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Opinión |
Miércoles, 29 de Junio de 2016

Lo que ha ocurrido con Podemos

Que la suma (valga la redundancia) de Podemos y los comunistas de Izquierda Unida iba a sacar menos votos en las Generales que presentándose los dos partidos por separado era completamente lógico. Podemos más Izquierda Unida resta, no suma, aquí y en la China Popular. Cualquier cosa resta junto a Izquierda Unida. Una escoba junto a Izquierda Unida es media escoba. No era Venezuela, estúpidos, era Izquierda Unida. El ingrediente comunista declarado de Izquierda Unida comprometía todo el guiso. Es lo que Pablo Iglesias, el más listo de la Facultad, no supo ver.
 
Siempre lo reafirmo, tras un cuarto de siglo de experiencia diaria: contra lo que opina “la gente”, para la política valen muy pocos porque es una profesión para elegidos, muy complicada, donde los más inteligentes al final suelen quedar hundidos por su propia inteligencia. Le pasa a los auténticamente preparados –véase Pizarro, que en 2008 perdió contra el socialista Solbes porque anunció la crisis y era un hombre excepcional que serviría para todo excepto para la política-, como para que no le pase a los meros listillos.
 
La fagocitación o absorción fue en realidad de Izquierda Unida a Podemos, no a la viceversa. Desde el momento en que los declarados comunistas entraron (valga la redundancia otra vez) en Podemos, inmediatamente la parte fue percibida como el todo. En la alianza morada han aparecido ante la opinión pública como comunistas, lo cual es injusto, porque en Podemos también hay extremistas del anarquismo y otras formas urbanas o camperas de delincuencia. Esto ocurre porque el comunismo es como el “campari”: bastan dos gotas para que todo aquello a lo que se añada sepa a “campari”.
 
En un país pueden haber seis millones de despistados o indignados juntos y revueltos, pero no siete millones y medio de declarados comunistas. No ocurre en ningún país de Europa, ni del mundo. Sólo en Rusia quedan tantos comunistas convencidos o incluso más, y eso, aparte de ser el país fundador, porque ese país triplica la población española. Los de Corea del Norte no contabilizan como población estrictamente humana. Y en China son más capitalistas que Trump: allí los verdaderos comunistas están todos fusilados.
 
Podemos se queja de que sus enemigos, que son muy malos, han metido miedo con lo del comunismo. No. El comunismo no necesita presentación, mete miedo solo, incluso a sí mismo. El comunismo sin disfrazar siempre dará miedo, sobre todo en los países comunistas, por maravillas que se hablen de él. Como es inútil tratar de vender las bondades higiénicas del baño en un estanque de pirañas. Lo que ha pretendido podemos elogiando las virtudes del comunismo (Garzón y su “el comunismo es defensa de los derechos humanos”) es lo del subtítulo apocalíptico de la película de Kubrick: “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, o cómo dejar de estar preocupado y amar la bomba”. Pero lo de Kubrick era una ironía, lo de Podemos no.
 
Podemos creyó aglutinar todo el voto del resentimiento. Pero es falso. El resentimiento no es privativo de la izquierda. Yo mismo soy un resentido social de libro porque de pasar una infancia familiar con chófer me veo sumido en lo que en Andalucía llaman “las fatiguitas”. El mayor resentimiento que puede existir es el de quien pasa de la vida desahogada a la vida de ahogo, no el del pobre que no ha conocido otra cosa (por eso aún hay poca violencia yihadista: lo peor vendrá cuando el petróleo se agote en los países productores de integrismo y vuelvan todos a ser camelleros).   
 
En realidad Podemos no ha fracasado. Lo anormal ha sido precisamente su éxito, y que su “suelo electoral” por el momento esté en cinco millones de votantes. Los logros de este partido son indiscutibles: es algo realmente extraordinario editar un programa electoral con un aclamado diseño de Ikea dirigido a millones de personas y que ni una sola de ellas se lo lea. Y si alguna lo ha leído, que ninguna lo haya realmente comprendido. Y si alguna lo ha comprendido, que ninguna lo haya trasladado mentalmente a la realidad. Un fenómeno de alta magia, que linda con lo paranormal.

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