Las previsiones de la bruja Lola
Los seres vivos solo tenemos tres modos de reaccionar ante el entorno: huimos, nos enfrentamos o nos paralizamos. Especies e individuos logramos sobrevivir cuando nos adaptamos, es decir, cuando somos capaces de dar la respuesta adecuada a las nuevas situaciones, aunque éstas sean inesperadas o incluso peligrosas.
Por ejemplo, ante las crisis, hay personas que se remangan y se enfrentan con imaginación y creatividad a las nuevas circunstancias; otras huyen, ya sea al extranjero o a un nuevo sector; las hay que se quedan inmóviles esperando que pase la tormenta lo antes posible.
Los animales superiores, basándonos en la experiencia, somos capaces de predecir parcialmente el futuro, y así podemos elaborar estrategias para adaptarnos a los cambios. Es decir, para hacer frente a nuevas situaciones, la experiencia resulta decisiva.
Pero a los seres sociales no nos basta con nuestra experiencia individual, sino que tomamos decisiones influidos por la experiencia de los demás. El problema surge cuando los demás hacen un análisis incorrecto del entorno o no saben predecir acertadamente. Si son líderes, basta con que sean unos pocos los que se equivoquen. Entonces, indefectiblemente, la manada se despeña.
El FMI, el Banco Mundial y las agencias de calificación de riesgo, te guste o no, son líderes en esto de la economía: marcan el camino que hay que seguir y guían las decisiones financieras. Detrás de ellos vamos todos. Lo que pasa es que son malos líderes y nos guían hacia el precipicio. Explicaré por qué.
Se pasan el día aventurando predicciones: que si en el 2012 la economía va a entrar en recesión, que si en el 2013 ocurrirá esto o lo otro... No les basta con hablar de la economía mundial: se permiten el lujo de aventurar cómo va a ir la cosa en cada país. Y como son líderes, sus oráculos se repiten a los cuatro vientos, machaconamente, a través de los medios primero y, luego, en las conversaciones de café. Nadie sabe en qué se basan para hacer esas predicciones; es más, las hacen como si una ley inmutable, impidiera que pudiera haber cambio alguno. ¿Y si un gobierno toma medidas acertadas? ¿Y si varios gobiernos las toman coordinadamente? ¿Y si los empresarios encuentran nuevos mercados? Da igual, ellos toman su fotografía del futuro sobre el imposible encuadre de que nada, absolutamente nada, se va a alterar.
Usted podría rebatirme diciendo que tan poderosas instituciones disponen de sesudos analistas, inmensamente más preparados que nosotros, con una información de primera mano y capaces de cruzar multitud de variables para acertar de plano en sus prospectivas. Y yo podría replicar que menos lobos, Caperucita. Que si fueran tan sabios hubieran podido prever la crisis de Lheman Brothers, las hipotecas basura y todo lo que vino después, que, desde luego, era una cosita como para haberla visto venir. A lo mejor por eso se dice que la economía es la ciencia que explica las cosas después de que han ocurrido.
Por otra parte, ni los sabios se ponen de acuerdo: los analistas de un banco dan una cifra, el gobierno da otra, la UE una tercera, el Banco mundial una más, todas ellas bien diferentes. ¡Y les creemos a todos! Le han pedido prestada a la bruja Lola su bola del futuro, sin que haya pasado la ITV siquiera, y con ella se sienten solventes para poder vaticinar sin la más mínima duda, con un desparpajo que roza la insolencia.
Lo que me preocupa no es tanto que predigan y se equivoquen sino que con sus adivinanzas amedrentan al personal. Así, como suena. Sus previsiones son inmediatamente aireadas por los medios de comunicación, patológicamente empeñados en focalizarse hacia lo negativo y lo catastrófico, hasta lograr meternos a todos el miedo en el cuerpo. Y es precisamente el miedo lo que le quita el oxígeno al sistema. Porque detrás de los negros augurios vienen millones de decisiones particulares: el empresario que no se atreve a emprender nuevas iniciativas, el banquero que no concede el crédito, el autónomo que no se atreve a contratar, el trabajador que se aferra al más vale lo malo conocido, el parado que se persuade de que para él no hay empleo, el consumidor que deja de consumir…
Nos amedrentan, sí, y el clima de pesimismo se generaliza. Porque si bien es verdad que la situación es difícil, resulta infinitamente peor cuando muchos piensan que no hay modo de cambiar ni siquiera lo que depende directamente de uno. Es lo que en psicología se conoce como autoprofecía: es imposible ganar un partido si el equipo salta al estadio convencido de que no puede ganar; es muy difícil preparar y aprobar un examen desde una mentalidad derrotista; si uno se empeña en que su cliente no le va a comprar es casi seguro que acertará…
Mi propuesta es muy sencilla: no hagamos el menor caso a las profecías económicas, a las voces agoreras ni a los mensajes catastrofistas. Nos quitan el ímpetu para la acción, siegan nuestra esperanza y nos acobardan, nos acorralan en el inmovilismo… Ya sabemos que la cosa está mal. Ahora toca armarse de valentía y de perseverancia, ahuyentar los miedos y poner la atención únicamente en lo que cada uno puede hacer en su entorno inmediato hoy, esta misma mañana.
El resto son pamplinas que nos distraen cuando no nos dejan hundidos en el pesimismo. Por salud mental y por eficiencia, no haga usted caso de los vaticinios de la bruja Lola. Ni los escuche siquiera. Vivirá con las mismas dificultades, pero con menos miedo: más feliz.
Por ejemplo, ante las crisis, hay personas que se remangan y se enfrentan con imaginación y creatividad a las nuevas circunstancias; otras huyen, ya sea al extranjero o a un nuevo sector; las hay que se quedan inmóviles esperando que pase la tormenta lo antes posible.
Los animales superiores, basándonos en la experiencia, somos capaces de predecir parcialmente el futuro, y así podemos elaborar estrategias para adaptarnos a los cambios. Es decir, para hacer frente a nuevas situaciones, la experiencia resulta decisiva.
Pero a los seres sociales no nos basta con nuestra experiencia individual, sino que tomamos decisiones influidos por la experiencia de los demás. El problema surge cuando los demás hacen un análisis incorrecto del entorno o no saben predecir acertadamente. Si son líderes, basta con que sean unos pocos los que se equivoquen. Entonces, indefectiblemente, la manada se despeña.
El FMI, el Banco Mundial y las agencias de calificación de riesgo, te guste o no, son líderes en esto de la economía: marcan el camino que hay que seguir y guían las decisiones financieras. Detrás de ellos vamos todos. Lo que pasa es que son malos líderes y nos guían hacia el precipicio. Explicaré por qué.
Se pasan el día aventurando predicciones: que si en el 2012 la economía va a entrar en recesión, que si en el 2013 ocurrirá esto o lo otro... No les basta con hablar de la economía mundial: se permiten el lujo de aventurar cómo va a ir la cosa en cada país. Y como son líderes, sus oráculos se repiten a los cuatro vientos, machaconamente, a través de los medios primero y, luego, en las conversaciones de café. Nadie sabe en qué se basan para hacer esas predicciones; es más, las hacen como si una ley inmutable, impidiera que pudiera haber cambio alguno. ¿Y si un gobierno toma medidas acertadas? ¿Y si varios gobiernos las toman coordinadamente? ¿Y si los empresarios encuentran nuevos mercados? Da igual, ellos toman su fotografía del futuro sobre el imposible encuadre de que nada, absolutamente nada, se va a alterar.
Usted podría rebatirme diciendo que tan poderosas instituciones disponen de sesudos analistas, inmensamente más preparados que nosotros, con una información de primera mano y capaces de cruzar multitud de variables para acertar de plano en sus prospectivas. Y yo podría replicar que menos lobos, Caperucita. Que si fueran tan sabios hubieran podido prever la crisis de Lheman Brothers, las hipotecas basura y todo lo que vino después, que, desde luego, era una cosita como para haberla visto venir. A lo mejor por eso se dice que la economía es la ciencia que explica las cosas después de que han ocurrido.
Por otra parte, ni los sabios se ponen de acuerdo: los analistas de un banco dan una cifra, el gobierno da otra, la UE una tercera, el Banco mundial una más, todas ellas bien diferentes. ¡Y les creemos a todos! Le han pedido prestada a la bruja Lola su bola del futuro, sin que haya pasado la ITV siquiera, y con ella se sienten solventes para poder vaticinar sin la más mínima duda, con un desparpajo que roza la insolencia.
Lo que me preocupa no es tanto que predigan y se equivoquen sino que con sus adivinanzas amedrentan al personal. Así, como suena. Sus previsiones son inmediatamente aireadas por los medios de comunicación, patológicamente empeñados en focalizarse hacia lo negativo y lo catastrófico, hasta lograr meternos a todos el miedo en el cuerpo. Y es precisamente el miedo lo que le quita el oxígeno al sistema. Porque detrás de los negros augurios vienen millones de decisiones particulares: el empresario que no se atreve a emprender nuevas iniciativas, el banquero que no concede el crédito, el autónomo que no se atreve a contratar, el trabajador que se aferra al más vale lo malo conocido, el parado que se persuade de que para él no hay empleo, el consumidor que deja de consumir…
Nos amedrentan, sí, y el clima de pesimismo se generaliza. Porque si bien es verdad que la situación es difícil, resulta infinitamente peor cuando muchos piensan que no hay modo de cambiar ni siquiera lo que depende directamente de uno. Es lo que en psicología se conoce como autoprofecía: es imposible ganar un partido si el equipo salta al estadio convencido de que no puede ganar; es muy difícil preparar y aprobar un examen desde una mentalidad derrotista; si uno se empeña en que su cliente no le va a comprar es casi seguro que acertará…
Mi propuesta es muy sencilla: no hagamos el menor caso a las profecías económicas, a las voces agoreras ni a los mensajes catastrofistas. Nos quitan el ímpetu para la acción, siegan nuestra esperanza y nos acobardan, nos acorralan en el inmovilismo… Ya sabemos que la cosa está mal. Ahora toca armarse de valentía y de perseverancia, ahuyentar los miedos y poner la atención únicamente en lo que cada uno puede hacer en su entorno inmediato hoy, esta misma mañana.
El resto son pamplinas que nos distraen cuando no nos dejan hundidos en el pesimismo. Por salud mental y por eficiencia, no haga usted caso de los vaticinios de la bruja Lola. Ni los escuche siquiera. Vivirá con las mismas dificultades, pero con menos miedo: más feliz.





















