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Opinión | El arca
Martes, 30 de Junio de 2015
ALBERTO CASTILLO

Los niños del hambre

“Yo, como siempre, voy con mis papas. ¿Tu vienes?” Esta es la frase que una preciosa niña modelo, de apenas seis años, dice mirando a una cámara como cierre del spot publicitario de un parque temático de atracciones convertido en ciudad de vacaciones. Después de ofrecernos en apenas treinta segundos las excelencias del lugar y sobre todo la diversión infantil, la niña aparece en pantalla invitando a todos los niños a vivir como ella la experiencia del verano en ese lugar de ensueño.


Como todas las campañas publicitarias que se precien, el spot de esta ciudad de vacaciones sale en repetidas [Img #36279]ocasiones durante la programación y a cualquier hora del día o la noche se cuela por la pantalla del televisor. Es lo normal. Pero cuando lo veo no puedo evitar acordarme de miles, cientos de miles, de niños de España que este verano no solo no van a ir a una ciudad de vacaciones sino que van a tener serios problemas para poder hacer las tres comidas, que por su edad son obligatorias. Niños sin posibilidad de un desayuno, comida o cena en condiciones. Niños que si comen, no cenan. Si cenan no comen o que tan siquiera tienen un vaso de leche para comenzar la jornada. Pobres niños tristes.


Son las inocentes víctimas de un sistema que los ha arrojado a las cloacas de la sociedad. Familias desestructuradas. Ausencia de ingresos, ayudas o subvenciones. Desahuciados de cualquier atisbo de comodidad u olvidados fantasmas que caminan a nuestro lado sin que apenas percibamos su presencia. Niños del hambre. Niños de la pobreza extrema. Criaturas que este tórrido verano que estamos viviendo se verán privados de lo más necesario para su desarrollo y crecimiento porque los comedores escolares han cerrado. No. Rotundamente no. Estos niños no irán a ninguna ciudad de vacaciones. Ni saben lo que es. Con suerte, la parroquia, Cáritas o cualquier otra ONG les llevará algún día, si pueden hacerlo, a que se bañen en el mar o la piscina. Y eso, como he dicho, si pueden,  porque bastante tienen ya con buscar alimentos para poder ayudar a estos niños y que sus familias, tras formar largas colas, tengan acceso a un kilo de legumbres, algún paquete de galletas o una botella de zumo. Si no fuera por Cáritas, Jesús Abandonado, Cruz Roja, Cofradías pasionarias y algún otro grupo la hambruna tendría peores consecuencias entre la población infantil. Esta y no otra es la cruda realidad de un país donde la necesidad infantil se ha colocado en alarmantes cifras bajo el umbral de la pobreza.


Viendo esta situación recuerdo con cierta tristeza aquellos años de mi lejana infancia cuando pasaba de la mano de mi abuela, a la vuelta del colegio de los Maristas, por el comedor de Auxilio Social. Aquellos babis de rayas. Las cabezas rapadas para no contagiar piojos y la infinita tristeza en sus rostros. ¿Por qué no tienen casa abuela? ¿Por qué tienen que venir a comer aquí? “La guerra hijo, la guerra, pero tú eres muy pequeño todavía” Eso me contestaba mi abuela, la pobre, cuando precisamente estábamos ya a las puertas de los setenta. No estoy hablando de los años cuarenta o cincuenta en los que yo no había nacido siquiera. Estoy hablando de finales de los sesenta cuando todavía aquella estampa del hambre y la miseria se colaban en el día a día. Aquella bendita mujer que fue mi abuela siempre tenía la misma salida a mis preguntas infantiles: la guerra hijo, la guerra.


Hoy gracias a Dios, la guerra, su recuerdo y consecuencias, quedan muy lejos. Tanto que ha quedado guardada en los libros de historia y poco más. Sin embargo, los niños siguen siendo víctimas inocentes como lo fueron aquellos otros de mi infancia. Las mismas caras. La misma tristeza. Las mismas necesidades y carencias. La misma miseria. Poco hemos cambiado en ese aspecto.


Los bancos de alimentos se multiplican. Las donaciones existen y cada vez parece que van aumentando o estamos más concienciados de lo que la sociedad demanda. Pero, pese a todo, será un verano triste para cientos de miles de niños. No sé lo que pensaran o lo que pasará por sus cabecitas cuando vean en el televisor esos paraísos donde otros niños como ellos disfrutan de sol y mar. Campo o montaña. Desconozco qué dirán sus padres cuando les pregunten, como niños que son, cuándo van a ir a la playa. O quien sabe a lo mejor, pese a su corta edad, saben que eso no será posible porque no hay dinero en casa y si comen es gracias a los demás. Sí, los niños, son niños pero no son tontos y se dan cuenta perfectamente de lo que ocurre a su alrededor y más si, como ahora, no tienen colegio y están todo el día en casa. Que ese es el otro problema añadido. Cuando están en el colegio, aparte de poder comer, aprenden, se distraen y se relacionan con otros niños. Todo se puede olvidar. Pero ahora, en vacaciones, son muchas las horas del día, días muy largos por cierto estos de verano, para no tener nada que hacer y aterrizar de lleno en una realidad que les tiene condenados al olvido.   


La sociedad, nuestros representantes políticos nombrados y elegidos para que trabajen por todos nosotros, tienen la prioritaria obligación de sacar adelante a estos niños ‘del hambre’. Y esto no es cuestión de “partidos políticos” sino de personas. No creo que haya que hacer campañas populistas para eso sino acciones concretas. Ponerse manos a la obra y que, por lo menos la comida, llegue en condiciones a todos los niños que pasan hambre en nuestro país, comunidad y ciudad. No dejemos solos a sacerdotes, parroquias, ONGs o colectivos ciudadanos que trabajan y se sacrifican por la infancia. Eso es un diminuto grano de arena, necesario sí, pero diminuto en medio del desierto del terrible problema que la sociedad tiene en este siglo veintiuno.

 

Abrir los comedores escolares. Buscar, acondicionar y disponer instalaciones públicas para que sean lugar de encuentro donde, los niños, puedan reunirse estos días de la canícula estival y programarles actividades. ¿Las piscinas no son municipales? Pues vamos a  distribuir vales entre la población más necesitada para que, al menos, un día a la semana y cerca de su casa puedan pasar una jornada disfrutando de sol y agua como otros miles de niños. No, no creo, sinceramente, que sea problema que tenga una solución difícil e incluso cuantiosa. ¿Cuánto le puede costar a un ayuntamiento o junta vecinal de una pedanía distribuir vales gratuitos para la piscina más próxima? ¿Cuánto puede costar contratar uno, tres o treinta monitores los meses de julio y agosto para realizar actividades con los niños desheredados de la sociedad? ¿Y la comida?


Esto no es una inversión. Es una necesidad perentoria y sobre todo una deuda que tenemos, todos, como sociedad que somos y de la que formamos parte. No podemos mirar para otro lado o pensar que el problema no existe. Y no me vengan con demagogias, por favor. Ni mucho menos politizando el asunto. En esto, todos, somos culpables. Y, repito, es cuestión de actitudes personales de nuestros gobernantes y no de siglas de un determinado partido político.

 

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