Cambiar el nombre a las calles
En los años ochenta, recién llegado a Andalucía, me tocó vivir un suceso digno de la España profunda. De antología del disparate. En un pueblo, cuyo nombre no voy a decir, un alcalde mandó derribar a golpe de maza el escudo heráldico de la fachada del Ayuntamiento porque, dicho escudo, era de ‘Franco’. No atendió a explicaciones o razones. Por mucho que le decían ordenó su derribo. Es más, para que el pueblo no se enterara, ni pasara a mayores contra él, ordenó la destrucción heráldica por la noche mientras todos dormían. Cuando ya el
daño fue irreparable se dieron cuenta que el dichoso escudo era de finales del siglo XV, de la época de los Reyes Católicos. Aquel ‘ilustrado’ alcalde del pueblo había confundido el yugo y las flechas de Isabel y Fernando con el escudo de la Falange.
Les cuento todo esto pues hoy de nuevo surge el tema de los símbolos franquistas, los monumentos, nombres de calles y el derribo de todo aquello que huela a los largos cuarenta años de gobierno de ese señor que está enterrado en el Valle de los Caídos. Estos días, cuando se cumplen los 79 años de aquel cruento golpe de Estado, la polémica surge precisamente desde el ayuntamiento de Madrid, donde su excelentísima señora alcaldesa ha abierto una comisión, específica, encargada de quitar del callejero de la Villa y Corte cualquier nombre relacionado con el régimen del general. Hasta ahí, desconocido lector, lo veo bien si quiere quitar las placas de personas que estuvieron implicadas en aquellos sangrientos sucesos. No hay porque recordarlas ni mucho menos honrarlas. Pero ojo con los nombres.
Mi sorpresa salta cuando, por curiosidad, repaso la larga lista a quitar -puede hacerlo usted mismo gracias a internet-, y me salen tres concretamente que, la Señora Carmena tacha de “irredentos franquistas” vinculados al Régimen y por tanto señalados para perder sus placas de las calles madrileñas. Se trata de Santiago Bernabéu, Salvador Dalí y Manuel Rodríguez ‘Manolete’. Como podrán comprobar ustedes se trata de tres peligrosos pistoleros y asesinos a las órdenes de los generales que se dedicaron a fusilar ‘rojos’ en las tapias de cementerios madrileños. ¡Dios bendito cuánta estupidez!
Empecemos por el pintor catalán y la primera época de la Residencia de Estudiantes de Madrid. En los inicios coincidieron en aquel lugar y se hicieron amigos tres importantes figuras de la cultura española del siglo XX: el cineasta Luis Buñuel, el poeta Federico García Lorca y el pintor Salvador Dalí. Tres grandes golpistas desde luego. A este grupo de amigos hay que añadir los nombres del ingeniero José Bello, ‘Pepín Bello’, el más longevo habitante de la institución y creador de muchas ideas que más tarde se atribuyeron a otros, del compositor Salvador Bacarisse y de José Moreno Villa. Otro asiduo a las reuniones que el grupo realizaba en la Residencia fue Rafael Alberti, que dedicó algunas páginas de su autobiografía ‘La arboleda perdida’ a narrar sus vivencias en dicho lugar. El poeta Jorge Guillén fue residente en esta primera época y Juan Ramón Jiménez uno de sus más asiduos invitados. También el científico Severo Ochoa fue residente y otros muchos miembros de la intelectualidad de aquellos años: Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, Alfonso Reyes Ochoa, Manuel de Falla, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Blas Cabrera, Eugenio d'Ors, Manuel Altolaguirre… con los que, lógicamente, se relacionaba Dalí. Peligroso franquista a los ojos de doña Carmena. Tan ‘facha’ era el pintor catalán que, el Régimen, propició su imagen de locura pues no había manera de atarlo corto pero reconocieron, siempre, que era imposible hacer nada contra su figura. Mejor llamarlo y dejarlo por loco, no hacerle caso que llevarlo por su fama, a la Dirección General de Seguridad. Hoy, Dalí, está considerado como uno de los mayores genios de la pintura universal.
Santiago Bernabéu. Este vecino de Almansa que llegó a Madrid con alpargatas huyendo del hambre, fue futbolista, entrenador y presidente del Real Madrid. Bernabéu ha sido el mandatario que más temporadas ha estado al frente del equipo madrileño al presidirlo durante 35 años hasta su muerte. Durante ese periodo el club ganó dieciséis ligas españolas, seis copas de España y seis copas de Europa, consolidándose como una de las potencias del fútbol europeo. También destacó la trayectoria del equipo de baloncesto, dirigido por Raimundo Saporta, con 19 ligas nacionales y 6 Copas de Europa. Además, bajo su mandato también se construyeron el Estadio Santiago Bernabéu en los años cuarenta y la Ciudad Deportiva. Sus destacadas labores en favor del fútbol mientras ocupaba la junta directiva del Real Madrid le valieron para recibir en la temporada 1934-35 (Con la República) la distinción de la Medalla al Mérito del Fútbol otorgada por la Federación Regional Centro predecesora de la actual Real Federación de Fútbol. O sea que, la República, premió su desvelo y entrega al deporte y a Madrid, pero Carmena le considera ‘franquista y facha’.
Vamos con el tercero. La de secretos que se llevó a la tumba ‘El Pipo’. Apoderado, mentor, hombre de confianza y casi un padre para Manuel Rodríguez ‘Manolete’. Ese juguete roto en manos, precisamente, del franquismo. Manolete fue “creado como un mito” El hijo amantísimo, cristiano, sacrificado, entregado por entero a su santa madre, doña Angustias, y ejemplo de aquella España que se levantaba de sus propias cenizas. Pero claro, Manolete, era un hombre de los pies a la cabeza y se enamoró perdidamente de Lupe Sino. Artista de cine, divorciada y de vida alegre como se decía entonces. Aquello, el Régimen, no lo podía tolerar. Fue perseguido. Su amor y relación prohibida y censurada. La ‘Social’ visitaba los hoteles a los que llegaba el diestro con su cuadrilla para que la ‘novia’ no pudiera acercarse a él ni mucho menos subir a su habitación. Manolete estaba hasta las narices de la policía a la que, por cierto, el Pipo llegó a ‘invitar’ más de una vez y les dio para comprar un regalito a sus señoras cuando, el maestro de Córdoba, harto de todos se empecinaba en tener intimidad con la escultural actriz. Es más, en una ocasión, fueron censuradas unas fotos que alguien hizo, un día de campo, donde ambos se veían radiantes y enamorados. La razón fue que, la ropa que vestía Lupe estaba demasiado ceñida y acentuaba su ‘sensualidad’. Hasta tal punto llegó la persecución que, a aquella mujer enamorada, se le impidió despedirse del torero en su lecho de muerte. Ni la madre, ni el sacerdote que le atendía, médicos y policías dejaron que Lupe Sino diera un beso en la frente de quien estaba a las puertas de la muerte. Ni tan siquiera, después de morir, le dejaron entrar al velatorio. Tuvo que llorar a su gran amor a solas y muy lejos del hospital donde expiró Manolete. Podría contar muchas más cosas del gran “Califa de los ruedos” hasta el extremo que, para hacerle daño, se propició ensalzar al joven Luis Miguel Dominguín y que el público dejara de seguirle como hasta entonces habían hecho. Eso, entre otras muchas cosas, propiciaron ese gesto adusto, triste y doloroso de Manolete en sus últimos años y la promesa que hizo, al Pipo, que la de Linares era su última corrida. Y vaya si lo fue. Manuel Rodríguez “Manolete” fue un juguete roto en manos del Régimen al no prestarse a seguir con la imagen estereotipada de ‘hijo modelo’.
Estos son, en síntesis, los ‘pecados cometidos’ por estos tres grandes hombres que hoy, doña Carmena que estas en Cibeles, pretende borrar de un plumazo del callejero del viejo y eterno Madrid. Desde luego los quitará si quiere que para eso es la alcaldesa con plenos poderes, así lo ha querido el pueblo de Madrid, pero de la historia jamás podrá borrar estas tres grandes figuras y lo que en su día representaron para esta España nuestra.
Me hace mucha gracia cuando escucho, a esa izquierda radical y revanchista que representa Carmena y sus mariachis, acusar a la derecha de no haber olvidado la guerra civil. Ahora cuando se cumplen setenta y nueve años de aquella triste página en la historia de nuestro país me doy cuenta que, esa izquierda, en lugar de olvidar es mucho más revanchista todavía.
Tan grave es, para mí, cuando Millán Astray gritó “muera la cultura y viva la muerte” en la Universidad de Salamanca ante don Miguel de Unamuno que hoy, cuando Carmena quiere quitar del callejero madrileño los nombres de Santiago Bernabéu, Salvador Dalí y Manuel Rodríguez ‘Manolete’ por franquistas.





















