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Opinión |
Lunes, 18 de Enero de 2016

El lunes triste

En el año 2005, a un avispado comercial británico de una agencia de comunicación se le ocurrió vender la idea de que había localizado el día más triste del año, se supone que como excusa para celebrarlo mundialmente. Naturalmente, tenía que caer, siguiendo el tópico, en lunes. Y no en domingo, cuando se sabe que todos los lunes del año reunidos no tienen la potencia desoladora y premonitoria de un único domingo (el enemigo de la Humanidad es el domingo: por alguna cosa la canción que trae leyenda urbana de concitar más suicidios de la Historia es una húngara llamada 'szomorú vasárnap', 'domingo siniestro', que presuntamente no podía ser escuchada en su version original sin arrojarse por la ventana).  Pero no, el día más triste del año fue trasladado a un administrativo lunes. Eso se debió a que la idea, para el gran público la considerase creíble, tenía que ir avalada por algún 'estudio científico' y los científicos anglosajones sólo se dejan sobornar en horario de trabajo.

 

Al día más triste del año lo llamaron 'blue monday', el lunes triste. Cae, supuestamente, en la tercera semana del mes de enero. Un día para celebrar el mal rollo. Y, como todos los días señalados del año, con fines comerciales. Supongo que ese día se agotarán las existencias de sogas de cáñamo.

 

La idea, que sigue la incurable manía anglosajona de singularizar lo que no puede ser singularizado (el paso, tan igual a sí mismo, del tiempo), tiene no obstante su cierta lógica interior. Está hábilmente pensada. Se situó la fecha del tercer lunes de enero porque es cuando ha dado tiempo suficiente para advertir que las navidades han acabado, y que el mal tiempo se ha recrudecido. Efectivamente, los golpes de la vida no se notan anímicamente en el instante, sino semanas después o, cuando se trata de la desaparición de un ser querido, meses después. La mente tarda en digerir, dependiendo de la gravedad del motivo. A más gravedad, más tardanza. Cuando la mente por fin digiere, se derrumba. El para muchas personas euforizante 'efecto navidades' acaba semanas después de terminadas estas.


A partir de mediados de enero, además, termina la parte más calmada del invierno en el hemisferio norte. Lo más crudo del crudo invierno empieza siempre cuando la estación se va acercando a la primavera. Terminan las calmas del inicio del invierno y empiezan las inestabilidades. Se ha encontrado una especie de pseudofórmula matemática para situar todo esto alrededor de tercer lunes de enero: 1/8C+(D-d) 3/8xTI MxNA.

 

El problema para la credibilidad del 'blue monday' es que el día más triste del año, para todas las personas, es precisamente aquel que no es posible situar, ni localizar, ni prevenir, ni aislar, ni concelebrar. Suele llegar en medio de la alegría, o justo cuando todo ha salido bien. Muchos soldados aliados en el final de la II Guerra Mundial cayeron en profundas depresiones tras alcanzar los últimos objetivos de la victoria. Cuando la adrenalina que inyecta el miedo volvió bruscamente a sus niveles normales.

 

Decía Josep Pla, en ese libro misterioso sobre el curso del tiempo y los ciclos solares llamado 'Las horas', que muchos de sus amigos habían tomado la trágica determinación de tomar el camino de enmedio en el mes que menos se espera, mayo, teóricamente cuando el optimismo de la naturaleza reina y el viento del Ampurdán, que vuelve loco, es débil. Parafraseando lo dicho por San Mateo sobre el regreso del Hijo de Dios, el peor día "vendrá a la hora que no pensáis". Siempre en un momento imposible de fijar comercialmente.  

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