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Opinión |
Jueves, 19 de Enero de 2012

Ay, la herencia

Mariano Rajoy sabe lo que tiene que hacer y lo va a hacer. Es tal su conocimiento del recetario imprescindible para sacarnos de un atolladero con 5,4 millones de parados, según avanzó en el último sarao organizado por el PP en Málaga, que no admite, asegura, ni los castigos de las agencias de rating ni los posicionamientos sindicales ni las movilizaciones sociales ni los consejos de las instituciones financieras y políticas europeas para llevar a buen puerto su titánica tarea.

Claro que también sabía a pie juntillas lo que había que hacer en la fase previa a los comicios generales del 20-N que le auparon a la Presidencia del Gobierno en brazos de la mayoría absoluta y, sin llegar a posar el cepillo de dientes en el vaso del cuarto de baño del palacio de la Moncloa, puso en marcha justo lo contrario: subir los impuestos para solaz de Alfredo Pérez Rubalcaba y Carmen Chacón y para desesperación de Carmen Lomana y de otros votantes populares que han visto en la camaleónica transformación de su líder una flagrante traición a las promesas programáticas y a los principios ideológicos.

El jefe del Ejecutivo, y detrás de él todos sus ministros, aduce, casi siempre por persona interpuesta, que ni de lejos podía sospechar lo que ocultaban las alfombras del Gobierno socialista. De ahí que se haya visto en la dolorosa obligación de tener que renunciar a los postulados que esgrimió generosamente durante la larguísima campaña electoral enmendándose a sí mismo. En resumidas cuentas, Rajoy releyó el socorrido apartado de la herencia recibida que figura en el Manual del Sucesor. Hizo lo propio la todopoderosa Dolores de Cospedal cuando arribó al Olimpo de Castilla-La Mancha y en esa misma tesitura está el candidato de la gaviota para las autonómicas andaluzas. El incombustible repetidor Javier Arenas ha ido un poco más allá y sin siquiera esperar a pasar el aspirador por las moquetas de los despachos que, al parecer, ocupará en unos meses, ya adelanta que está todo hecho un asco, con ácaros campando por sus respetos allá donde mires y con gruesas pelusas de polvo en los rincones que le obligarán a pergeñar un severo plan tan indeseado como necesario. Es decir, pone la venda antes de que se produzca la herida. Gangrenada, por supuesto.

Lo malo de esta estrategia, que siempre suele llevar aparejado el compromiso de no mirar atrás, es que no sirve lo mismo para un roto que para un descosido. En el caso de Castilla-La Mancha, de Andalucía o de Cataluña puede tener un pase habida cuenta que se ha producido un relevo de signo contrario. Pero, ¿qué ocurre cuando sus cultivadores se dan de bruces con comunidades como la valenciana, donde la gestión a lo largo de los lustros ha venido sin interrupción de la mano de las mismas siglas? ¿Qué sucede cuando el legado fue firmado ante notario por políticos consanguíneos que se esforzaron en convertir la autonomía en un desbarajuste contable y en una ruina social gracias a proyectos megalómanos, corruptelas de la más variada índole y reparto de beneficios a troche y moche?

Entonces se corre un tupido velo, se fija un cordón sanitario y se saca del orden del día la teoría de la herencia recibida. Ay, la herencia.
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