La macroeconomía nuestra de cada día
Los actores de nuestra película nacional vuelven a reiterar inmisericordemente la misma retahíla de deliciosas expresiones verbales para no decir nada, o al menos nada que no sepamos. A algunos les basta el florido verbo de la macroeconomía; a otros ni la macro ni la micro les sonríen. El resto nos quedamos con la cara de estupefacción de siempre, y eso que resuenan en nuestros oídos los datos del paro de enero, los mejores de hace años, y los ecos de los positivos guarismos del crecimiento del PIB.
Ante este micrófono cerrado, tampoco yo voy a caer en brazos de la recuperación cacareada por unos y denigrada por otros. Porque al margen, muy al margen, de las grandes cifras y de las negociaciones, rondas, conversaciones y devaneos de altos vuelos, está la realidad, la realidad a ras de suelo. Y algo no hemos hecho bien en esta extenuante transición española, que va ya para cuarenta años, en la que no hemos cambiado tanto como creemos.
No es posible que todavía la desigualdad entre ciudadanos iguales sea tan insondable como es. Un solo dato clama al cielo, a este cielo de la radio, desde el que cada tarde y cada noche me precipito: el 1% de la población española acumula tanta riqueza como el 80% más pobre. La desigualdad en España ha continuado aumentando en 2015. Y esto sí que consagra el fracaso de todos. Hablamos mucho - demasiado- de líneas rojas, moradas o azules... pero ésta es la línea roja, que nadie hasta ahora, salvo en hermosas proclamas, ha sabido o querido borrar. Sin embargo, las palabras se las lleva el viento, el huracán que arrastra vergüenzas propias y ajenas.
El patrimonio de las 20 fortunas más voluminosas de esta nación, todavía conocida como España, aumentó un 15%, mientras que la riqueza del 99% de la población se redujo otro 15%. Así, con esta simple comparación, se podría resumir la realidad macroeconómica del país, pero ya se sabe que las comparaciones son siempre odiosas. Máxime si muestra una doble vertiente tan dispar; por una ladera , unos pocos siguen elevándose, por la otra, la inmensa mayoría sigue bajando. De esta guisa, una veintena de afortunados (nunca mejor usado el término) amasan 115.100 millones, el equivalente a la riqueza del 30% más empobrecido del país. El postrer informe de Oxfam Intermón denuncia esta enorme desigualdad, al tiempo que critica sin ambages la utilización de paraísos fiscales por la mayor parte de las grandes empresas con el lucrativo objetivo de eludir el pago de impuestos. De nuestros impuestos. Dinero de nuestro bolsillo público, que misteriosamente se diluye en las raras atmósferas de esos paraísos artificiales, tan exóticos ellos.
El estudio de Oxfam Intermon incide en el incremento de la brecha entre ricos y pobres, que se acentúa en pleno siglo XXI, cuando debería ser al contrario. Y bien se puede comprobar en nuestra propia Región, cuyos índices de riesgo de pobreza siguen constituyendo una terrible evidencia. Para la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social, ese indicador superaría el 44%, según otras fuentes rondaría el 30, en cualquier caso, un porcentaje inasumible y humillante.
Oxfam Intermon , en su análisis, constata la "acaparación" de los ingresos por un reducido sector de la población. A modo de ejemplo, señala que el año pasado los presidentes de las empresas del Ibex cobraron 158 veces más que el salario medio de un trabajador. Paralelamente, esas mismas empresas del Ibex aumentaron un 44% el número de filiales en paraísos fiscales. Asimismo, la inversión en estos territorios de baja tributación se disparó en un 2.000% en 2014, con la subsiguiente merma de ingresos para nuestro atribulado Estado, que no sabe bien en qué estado está.
Estremecedoramente aleccionador para la ingente legión de honrados contribuyentes, que pagan con religiosidad impenitente sus impuestos. Ahora, se puede seguir así hasta el infinito o tomar medidas. O si prefieren, podemos continuar elucubrando sobre una segunda transición española o reflexionando sobre la insoportable levedad de la transparencia. El Estado somos todos, què duda cabe; mas Hacienda -digan lo que digan- no. Manifiestamente no. Tenía razón esa voz, que investida de justicia divina, sostenía que sólo era un lema publicitario. Melifluo pero brillante, un eslogan que sobrecoge entre la macroeconomía nuestra de cada día.





















