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Opinión |
Martes, 06 de Diciembre de 2016

Un país libre

Muerto Fidel Castro, debe intentarse una cierta objetividad acerca de los logros de la Revolución castrista, que no cubana. Por ejemplo, la educación pública en la isla. De innegables resultados si tomamos, por comparación, la temperatura educativa en cualquier botellón de España. Pero esa celebrada educación cubana es parcial: alcanza al pueblo cubano para hablar con alguna propiedad, tal vez leer, no para escribir. Quien dice que en Cuba hay una Educación de entre las mejores del mundo se refiere exclusivamente a la educación oral, muy aparente y notable. El cubano medio, para la expresión escrita, se mete sin embargo en las mismas fenomenales selvas que el resto de hispanoamericanos medios, exceptuando argentinos y no sé si alguno más. Peor que un joven español medio, y ya es decir. La educación pública cubana garantiza el saber hablar, pero no construir esas mismas frases por escrito. ¡La de dulces cartas en papel, pero tropezadas de pedruscos, que me han enviado desde la isla!
 
Otra gran conquista publicitaria es la famosa sanidad cubana. En Cuba decliné la posibilidad de romperme una pata para experimentar sus excelencias. El mismísimo Fidel Castro hubiese estado de acuerdo: él hizo llamar a [Img #46635]un médico español para operarse a vida o muerte. Cuando le dieron la opción de ser operado por su elogiada Sanidad patria, Fidel respondería la ya legendaria frase de la izquierda exquisita cuando se afea que no reparta su riqueza entre los necesitados: “hombre, somos progresistas, no gilipollas”. Pues eso, Fidel creía que la sanidad cubana era la mejor del planeta, pero no era gilipollas.
 
¿Había libertad en la isla? Una libertad desde luego muy particular. Esa libertad no alcanzaba, por ejemplo, para que los cubanos se desplazasen de una zona a otra del país sin que la policía detuviese a los transeúntes, los multase (a veces, los encarcelase) y los devolviese al punto de partida. Estaba prohibido moverse del sitio. Como en casa de uno, en la de nadie, supongo diría el Régimen. Tampoco se podía salir de la isla, claro. Pero no porque no hubiese libertad de hacerlo, sino porque no había nada que mereciera la pena verse fuera, como todo el mundo sabe.
 
Estoy dispuesto a admitir que nadie pasaba hambre. Había, eso sí, una generalizada sensación estomacal tan parecida al hambre que a veces resultaba difícil distinguir entre ambas. Había que fijarse muy bien para diferenciarlas. Los supermercados estaban tan vacíos que tampoco era sencillo que los hubiese. Pero el alimento más saciante que existe, y desde luego el que mejor ayuda a adelgazar, es una retórica revolucionaria inflamada, que hace las veces de balón en la barriga.
 
Un día en La Habana quise cocinar unos “spaghetti alla puttanesca” para doce personas al más puro estilo amalfitano, y así se lo hice ver al espía del Gobierno que me acompañaba. Había oído hablar de que el propio Fidel Castro estaba tan obsesionado con la pasta, también la de comer, que había eliminado la cocina criolla de la isla y llenado todo de sospechosas pizzerías.  Por tanto, yo iba a honrar al auténtico espíritu castrista. “No hay problema, aquí hay de todo”, presumió mi espía. Me llevó a un establecimiento donde “naturalmente –naturalmente- no pueden ir los cubanos, pero ustedes sí”. La pasta, procedente de circuitos comerciales y países, y de continentes, de los que yo jamás había oído hablar, era más o menos de cuando Sofía Loren anunciaba la marca “Gallo” en la tele única española. Con aquel material sólo se podían rellenar junturas en el baño. El visible desencanto de mi espía por saber por fin la verdad sobre una de las joyas del Régimen, los “spaghetti” de la Revolución, fue descorazonador. Yo creo que se decepcionó tanto que trataría luego de largarse de la isla metido en las ruedas de algún avión.
 
En fin, allí se notaba que, como proclamaba la dictadura, se vivía relajadamente. Todo el mundo andaba con parsimonia, porque correr era peor. Nadie se moría de frío en el trópico por quedarse en la calle, no como en Moscú en invierno, o en Burgos. El clima igualitario, otro logro de la Revolución.

 

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