a preguntarle a solas: “¿Puede decirme por qué cuelga esas fotos en la pared? Y con toda naturalidad me respondió: “Hago mi trabajo. Soy enfermera de esta planta y me ocupo de que los pacientes estén lo mejor posible. Quiero asegurarme de que Antonio vea a su alrededor cuando despierte cosas que le gusten”.
No me dijo que su trabajo fuera traer bandejas, cambiar goteros, vigilar la medicación o vaciar cuñas, como me podrán haber respondido muchos de sus compañeros. Para aquella enfermera –nunca supe su nombre, pero nunca se me olvidó su lección– su trabajo consistía en velar por la salud de los enfermos y hacerles agradable su vida. Quizá tuviera un trabajo como muchos otros pero lo cierto es que había sabido convertido en una actividad trascendente, con sentido que, sin duda no solo hacía a muchos pacientes más llevadera su situación sino que la estimulaba a ella misma por dentro cada jornada. La enfermera tenía un trabajo, sí, pero sobre todo tenía una vocación.
¿Qué significado le da una persona a su trabajo en el conjunto de su vida? En unos momentos difíciles, en los que para la mayoría no es previsible un aumento de sueldo sino más bien menos retribución a cambio de más trabajo, en unos tiempos de crisis en los que tener trabajo se percibe como un privilegio, conviene hacerse esa pregunta: ¿Qué es el trabajo para mí?
Porque si somos capaces de responder adecuadamente, quizá también seamos capaces de encontrar en él algo más que una obligación, un modo de ganar dinero o de ascender, algo más que una pesada carga de la que quejarse o que soportar porque no queda más remedio. El enfoque es radicalmente diferente si nuestra actividad laboral es un mero trabajo, si se entiende como una carrera o si se percibe como una vocación. Lo explicaré.
Un trabajo sirve para cobrar un sueldo a fin de mes. No se espera de él otro tipo de compensación que el de un simple medio que permita cubrir los fines del mantenimiento o del ocio personal o familiar. Cuando se deja de percibir una remuneración, el trabajo es abandonado.
Una carrera supone una inversión personal más profunda. Permite conseguir metas a través de la retribución económica, pero también mediante ascensos, cada uno de los cuales aporta más satisfacción, prestigio o poder, además del aumento de sueldo. Cuando se logra llegar a lo más alto, el ‘corredor’ se queda sin destino, y o bien se aliena o debe buscar en otro sitio gratificación y sentido a su actividad laboral.
La vocación, por el contrario, es un compromiso apasionado por el trabajo en sí mismo. Las personas con vocación están persuadidas de que con su trabajo hacen cosas que valen la pena porque contribuyen al bien general o a algo que trasciende al individuo: el trabajo resulta así satisfactorio por derecho propio, independientemente del dinero o los ascensos que se puedan conseguir.
¿Qué sentido tiene para usted su actividad laboral? Cualquier trabajo puede convertirse en una vocación y cualquier vocación en un simple trabajo. Un médico que considere su tarea como un simple trabajo y que solo le interese ganar un buen sueldo no tiene vocación, mientras que un basurero que considere que su trabajo consiste en hacer de su ciudad un lugar más limpio y saludable podría tener una vocación gratificante.
Dotar al trabajo de sentido ayuda a trabajar mejor: a poner orden, atención y perseverancia. A cuidar los detalles, a no conformarse con las chapuzas, a esforzarse por lograr un alto índice de calidad, lo que supone un grado de errores tendiente a cero. Es más fácil ser creativo en el trabajo cuando éste se ha convertido en una vocación. Es más fácil ser colaborativo, trabajar en equipo y desempeñar el trabajo con honradez cuando, entretejida en la rutinaria tarea laboral, se logran descubrir cosas grandes que realmente valen la pena.
Si nuestro trabajo es un servicio orientado a que la vida de los demás sea más agradable, resulta más fácil sonreír a pesar de la crisis. De hecho, creo que el mejor modo de ayudar a todos en los momentos de dificultad, la mejor aportación para salir de la crisis, es entender el propio trabajo como una vocación de servicio. Y es en ese momento cuando aparece una maravillosa paradoja: la felicidad personal aumenta al sentirse uno más útil, más plenamente realizado, más satisfecho consigo mismo en el desempeño de una tarea bien hecha, significativa y valiosa. O sea, colgar unas simples fotos en la pared del paciente lejos de ser un gesto bobalicón se convierte en una acción cargada de valor y significado: decisiva.
No me dijo que su trabajo fuera traer bandejas, cambiar goteros, vigilar la medicación o vaciar cuñas, como me podrán haber respondido muchos de sus compañeros. Para aquella enfermera –nunca supe su nombre, pero nunca se me olvidó su lección– su trabajo consistía en velar por la salud de los enfermos y hacerles agradable su vida. Quizá tuviera un trabajo como muchos otros pero lo cierto es que había sabido convertido en una actividad trascendente, con sentido que, sin duda no solo hacía a muchos pacientes más llevadera su situación sino que la estimulaba a ella misma por dentro cada jornada. La enfermera tenía un trabajo, sí, pero sobre todo tenía una vocación.
¿Qué significado le da una persona a su trabajo en el conjunto de su vida? En unos momentos difíciles, en los que para la mayoría no es previsible un aumento de sueldo sino más bien menos retribución a cambio de más trabajo, en unos tiempos de crisis en los que tener trabajo se percibe como un privilegio, conviene hacerse esa pregunta: ¿Qué es el trabajo para mí?
Porque si somos capaces de responder adecuadamente, quizá también seamos capaces de encontrar en él algo más que una obligación, un modo de ganar dinero o de ascender, algo más que una pesada carga de la que quejarse o que soportar porque no queda más remedio. El enfoque es radicalmente diferente si nuestra actividad laboral es un mero trabajo, si se entiende como una carrera o si se percibe como una vocación. Lo explicaré.
Un trabajo sirve para cobrar un sueldo a fin de mes. No se espera de él otro tipo de compensación que el de un simple medio que permita cubrir los fines del mantenimiento o del ocio personal o familiar. Cuando se deja de percibir una remuneración, el trabajo es abandonado.
Una carrera supone una inversión personal más profunda. Permite conseguir metas a través de la retribución económica, pero también mediante ascensos, cada uno de los cuales aporta más satisfacción, prestigio o poder, además del aumento de sueldo. Cuando se logra llegar a lo más alto, el ‘corredor’ se queda sin destino, y o bien se aliena o debe buscar en otro sitio gratificación y sentido a su actividad laboral.
La vocación, por el contrario, es un compromiso apasionado por el trabajo en sí mismo. Las personas con vocación están persuadidas de que con su trabajo hacen cosas que valen la pena porque contribuyen al bien general o a algo que trasciende al individuo: el trabajo resulta así satisfactorio por derecho propio, independientemente del dinero o los ascensos que se puedan conseguir.
¿Qué sentido tiene para usted su actividad laboral? Cualquier trabajo puede convertirse en una vocación y cualquier vocación en un simple trabajo. Un médico que considere su tarea como un simple trabajo y que solo le interese ganar un buen sueldo no tiene vocación, mientras que un basurero que considere que su trabajo consiste en hacer de su ciudad un lugar más limpio y saludable podría tener una vocación gratificante.
Dotar al trabajo de sentido ayuda a trabajar mejor: a poner orden, atención y perseverancia. A cuidar los detalles, a no conformarse con las chapuzas, a esforzarse por lograr un alto índice de calidad, lo que supone un grado de errores tendiente a cero. Es más fácil ser creativo en el trabajo cuando éste se ha convertido en una vocación. Es más fácil ser colaborativo, trabajar en equipo y desempeñar el trabajo con honradez cuando, entretejida en la rutinaria tarea laboral, se logran descubrir cosas grandes que realmente valen la pena.
Si nuestro trabajo es un servicio orientado a que la vida de los demás sea más agradable, resulta más fácil sonreír a pesar de la crisis. De hecho, creo que el mejor modo de ayudar a todos en los momentos de dificultad, la mejor aportación para salir de la crisis, es entender el propio trabajo como una vocación de servicio. Y es en ese momento cuando aparece una maravillosa paradoja: la felicidad personal aumenta al sentirse uno más útil, más plenamente realizado, más satisfecho consigo mismo en el desempeño de una tarea bien hecha, significativa y valiosa. O sea, colgar unas simples fotos en la pared del paciente lejos de ser un gesto bobalicón se convierte en una acción cargada de valor y significado: decisiva.





















