Rajoy, cada día más joven
Hace unos lustros me tiré una tarde noche de cañas con un Mariano Rajoy entrañable y bastante más viejo que el de ahora, en un bar de pueblo de la España profunda. Acababa de perder inesperadamente las elecciones y eso le había echado treinta años encima en una sola noche, como a María Antonieta se le emblanqueció el pelo de verdad bajo la blanca peluca cuando le comunicaron que la guillotinaban al amanecer.
Mariano y yo no jugamos al dominó porque desde los años setenta el patrón de la derecha, Fraga, había jugado ya por varias generaciones de españoles. Era el tiempo en que se hacían encuestas sobre con quién se iría la gente de cañas. La gente respondía mayoritariamente que con Rodríguez Zapatero. Por la gracia natural del leonés. Mariano no aparecía como “partenaire” favorito para salir de copas hasta un puesto después del último hombre vivo sobre la Tierra. Sabedores de la opinión del país, Mariano y yo nos tuvimos que ir a aquel pueblo, fuera de los circuitos habituales, para que nadie nos viera. De vez en cuando alguien gritaba en el bar “¡Presidente, presidente!”. Pero Rajoy no se volvía, sabiendo que se lo decían a otro. Porque, a la vez, ya era demasiado temprano y demasiado tarde para todo.
Yo tenía por entonces la sensación insidiosa (“insidiosa”, la segunda palabra que más le pega a la boca de Rajoy, tras la de “colosal”) de que el entonces líder de la oposición y yo pertenecíamos a un tiempo que ya se había marchado irremediablemente. O no tan irremediablemente, como vio luego. Los jubilados habituales del local no prestaban gran atención a aquel Rajoy con su camisa a rayas arremangada resueltamente hasta la muñeca porque parecía que venía a jubilarse por todos.
Pero, desde entonces, Rajoy ha rejuvenecido a ojos vista. Se le fueron cayendo de la cara aquellos largos mechones blancos que le hacían parecer el patriarca de la galaxia y su sastre fue despedido. He comprobado, estos años, cómo Rajoy iba descendiendo en edad hasta superar su imagen más anciana de todas, aquel que, casi adolescente, acababa de salir de las oposiciones como si saliera de un criadero de mejillones, con el rostro cubierto de maleza. El otro día lo vi en un debate de la tele con el socialista Pedro Sánchez, quien pasó todo el debate masticándose las muelas y buscando con los ojos un lugar discreto donde escupirlas. Por su parte, Mariano parecía el hijo de aquel hombre muy mayor que yo había conocido. Era la primera vez que alguien lo ha notado fuera de sí, tras sentirse insultado en lo más profundo, y eso es síntoma de juventud. La indiferencia que dan los años ha desaparecido.
Y no digamos lo del puñetazo en Pontevedra, que habría noqueado a cualquiera que no tuviera la “piel dura”, que es la que veía el cineasta Truffaut en los niños. “Me encuentro estupendamente”, dijo Mariano, tras el “uppercut”. El Rajoy que yo conocí se habría desintegrado en partículas. Un proceso vital y político extraño, el suyo. Y hay todavía quien cree que es un hombre aburrido.






















