Mapa de impedimentos y gestión emocional del fracaso: el caso Gómez Noya
Una olimpiada es quizás el acontecimiento deportivo de mayor nivel para un atleta. Sucede cada 4 años, requiere un promedio de año y medio de preparación física y 4 de preparación mental, debido a que en la corta vida profesional de un atleta las oportunidades de participar pueden ser no más de 3, y solo 2 de ellas de promedio en la cumbre de su rendimiento, es decir en el punto de mayor nivel de su curva competitiva.
Queda por tanto evidente la carga emocional que puede suponer la participación en una olimpiada así como lo que pueda suponer saltarse una debido a lesiones. Más aún cuando esas lesiones se producen fuera de la competición; más aún, como en el caso del triatleta Javier Gómez Noya, cuando el infortunio es banal, y más aún
cuando éste sucede tres semanas antes del inicio, tras haber realizado la preparación con gran solvencia y tener todos los números para subir al pódium como medallista.
Según manifiestan fuentes periodísticas, el deportista está muy afectado emocionalmente por este revés. El efecto sorpresa y las circunstancias en las que se produjo el infortunio no son para menos, aunque una buena planificación psicológica de impedimentos y fracasos podría haber aliviado todo eso.
La sorpresa es el factor que puede condicionar la respuesta emocional a un hecho o acontecimiento provocando estados emocionales bien distintos, según esté presente o no.
Un acontecimiento percibido como negativos, cuando carece de previsión puede conectarnos con un estado emocional más próximo a la tristeza, emoción que si se mantiene en el tiempo, asociada a un estado de indefensión y sensación de falta de control o actitud victimista, puede derivar en depresión.
Sin embargo, el mismo hecho, careciendo de sorpresa, es decir siendo previsto con anterioridad, si bien no es exento de acarrear respuestas emocionales negativas, con mayores probabilidades nos conectará con la rabia, pero con muchas menos probabilidades derivará en tristeza.
Un mismo hecho, pero dos respuestas emocionales muy distintas que requieren dos estrategias de gestión diferentes: si bien la rabia sigue siendo una emoción difícil de gestionar, suele resultar bastante más volátil que el estado de tristeza, debido a que no suele afectar a la autoimagen de quien la sufre, permitiéndole no perder confianza en sus medios y haciéndole sentir que puede asumir cierto control de la situación y de los hechos, o encontrar estrategias para afrontar la circunstancia que la produce o hacer algo con ella.
La tristeza sin embargo suele carecer de ese recurso: una persona inmersa en la tristeza suele tener dificultades en tomar consciencia de que tiene el control para revertir la situación o hacer algo con ella. El coste emocional de la tristeza, en cuanto a tiempo de recuperación son mayores que los de la rabia y el enfado, siendo ésta una emoción más volátil que la primera. Tanto es así que los chinos, en su clasificación de emociones atribuyen una escala de profundidad y volatilidad según la cual, la Alegría es la emoción más volátil y superficial, seguida de la rabia, la tristeza y el miedo, que resulta ser la emoción más poderosa y difícil de transformar, debido al arraigo y al número de estructuras y procesos psicológicos que involucra.
Hagamos un ejemplo: no es lo mismo por ejemplo afrontar el duelo por la muerte de un ser querido, cuando esto proviene de un proceso de enfermedad más o menos largo que rinde previsible el final, que cuando la causa es, por ejemplo, un accidente de coche imprevisto. En muchas ocasiones, si bien lo primero puede seguir provocando tristeza, puede a la vez venir acompañado en ocasiones de una sensación de alivio que puede suponer por observar el final del sufrimiento de una persona.
Que un hecho sea previsible condiciona el tipo de emoción y la manera de gestionarla.
Por esta razón es tan importante en las labores psicológicas de preparación de un objetivo o gran reto, sea cual sea el ámbito (empresa, deporte, vida personal, estudios, etc.) que se contemplen los posibles impedimentos que puedan surgir ya que ello cambiará radicalmente el mapa mental de la persona, permitiéndole de disponer de estrategias cognitivas y alternativas para hacer frente a eventuales imprevistos, o incluso poner en marcha mecanismos de prevención. Esto, en determinadas situaciones puede significar la diferencia entre un enfado más o menos duradero o la entrada en un estado de depresión y abandono. Y para el deportista, así como para cualquier persona, la cuestión no reside en tratar de evitar o no experimentar reveses o situaciones negativas, sino en ser capaz de gestionar sus emociones para que permanezca el menor tiempo posible en el estado emocional disfuncional y reubicarse en una respuesta biológica y psicológica positiva.
Quizás Javier Gómez Noya no habría podido evitar el tan banal infortunio, pero seguramente, habiendo realizado un mapa de impedimentos suficientemente amplio y completo, podría ahora gestionar con mayor eficacia el estado emocional que la situación le está provocando.





















