18 años sin Miguel Ángel Blanco. Perdonar, sí; olvidar, nunca
Hoy se cumplen 18 años del cruel y vil asesinato del joven Miguel Ángel Blanco. Más que asesinato, fusilamiento. Un joven de apenas treinta años, economista, que se había afiliado al Partido Popular dos años antes, y cuyo único delito era ser concejal de su pueblo representando a su partido y trabajando por sus vecinos. Por cierto, que el joven Blanco, hasta que no le salió el trabajo de economista, carrera que había estudiado, estuvo trabajando de albañil con su padre. Humilde familia de Orense que, precisamente por motivos de trabajo, se habían trasladado al País Vasco.
El 10 de julio de 1997, el mismo día de su secuestro, una llamada en nombre de ETA, efectuada como era habitual al diario Egin, exigía al Gobierno de José María Aznar el acercamiento de los presos etarras al País Vasco como condición indispensable para su liberación, dando 48 horas como ultimátum. Si el Ejecutivo no cedía
al chantaje de los asesinos, Blanco sería ejecutado. Para decir verdad, yo el primero, nadie pensaba que aquellos desalmados pudieran cumplir su palabra y pensábamos, ilusos, que era otra de sus bravatas y que no irían a mayores. Aun así España entera se movilizó con vigilias y oraciones, manifestaciones y concentraciones pidiendo la libertad del joven concejal. Aquellas noches se llenaron con la luz de miles de velas encendidas por todo el país.
Hay fechas en el calendario que no están marcadas por color alguno, pero que sin embargo se han quedado y permanecen grabadas a fuego en los recuerdos de miles de personas. ¿Cómo te enteraste de la muerte de Franco? ¿Qué hiciste ese día? Esto suele ser tema de conversación, a veces, entre los que éramos adolescentes en aquellas fechas. ¿Dónde estabas el 23-F? ¿Cómo viviste el Golpe de Estado? Otra de las frecuentes preguntas y temas de conversación cuando se acercan las fechas o sale por algún motivo el comentario. ¿Dónde estabas la noche que ganó el PSOE por mayoría absoluta cuando Felipe y Guerra salieron a la ventana del Palace? Otra de las típicas. ¿Cómo te enteraste de las bombas de Atocha? A todas estas, fechas que han marcado la moderna historia de España, se une sin remedio la del asesinato del joven concejal de Ermua. Aquellos días de julio, en pleno periodo vacacional y con los rigores de la canícula, ese cobarde ‘tiro de gracia’ marcó a todos los españoles de bien y aun hoy, dieciocho años después, no lo hemos olvidado.
El día 12 de julio, sábado a las 16:50, cincuenta minutos después de que concluyera el ultimátum, Miguel Ángel recibió dos disparos en la cabeza en las cercanías de la localidad guipuzcoana de Lasarte-Oria, que le dejaron herido de muerte. Los disparos no lograron acabar con la vida del edil al instante. Fue trasladado al hospital de San Sebastián en estado crítico y falleció a las 4:30 de la madrugada del domingo 13 de julio. Con su muerte se escribía en letras de luto y desesperación una de las páginas más tristes de cuantas hemos vivido en los últimos años. Un joven concejal aparecía herido de muerte, en mitad de la nada, con dos tiros en la nuca, la cabeza destrozada y condenado a muerte por trabajar por Ermua defendiendo unas siglas políticas a las que se había afiliado tan solo dos años antes.
Recuerdo aquellos días de una forma muy especial. La zozobra, los nervios, la incertidumbre. Pendientes a todas horas de la radio, bendita radio que siempre ha estado y estará con nosotros, los informativos de televisión y las portadas de los periódicos. En fin España entera estaba pendiente de aquel ultimátum.
Yo recuerdo aquel sábado y cómo vivimos la noticia un grupo de personas, que no nos conocíamos de nada y que nos sorprendió en las cálidas arenas de Santiago de la Ribera, en Murcia, en esas horas de la siesta. En la playa de Barnuevo, como todas las tardes del fin de semana que iba a La Ribera, me bajaba de casa a leer a esas horas tranquilas de la tarde cuando había escasas personas a orillas del mar y el silencio se hace cómplice para que la lectura te llene mucho más. Pendientes de las noticias llevaba mi aparato de radio diminuto en el bolsillo del bañador y los auriculares puestos. Estaban muy lejos el Smarphone, el Ipod y ni siquiera sabíamos qué era el MP3. La radio. Siempre la radio. Pues bien, a las cinco de la tarde, la noticia corrió como la pólvora por los teletipos y la realidad, cruel realidad, se impuso a nuestros deseos de libertad para el joven secuestrado. Entonces ocurrió. No me pregunten cómo ni por qué, pero ocurrió. Estábamos allí unas cincuenta personas o menos quizá. Unos salieron del mar, otros dejaron sus sombrillas y hamacas. Todos nos levantamos y sin saber cómo nos vimos, en bañador, mojados, descalzos y cogidos de las manos formando un hermosísimo círculo sobre la arena rezando un Padrenuestro. Nadie encabezó aquella oración. Ninguno la inició pero todos unidos en el dolor y por el dolor, nos dirigimos al Padre, Dios del Amor y la Paz, para que librara de la certera muerte al joven Miguel Ángel Blanco. Dieciocho años después no olvido aquella tarde. Como aquellas personas, que no nos conocíamos de nada, reaccionamos a la misma vez y cogidos de las manos, en plena siesta, fuimos capaces de unir nuestros sentimientos y rezar por la vida de aquel inocente. Les confieso que ha sido la oración más triste que he rezado nunca pero a la vez la más hermosa. Nunca lo olvidaré.
El asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso una importante movilización general en contra de ETA. Tras su muerte se utilizó el término ‘Espíritu de Ermua’ y se creó el 18 de diciembre de 1997 la Fundación Miguel Ángel Blanco. Su secuestro y asesinato provocaron un sentimiento social de rechazo hacia ETA en todos los sectores de la ciudadanía. Impresionantes las imágenes que custodian hemerotecas y filmotecas de una España movilizada a lo largo y ancho del mapa rechazando este cobarde asesinato que, en realidad, fue un ajusticiamiento en toda regla. El 30 de junio de 2006 se juzgó a los responsables, Francisco Javier García Gaztelu (alias Txapote) y su pareja Irantzu Gallastegui (alias Amaia) y se los condenó a 50 años de prisión, por el secuestro y asesinato del concejal. Hoy no sé dónde se encuentran estos asesinos. Ni me importa ni me interesa.
Sin embargo el cuerpo de aquel joven cuya vida segaron impunemente y tras el décimo aniversario de su muerte, sus familiares, trasladaron su cuerpo desde el nicho del cementerio de Ermua al de la localidad orensana de La Merca, donde actualmente descansa en su tumba. Dios, ese Dios del Amor y la Paz, seguro que le tiene a su lado y le ha hecho gozar de la vida que aquí, en este mundo, los asesinos le quitaron una trágica tarde del sábado 12 de julio de 1997 en la vaguada del barrio de Azobaka en Lasarte.
Soy cristiano y nunca he ocultado ni negado mis creencias y mi fe. Como tal el perdón es un mandamiento del que Jesús con su vida nos dio ejemplo y, desde la Cruz, torturado y antes de expirar, pronunció aquella frase que taladró la historia: “Pater dimitte illes”… Padre perdónalos porque no saben lo que hacen.
Descanse en paz, dieciocho años después, aquel joven economista, concejal de su pueblo, cuyo único crimen fue ser una persona comprometida con sus vecinos, pertenecer al Partido Popular y trabajar de albañil con su padre hasta que pudo ejercer su carrera. Yo, Señor, perdono pero no olvido.





















