Exacto, Pablo Iglesias
Tengo una conocida que, antes de la irrupción de Podemos, me dijo una vez que uno no puede poner sus asuntos en manos de hombres que lucen coleta porque éstos demuestran haber llevado sus malas decisiones hasta el final. Un hombre con coleta es incapaz de gestionar sus propios asuntos. Incluso gestiona mal el asalto al Cielo que nos prometieron, quedándose en una nube situada muy por debajo. Es un hombre, en definitiva, que en la más reciente foto de prensa en la que sale de espaldas abrazando a la excelentísima alcaldesa de Barcelona Ada Colau, es indistinguible del esqueleto moñudo de la madre de Norman en la tercera parte de 'Psicosis'. Parece que Iglesias hubiese atrapado a la edil por la gruesa testuz, encaramándose desde su polvorienta mecedora.
Ahora la cabeza visible (no sólo visible sino caudalosa) de Podemos, Pablo Iglesias, llora porque su discurso del odio, como todas los estados transitorios de enajenación mental, tiene un recorrido intenso pero finalmente cansino. Reconoce que en su formación –aunque hablar de formación tratándose de Podemos es un permisivismo exagerado incluso para estos tiempos- han dejado de emocionar y han perdido “capacidad narrativa, de contar historias”. De contar historias, exacto.
Luego nos estaban contando historias, algunas de mérito, llenas de suspense. En las últimas dos o tres elecciones los de Podemos andaban haciendo exactamente lo que ya sabíamos: no radiografiando la cruda situación de un país realmente existente y unas gentes con problemas mensurables, sino narrándonos obras de ficción y consejas de viejas a la luz de la lumbre, para que Caperucita Roja no se salga del sendero que la lleva a votar contra el Sistema. Es de celebrar la exposición universal del cinismo que muestra con tanta desenvoltura Pablo Iglesias. Lo que acaba de tomar por asalto no es el Cielo, sino la credulidad de su incauto rebaño, tan feamente expuesta en sus lamentos y misereres. Este es el respeto por los votantes. Por supuesto, el que los votantes se han trabajado.
Debemos, por demás, a Pablo Iglesias la definición más precisa de la moderna política por televisión y de su intrínseco embrutecimiento antidemocrático que yo haya leído jamás: «Cuando preparas un debate en televisión, hay algo que siempre tienes que recordar: la gente no se acuerda de lo que has dicho, sino de lo que les has hecho sentir". No se acuerda de lo que has dicho, dice. Porque a la gente no le importa lo que has dicho, ni lo que dice nadie. Pero vota lo que no ha escuchado. Es el nivel actual del país. Exacto, exacto.





















